[Publicidad]
La Copa del Mundo de futbol en México, Estados Unidos y Canadá ya arrancó. Estamos ante la edición 23 del torneo celebrado cada cuatro años y el campeón será, seguramente, alguno de los ocho equipos que siempre terminan levantando la copa (bueno, esta vez sin Italia, que ni siquiera calificó). Y es que al norte del Canal de Panamá es más fácil que el cielo a la Patria un soldado le dé, a que la provea de un futbolista memorable. Esta vez los burócratas populistas de la FIFA decidieron inflar el torneo hasta convertirlo en un monstruo de 48 selecciones y 104 partidos, en lugar de los 32 participantes y 64 encuentros de apenas ayer (en 1978 eran 32 partidos). Claro que la razón es transparente: en la FIFA cada uno de los 211 miembros vale exactamente lo mismo. El voto de Montserrat, una isla caribeña de cinco mil habitantes, pesa igual que el de Brasil, con 203 millones de personas y cerca de dos millones de futbolistas registrados. La FIFA administra el negocio del futbol apoyándose en un ejército de federaciones menores, futbolísticamente hablando, cuya utilidad principal consiste en votar disciplinadamente lo que convenga al presidente en turno. Para mantenerse en el poder hay que repartir privilegios, subsidios y plazas mundialistas a un número cada vez mayor de agradecidos delegados.
La FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación) fue fundada el 21 de mayo de 1904 en París. Uno de los primeros objetivos fue unificar las reglas del futbol, aplicadas de diferente manera en cada país. En aquel entonces los ingleses, que inventaron el juego en los nobles prados de Eton College y de la Universidad de Cambridge, no se la tomaron muy en serio y refunfuñando se registraron un año después, a través de su venerable Football Association, fundada en 1863.
Lee también: Fernando Barreda Luna y el café fortuito, por Jorge Ayala Blanco

Cuando la FIFA se instituyó, la mayor parte de los futbolistas eran amateurs, pocos recibían un salario. Sin embargo, la popularidad del deporte llevó paulatinamente al futbolista profesional y a un conflicto. Ya que los Juegos Olímpicos estaban reservados para deportistas amateurs, los mejores futbolistas no podían participar. La FIFA decidió entonces realizar la primera Copa del Mundo en 1930 en Uruguay, año que marca el rompimiento definitivo con el ideal del deporte no regido por el dinero. Y así comenzaron a fluir las ganancias, con un torneo que comenzó con 13 selecciones participantes, hasta llegar a las 48 actuales. En el ciclo 2023-2026 la FIFA ya lleva registrados 13 mil millones de dólares de ingresos. En un año de Copa Mundial, la FIFA obtiene más ingresos que Ferrari.
Y, sin embargo, la FIFA insiste en definirse como una ‘organización sin fines de lucro’. Un NGO del futbol, el Greenpeace de las verdes canchas. Supuestamente solo promueve el deporte, como una benéfica asociación parroquial global. En realidad, administra uno de los negocios mediáticos más rentables del planeta, con funcionarios instalados en Suiza y federaciones nacionales orbitando alrededor del flujo de dinero mundialista. Gracias a la ficción jurídica de ser una asociación deportiva, la FIFA disfruta desde hace décadas de condiciones fiscales privilegiadas. Con eso en mente se instaló en 1932 en Zúrich. El corazón financiero de la FIFA late cada cuatro años, justo cuando miles de millones de aficionados se convierten simultáneamente en directores técnicos de sofá.

Transmitir el mundial es muy caro. La FIFA recibió cerca de 4 mil millones de dólares por derechos de transmisión del mundial de futbol realizado en Catar en 2022. Pero lo que hace la FIFA es vender los derechos de transmisión a pocas compañías, que los revenden país por país. Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, destronado después del escándalo de corrupción llamado FIFA-Gate, vendía los derechos a sus amigos y oscuras compañías en las que se presume estaba él personalmente involucrado. Las ganancias son enormes. La FIFA subvalúa el producto y la reventa de derechos de transmisión país por país garantiza formidables excedentes. Joao Havelange, presidente de la FIFA de 1974 a 1998, le vendió a muy bajo precio los derechos de transmisión de la FIFA a la empresa suiza International Sport and Leisure, quien después pagó millonarios sobornos a Havelange y a su yerno, Ricardo Teixeira.
[Publicidad]
Pero además la FIFA se comporta como un cartel perfectamente estructurado: el país que quiere organizar un mundial tiene que pagar derecho de piso. Estadios, carreteras, aeropuertos, seguridad, telecomunicaciones, transporte urbano: la factura completa recae sobre el anfitrión, que, además, se compromete a no cobrarle impuestos a la FIFA. Ésta aporta solemnidad, logotipos y conferencias de prensa, pero ni un franco suizo.
Las compañías que anuncian en los estadios y en la televisión, tienen que ser “patrocinadores” de la FIFA (recordemos que la FIFA es un NGO) y tienen que recomendarse con millones. En los estadios se vende Coca Cola (contribuyente), pero no Pepsi. La pelota oficial es de Adidas y no de Nike. Los funcionarios llegan en Hyundai al estadio. Esta vez la cerveza oficial será Budweiser y McDonalds la cadena de alimentos. Además, la FIFA no informa sobre el monto de los contratos, todo es secreto. Aun así, se ha llegado a saber, por ejemplo, que Adidas pagó 350 millones de dólares por los mundiales de 2010 y 2014. Aquel que no cubre el derecho de piso sale por la puerta, como Banorte, que durante el mundial próximo no existe, porque el ex Estadio Azteca se llamará temporalmente Estadio Ciudad de México. Un caso muy sonado en el mundial de 2010 fue el de unas espectadoras holandesas que llegaron a un juego vestidas de naranja con camisetas con un logo pequeño de una cerveza competidora de Budweiser. No se les permitió entrar al estadio y la FIFA abrió una demanda criminal contra ellas, por “publicidad encubierta”. Otro ejemplo fue el del mundial de 2014 en Brasil. El país prohibía la cerveza en estadios de futbol (muy sensatamente), pero la FIFA obligó a Brasil a levantar esa restricción durante el mundial. Los intereses de Budweiser eran más importantes que evitar violencia en los estadios.
Y así llegamos esta vez a la extorsión en tiempo real: para la próxima Copa del Mundo, la FIFA adoptó por primera vez un sistema de “precios dinámicos” para la venta electrónica de boletos, similar al utilizado por aerolíneas y conciertos masivos. Esto significa que el precio de una entrada puede fluctuar constantemente según la demanda, los equipos participantes, la etapa del torneo, la ciudad sede e incluso el momento exacto de la compra. El resultado ha sido una fuerte polémica internacional: partidos de fase de grupos han alcanzado precios de cientos o miles de dólares, mientras que la final ha llegado a cotizaciones cercanas a los 13 000 dólares en categorías premium. Se cierra el círculo: el Mundial, históricamente concebido como un evento popular y global, se ha transformando en un espectáculo orientado a consumidores que pueden pagar lo que sea, lo que reclame la FIFA. Los dueños del futbol defienden el sistema afirmando que refleja “precios de mercado” para que los que revendedores no se queden con toda la ganancia. Por eso la FIFA se les adelanta en las ventas y se hace socio en la reventa. Para el mundial próximo la reventa electrónica estará permitida, pero la FIFA se queda con el 30% de las ganancias de boletos subastados otra vez. No se les va una.
[Publicidad]
Por si fuera poco, en las últimas dos décadas la FIFA, junto con UEFA y otras confederaciones, ha expandido sistemáticamente el calendario internacional de futbol mediante la creación o ampliación de torneos como la Nations League, el nuevo Mundial de Clubes, las fases extendidas de la Champions League y competiciones continentales cada vez más largas y frecuentes. Detrás de esta expansión se encuentra una lógica esencialmente comercial: más partidos significan más contratos de televisión, más patrocinadores, más venta de boletos y mayores ingresos globales. Sin embargo, el cuerpo humano de los futbolistas no puede expandirse al mismo ritmo que las finanzas del negocio. Los jugadores de élite pasan hoy gran parte del año viajando entre continentes y disputando encuentros con apenas tres o cuatro días de recuperación, acumulando decenas de miles de minutos de juego de alta intensidad. Médicos deportivos y sindicatos de jugadores han advertido repetidamente que esta sobrecarga incrementa el riesgo de lesiones musculares, fatiga crónica y agotamiento mental, mientras las autoridades del futbol continúan tratando al calendario como si los futbolistas fueran un insumo inagotable.
El futbol es tan popular, siempre he pensado, porque solo se necesita una pelota y un llano, además de unos cuantos amigos, para poner la bola en movimiento y recrear en las mentes infantiles las proezas de Pelé, Maradona, Cruyff, o Messi. Mi clase de deportes en la escuela primaria consistía en un partido de futbol en una cancha de cemento, con el sol a plomo y sin maestro alguno de deportes. Nos autoorganizábamos sobre la marcha. Solo quien ha jugado como niño puede entender cabalmente la agonía del penal no pitado y la euforia del gol anotado. Era el espíritu que animaba a aquellos aguerridos estudiantes de Cambridge que jugaban partidos en el siglo XIX que parecían peleas campales. Es el espíritu de competencia leal de tantos deportistas improvisados, en las canchas de tierra y polvo por todo el mundo.
¡Qué ironía que el deporte más sencillo y democrático del planeta —una pelota, un llano y unos cuantos chamacos— haya terminado administrado por una organización opaca, voraz y desde siempre asociada con casos de corrupción criminal!
[Publicidad]
[Publicidad]
Más información

Claudio Ochoa Huerta
Morena quiere a Salinas Pliego de candidato

Espectáculos
El Tri reparte fe y dudas entre los famosos mexicanos: "Se vale ilusionarse"

Espectáculos
El regreso de "El señor de los cielos" y el Himno en el Mundial en voz de "El Potrillo", entre lo más leído

José Antonio Sánchez Cetina
Lo único que le faltaba llevarse a la FIFA







