En La voz de Hind Rajab (Sawt al-Hind Rajab, Túnez-Francia, 2025), desgarrador film 7 de la autora total tunecina de 48 años Kaouther Ben Hania (Los imanes van a la escuela 10, Las 4 hijas 23), basándose en hechos verídicos, un grupo de voluntarios palestinos de los varios de rescate por teléfono Media Luna Roja recibe de rebote a través de Alemania el 29 de enero de 2024 la angustiosa llamada de la niña de 6 años Hind Rajab Hamada atrapada dentro de un automóvil bajo el fuego de los tanques israelitas y resulta la única sobreviviente de un ataque que ha diezmado a su familia acompañante en una concurrida calle al norte de una ciudad de Gaza, y aunque ya es tarde y algunos del equipo salvador hace días no han podido regresar a sus casas, éstos acometen afanosamente durante horas las posibles labores de un difícil rescate pues para que la movilización de alguna ambulancia sea por vía segura debe ser expresamente gestionada, autorizada por los propios atacantes y coordinada en colaboración con la Cruz Roja internacional y el Ministerio de Seguridad de Jerusalén, algo complicadísimo de lograr, manteniendo la comunicación abierta con la pequeña mediante una línea que se pierde y milagrosamente se recupera sin cesar durante más de 3 horas de fuego intermitente, hasta obtener la ansiada luz verde salvadora y poder guiar a distancia a los ambulantes en plena noche sólo orientados por sus fanales, pero pese a los denodados esfuerzos desde lejos e in situ la compleja operación contra reloj se destina al fracaso, desapareciendo trágicamente todo rastro de la niña Hind y extinguiéndose el hilillo de una nunca más villaurrutiana voz quemadura.

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Crédito: Especial
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La voz quemadura rompe con todas las barreras habituales entre la realidad y la ficción al utilizar la voz auténtica de la niña Hind grabada y visualizada por refulgentes ondas de sonido como una herida palpitante que salta dolorosamente a la vista teniendo una óptica representación momentánea y efímera siempre frágil, pero que debe fungir como único punto de contacto y esperanza, hálito último y guía de supervivencia de una criatura amenazada y una ternurita maldecida, la voz que púdica aunque intensivamente aprovechada por lo inmejorable fílmico obtuvo la más larga ovación que se tenga registro en un festival de cine: 27 minutos de aplausos ininterrumpidos en Venecia 25, una voz viva y perdurable cual ninguna, una voz adolorida y pensante, una voz que no distingue entre su sangre y la ajena que la cubre, una voz que poco a poco se percibe rodeada de los cuerpos exánimes de dos tíos y cuatro primos que no están dormidos (como le insinúa el protector teléfono clemente) sino muertos, una voz distractoramente conminada a platicar de sus padres ausentes y de la escuela o incluso de rezar el Corán (“Dios, dueño del Día del Juicio, muestra el camino señalado por tu Gracia”), una voz convulsa y demandante de auxilio inmediato (“Ven a buscarme, dile a tu esposo que venga”), una voz desesperada y desesperante, una voz que cruel e ingenuamente denota el innato miedo infantil a las tinieblas antes de extinguirse (“Está oscuro, ven”), una voz al límite.

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Mi bosque madura se exaspera, más que se expresa o estructura, como un drama del encierro, entre las cuatro paredes de una serie de cubículos encristalados que parecen pertenecer uno solo y al mismo pese a su formación constante de espacios fractales, una tragedia de la sobrevivencia inútil y la derrama de los esfuerzos en vano, un relato antihollywoodense pendiente de un hilo telefónico que sin embargo remite al socorrista Sidney Poiter sosteniendo a la suicida de Con la vida en un hilo (Pollack 65) o al suspenso aniquilador desde una antigua cabina pública de Teléfono (Siegel 77), un simulacro ínfimo e íntimo que minimalista e hiperrealistamente se concentra en la perfecta caracterización de un puñado de cuatro o cinco personajes que sin forzarlo demasiado equivaldría al internamente confrontado y emblemático jurado diverso de Doce hombres en pugna (Lumet 57), a través del consternado e impaciente Omar (Motaz Malhees) que arrebata bocinas y agrede o insulta a sus compañeros bajo el impulso de su impotencia misma y la tardanza asesina de las aberrantes gestiones en una espera demencial para realizar un operativo que requiere tan solo 8 minutos, el regio saint-exupéryano jefe médico insomne Mahdi (Amer Hiehel calvo) que se erige como galardonado popular Héroe de gabinete que no obstante ello retrocede ante la idea de mandar de nuevo a la muerte a otros rescatistas de a pie como aquellos cuyas fotografías colecciona y exhibe en un tablero de adorno oficinesco, la joven supervisora de túnica blanca Rana (Saja Kilani) que apurada e insosteniblemente materniza a la niñita pero acaba desmayándose por la tensión impulsiva e infructuosa, la psicóloga omniprotectora Nisroen (Clara Khoury) que con serenidad y equilibrio desestabilizado aplica sus recursos sapientes y bien aprendidos, el atareado asistente (Ramy Brahem) que no se da abasto en su escrupulosa participación, y la técnica Leila (Nesbat Serhan) que apenas interviene para entorpecer los procedimientos retardándolos al recopilar la grabación que hoy tan amarga cuan irónicamente nos conmueve hasta las lágrimas.

La voz quema dura logra el prodigio constante de que el interés jamás decaiga, haciendo inferencias audaces a partir de mínimos detalles, con una fotografía de Juan Sarmiento G. que se agita a ráfagas en espacios acotadísimos, una música acezante de Amín Bouhafa con interludios próximos al denso silencio desequilibrador (que incluye la voz y la efigie final de la madre de la niña aún buscándola, y la habilísima edición de Qutaiba Berhamji y Maxime Mathis más la realizadora al estilo documental de urgencia política.

Y la voz quemadura culmina con los restos destrozados de la ambulancia rescatista y el automóvil fulminado de Hind Rajab, porque “nuestras cicatrices nos hacen saber que el pasado fue real” (Jane Austen).

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