Cezanne Cardona (1982), joven narrador y ensayista puertorriqueño, publicó la novela corta Esto también es una casa (Seix Barral, 2025) –en clara alusión al célebre cuadro de René Magritte, Esto no es una pipa–, quizá con la intención de establecer la relación simbólica de un espacio que provee identidad y protección, pero que, al mismo tiempo, puede convertirse en un escenario opresivo donde la violencia doméstica desconfigura las relaciones familiares.

La obra de Cezanne Cardona se inscribe en la nueva narrativa del Caribe contemporáneo, caracterizada por las tensiones sociopolíticas de una isla que oscila entre dos polaridades: por un lado, es una nación con una profunda tradición hispánica; por otro, un territorio bajo dominio estadounidense, infravalorado y ajeno a los grandes beneficios del imperio de las cincuenta estrellas.

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Crédito: enciclopediapr.org/
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En este contexto, la marginación, la precariedad económica y un persistente sentimiento de abandono –que en el Caribe adquiere forma en la violencia de los huracanes– constituyen el telón de fondo de Esto también es una casa. En ella, se despliegan la vida y las andanzas de Javi, un niño que vive con su madre, su abuelo diabético y la figura inasible de un padre, herrero de oficio, que los abandona para refugiarse en Florida.

La novela presenta una estructura fragmentaria y se articula a través de un narrador infantil protagonista. La focalización –es decir, la mirada sobre el universo representado– es subjetiva y depende del estado de ánimo de Javi, quien se erige en juez de las acciones de los adultos, especialmente de su abuelo y de sus padres.

La elección de esta perspectiva infantil constituye un acierto, pues introduce una serie de juegos que, en el plano del estilo, remiten a la experimentación verbal, de manera particular mediante el recurso de la enumeración, que podría considerarse uno de los procedimientos constitutivos de la obra.

Como es sabido, el juego es consustancial a las manifestaciones artísticas. Para Johan Huizinga, el escritor recrea el lenguaje porque las palabras no solo comunican significados explícitos, también transmiten ritmos y estados de ánimo que se elevan al plano lúdico. En un sentido cercano, Hans-Georg Gadamer sostiene que el juego acontece en el lenguaje, pero añade que este se actualiza plenamente en la lectura, donde, a través de un proceso dinámico, se movilizan y resuenan las posibilidades del sentido.

Los ejemplos más claros de dicho divertimento lingüístico se aprecian en las enumeraciones. A través de ellas, el narrador infantil reconfigura la realidad: las palabras adquieren significados diversos según se agrupen o dispersen en la imaginación metafórica del niño. Así, después del huracán, se pierde la palabra “Ferretería” que nombraba el negocio de su madre, y los personajes emprenden su búsqueda entre los escombros del pueblo, letra por letra, para reconstruirla y devolverle su sentido.

La enumeración, entendida como figura retórica, permite acumular, amplificar, organizar y dar ritmo al discurso; pero en la mente de Javi funciona, además, como un mecanismo para ordenar su experiencia y dotar de significado a un mundo cambiante. Esto se manifiesta en episodios como la muerte del abuelo y los narcotraficantes; la ausencia del padre y la inestabilidad de la madre, cuya figura es codiciada por los hombres del barrio.

Por último, puede afirmarse que la novela resuelve su conflicto a través de la diversión discursiva. Su desenlace es, en cierto sentido, esperanzador, pues los personajes logran trascender su realidad opresiva mediante un mundo de ficción en el que las palabras se convierten en su segunda casa.

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