En Pasajero (Pillion, RU-Irlanda, 2025), insidiosa ópera prima del cortometrajista inglés de 33 años Harry Lighton (cortos notables: Wren Boys 17, Leash 18, Pompeya 19), con guion suyo basado en la novela Box Hill de Adam Mars-Jones y premiado en la sección “Una cierta mirada” de Cannes 25, el lobezno feíto e introvertido cantante gay de un meloso cuarteto anacronizante hipercursi de bares para familias Colin (Harry Melling anticarsmático a rabiar) sólo consigue sosos encuentros homoeróticos concertados por su sobreprotectora madre con omnipermisivo cáncer terminal Peggy (Lesley Sharp) y bajo la anuencia del debilucho padre patrón ceroalaizquierda Pete (Douglas Hodge), cuando el acomplejado muchacho tiene la enorme fortuna de ser citado sexualmente aunque en plena Nochebuena por el imposiblemente guapo líder de motociclistas gays supermachos barrocos Ray (Alexander Skarsgard) que muy pronto, sin apenas dirigirle la palabra, lo convierte en un sirviente que acepta dormir como gloriosa mascota al pie de la cama de su amo y se ocupa gratis de las labores del hogar, sintiéndose bien remunerado al devenir en eterno pasajero del asiento de atrás de su inobjetable motociclista misterioso, pudiendo participar en las rituales y salidas seudodeportivas de su grupo los fines de semana, sintiéndose integrado y siempre dispuesto a las peores humillaciones en las competencias de caballazos en el arroyo o fantasiosogenitales del equipo, si bien con cierta habilidad como rogón insistente para lograr que el inflexible Ray asista en calidad de invitado inabordable a una cena con los padres de Colin, aunque sólo sea para intercambiar insultos con la incontrolable madre enferma que estalla de súbito porque no le gusta cómo tratan a su hijo, pero poco después la mujer fallece y, como consecuencia, viendo sufrir a su mascota humana, el duro Ray se ablanda un poco y termina admitiendo y confesando ingenuamente un extraño amor por Colin, llegando a vivir ambos como chicuelos traviesos su romance, cuya permanencia únicamente puede conducir a la repentina e inexplicable desaparición del ingobernable Ray, quien comienza a ser buscado sin éxito por el inconsolable Colin, entre su tribu y en los inopinados sitios que gustaba frecuentar los weekends aquel irrecuperable dueño y señor fundacional de su condición ancilar.

Lee también:

Crédito: Especial
Crédito: Especial

La condición ancilar establece así una gran metafísica de la mentalidad del pasajero del asiento de atrás (“pillion” en intraducible inglés coloquial británico), un viviseccional estudio de la sujeción y el subyugamiento consentido (“No es mi novio, tenemos un acuerdo”), una psicología práctica y delirante del estado de goce e indefensión del vencido y oprimido de antemano, un elogio a contracorriente de la filosofía irracional e irrazonable, un desafío a cualquier actitud libertaria mínimamente sostenida, una oda a la autohumillación sin otras alternativas u opciones claudicantes, planteando con subrepticia pero deliciosa sorna una relectura irónica del dictum de Gide según el cual “El hombre no puede descubrir nuevos océanos a menos que tenga la valentía de perder de vista la costa”, o sea ¿inaugurar aquí inéditos tumultos acuosos de satisfacciones en el asentimiento y la sujeción colmados?

Lee también:

La condición ancilar se articula sobre elementos tan inusitados como la nocturna subjetiva motorista cual bamboleante canzona italiana de época, las pelucas y los turbantes chillones más la inclemente cabeza rapada de la madre Peggy tan minada por la maligna mutación orgánica como por sus manipulaciones de un hijo relacionalmente castrado sin remedio, el hilarante contraste entre los tamaños de las mascotas con correa de Ray y Colin, la lista de tareas domésticas impersonalmente estipuladas en el celular, las mesas tendidas con una pasoliniana variedad de traseros dispuestos, la solidaridad en la ignominia del perpetuamente sexorrelegado Colin con un semejante en una ribera idílica, la fotografía naturalista de Nick Morris aún más seca que en Ken Loach o Mike Leigh, una edición laxa de Gareth C. Scales al fenomenológico estilo neorrealista pero con espacios reflexivos y en negro, la torpeza emocional de Ray expuesta en una Gimnopedia de Satie que pretende tocar en su piano inepto, o la competencia callejera entre Colin y su amo tarareando una melodía ante dos adorables damas.

La condición ancilar se consuma entonces como una obra inesperada y a contrapelo de la resurrección actual del cine romántico, colocándose muy por encima de las intratables carrascalosas Cumbres borrascosas de la londinense Fennell (26) o de la fracasada boda perfecta conducente a otro comienzo amoroso entre los gratuitos montajitos parásitos de El drama del noruego Borgli (26), pues la severa y serena imaginación heterodoxa de Lighton logra trazar y deslindar vuelta del revés una insólita historia de amor más acorde con los tiempos cínicos y desalmados que hoy corren, invirtiendo continuamente los roles participantes en el juego intempestivo y las líneas de fuerza posfassbinderianas de las criaturas antirrománticas pero amorosas pese a todo y a todos e incluso contra ellas mismas, sus no-expectativas y sus confusos deseos contradictorios a priori devastados.

La condición ancilar se sitúa con displicencia más acá y más allá del mero psicopatológico nexo sadomasoquista y creando una descripción del submundo motorista gay entre la fantasía virilista de Ángeles del infierno (Corman 66) y la fiebre del cuero negro de Cruising (Friedkin 80), allí donde medra la pasión sin ley hasta la muerte o la deserción compulsiva, en medio de la crudeza de un cuento sin fábula ni mucho menos moraleja.

Y la condición ancilar termina contemplando con ardoroso entusiasmo continuista y restañador a un reincidente Colin al fin de nuevo realizado al serle permitido limpiarle las campiranas botas vacacionistas perpetuas a cierto Darren (Anthony Welsh) cual afrosucedáneo motorizado perfecto del imponente amo extraviado.

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses

[Publicidad]