El viernes de la semana pasada viajé a Toluca. Tenía muchas ganas de asistir al concierto de la OSEM que, ese día, contaría con Luis Manuel Sánchez como director huésped y brindaba un plus extraordinario: el debut como solista con esta orquesta de Ernesto Fernández Lara, un jovencísimo violonchelista a quien conocí el año pasado como parte de la Orquesta Imposible que anualmente convoca Alondra de la Parra para el Festival PAAX, que se realiza en Xcaret.

Miembro de una reconocida dinastía musical, Fernández fue “fichado” ahí mismo por Daniel Hope, uno de los violinistas más aclamados de la actualidad, para integrarlo al grupo con el que realizó una gira por Asia meses después. Con tal precedente en el radar, había que ir a escucharlo sí o sí. Tras abrir con la obertura Fierrabrás, de Schubert, Fernández ofreció una exquisita y refinada lectura del Concierto en Re de Haydn que, a pesar de su aparente inocencia, es una de las obras más demandantes para el violonchelo; con gracia, ligereza y sin aspaviento alguno, este virtuoso queretano radicado en Alemania superó todas mis expectativas.

La Segunda Sinfonía de Sibelius concluyó inmejorablemente el programa. Es una obra que conoce muy bien la OSEM pues figuró en 22 de los conciertos que realizaron durante una de sus giras por Estados Unidos. ¡Qué gloriosos tiempos aquellos, en los que el gobierno del Estado de México apoyaba generosamente a la que, sabía, era su “joya de la corona”! Recreada con gran emotividad, llegué a creer que esta partitura cubría mi cuota de apasionamientos del día, ¡y cuál no sería mi sorpresa al finalizar el concierto!

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Marcelo Lombardero, director artístico de la Compañía Nacional de Ópera y responsable de la temporada 2025 que incluye retornos estelares, homenajes y recuperación de títulos mexicanos. Crédito: Gabriel Martinez / INBAL
Marcelo Lombardero, director artístico de la Compañía Nacional de Ópera y responsable de la temporada 2025 que incluye retornos estelares, homenajes y recuperación de títulos mexicanos. Crédito: Gabriel Martinez / INBAL

Permítanme contarles las novedades que recibí de lo que ocurrió esa tarde en el Blanquito y me confirmó el Maestro Sánchez, quien estirando los minutos, viajó a la Ciudad de México entre el ensayo matutino y la función, pues debía dirigir al Coro de la Ópera de Bellas Artes durante el ensayo general de la ópera que se estrenaría un par de días después; regresó a Toluca tras el primer acto y, por los mensajes que recibió –y los muchos más que me hicieron llegar varios amigos que asistieron a dicho ensayo- se enteró de que se armó tremenda rebambaramba cuando el coro se negó a intervenir en la segunda parte, aduciendo que a uno de sus integrantes no le quedó el vestuario.

Los insidiosos se dieron vuelo: unos decían que Marcelo Lombardero había hecho tal berrinche, que presentó su renuncia. Otros, aseguraban que, en realidad, ésta se debía al artículo “Corrupción y nepotismo sacuden a la Ópera Nacional” recién publicado por la revista Siempre!, que a la par de los conflictos de interés y “una red de favores que margina al talento mexicano”, evidencia la xenofobia de sus denunciantes. Ante ello, vale la pena precisar que, a diferencia de algún ilustre antecesor suyo que se despachaba con cuchara grande auto programándose, una de las cláusulas del contrato de Lombardero especifica que podrá dirigir hasta una puesta en escena al año por el mismo sueldo que fue contratado. Lo que todavía no me queda claro, es hasta cuándo va a seguir pagando el favor, pues continúa involucrando en la nómina a quienes hicieron antesala para tenerlo en México. Chismes a un lado, los hechos recién ocurridos permitirían corroborar qué tan atinada es aquella frase que asegura que “tras un mal ensayo, viene una buena función”.

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Con esa expectativa llegué el domingo 22 al estreno en México de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny), ópera compuesta por Kurt Weill con base en un libreto de Bertolt Brecht. El estreno mundial ocurrió en Leipzig hace casi un siglo, el 9 de marzo de 1930, ante una concurrencia en la que los simpatizantes del partido nazi intentaron interrumpir la función, so pretexto de que era un amplio muestrario de lo que Hitler y sus compinches llamaban Entartete Kunst (Arte degenerado, pues “entre otras molestas modernidades”, incorporaba ritmos estigmatizados como el jazz, el blues o el ragtime), aunque, lo que realmente les picaba, era la despiadada crítica que hace el libreto a una sociedad víctima del capitalismo, y ya sabemos cuánto le molesta al público operístico verse retratado sobre el escenario. Baste recordar los fracasos que experimentaron Carmen y Traviata en sus primeras funciones.

Incluir en el programa de mano un comentario de Luis de Tavira fue un gran acierto. Con conocimiento de causa señala que “en esta ópera, Brecht no pretende el encanto de la Ópera de tres centavos; la denuncia supera la seducción, está compuesta con los trazos gruesos de un cómic cruel: El pastel está podrido… Con Mahoganny la ruptura de Brecht con el teatro burgués se consuma para abrir la ruta decisiva del teatro post-cinematográfico: el Teatro Épico”, y aunque concluye diciendo que “este montaje constituye un loable y desafiante empeño de la Ópera de Bellas Artes, que renueva y enriquece la escena mexicana al ofrecer a sus espectadores una valiosa e imprescindible experiencia musical y escénica”, no todos los factores estuvieron a la altura de lo esperado.

Las voces cumplieron a secas, y no todas. Rosa Muñoz encarnó a una Leokadja que, si llego a recordar, será porque en la escena del juicio nos hizo evocar a nuestra malhadada ministra plagiaria; es una pena que Hildelisa Hangis fuera de menos a más, ya que –por estar casi al inicio- su interpretación de Alabama Song pasó de noche a pesar de ser el inciso más popular de esta ópera. Para su fortuna, sus intervenciones en el segundo acto sobresalieron por encima de muchos de sus compañeros de reparto que, aunque el programa de mano diga que cuentan con una larga y notable trayectoria, uno los oye y no se explica por qué los trajeron. Es el caso de Gustavo López Manzitti, cuyo timbre es bastante “ingrato”, por no decir feo. ¿No se supone que lo que aquí sobran, son tenores?

Mucho mejor fue la impresión que dejó el barítono Alejandro Paz Lasso, y a pesar de no haber participado en la totalidad del ensayo general, el coro tuvo también un notable desempeño, aunque, lo mejor de todo, fue cuán bien hizo sonar Srba Dinić a la orquesta: equilibrada y afinada, brilló en todas sus secciones sin tapar a los cantantes. ¿Ven por qué sigo lamentando el mayúsculo desatino cometido por Lucina Jiménez y Alonso Escalante al despedirlo sin razón alguna?

“Es una gran producción, muy compleja”, comentó alguien del equipo. Indudablemente, lo es. Sin embargo, ni las pantallas ni las plumas de las teiboleras garantizan el éxito de un montaje. Al tratar de ilustrar puntualmente el libreto, el trazo de Lombardero rayó en lo tedioso, y como dijo otro asistente, “ese afán por darnos todo tan bien masticadito, acabó por quitarle el sabor al plato”.

Si con algo me quedo de esta ópera, es con la cita de La priere d’une vierge incorporada por Weill en la escena 9. Tras publicarse en 1856 logró más de cien ediciones y “fue probablemente la pieza para piano más vendida jamás escrita.” Compuesta por Tekla Bądarzewska-Baranowska (1834-1861), es una pena que nadie le dé crédito, ¡ni porque estamos en el mes de la mujer! …y vaya que nos hemos chutado un sinfín de insufribles mamotretos de otras “colegas” suyas, de las que hasta quieren hacernos creer que componen. ¡Ay, eso de programar nomás por cubrir la cuota de género…!

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