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Carlos Batalla/ GDA/ El Comercio
A sus 73 años, en mayo de 2012, en su casa de San Isidro, el célebre autor de "Un mundo para Julius" reflexionó para la sección Posdata de El Comercio en torno a las heridas de su infancia y el humor como la herramienta definitiva con el que redimió los dolores del pasado. Nos recibió con cariño y benevolencia, envuelto en una serenidad que contrastaba con las tormentas de su niñez.
Amable y reflexivo, Alfredo Bryce Echenique volvió la vista atrás para desenterrar al niño que había sido. Aquel pequeño pertenecía a un tipo de familia que, según él, ya no existía: una estirpe que reía mucho y se visitaba constantemente. En ese mundo de autoironía, él era el observador silencioso.
El niño Bryce posando en la casa que sus padres alquilaban en la avenida Alfonso Ugarte, en el centro de Lima. Años 40. (Foto: Archivo Alfredo Bryce)
Sin embargo, la risa familiar se quebró una tarde de junio de 1952. Una nota de El Comercio de la época, publicada el 28 de junio de 1952, advertía sobre la fragilidad del menor y el trauma que vivió en su propio colegio, a los 13 años.
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El "callejón oscuro" a Bryce
El 26 de junio de 1952, el estudiante Alfredo Bryce fue víctima de una violenta agresión durante una clase de Instrucción Pre-Militar en el Colegio Santa María de Lima. El incidente se desencadenó cuando el instructor militar, molesto porque el alumno no ejecutó correctamente un movimiento de marcha, ordenó un castigo físico inusual.
Bajo las órdenes del instructor, los alumnos de la segunda y tercera fila formaron un “callejón oscuro” por el cual Bryce fue obligado a pasar mientras sus compañeros le pegaban, no solo con las manos, sino utilizando diversos objetos.
Tras completar la tercera vuelta por este “túnel humano”, el joven perdió el conocimiento y quedó tendido en el suelo. Debido a la gravedad de las contusiones y heridas sufridas en distintas partes del cuerpo, el alumno tuvo que ser internado en la Clínica Americana.
Ante estos hechos, su padre, el señor Francisco Bryce Arróspide, presentó enérgicas protestas ante el Ministro de Educación y el Inspector de Instrucción Pre-Militar. El señor Bryce manifestó su profunda indignación, señalando que no aceptaba métodos que inculcaran un “espíritu de cobardía” en los menores al obligarlos a castigar en masa a un compañero.
Esa tarde no fue un juego; hubo 120 alumnos formando dos filas de sesenta. Era un recorrido interminable para un niño nervioso, impresionable, que pronto se vio acorralado por la violencia. “Nunca falta un Judas, un Caín que te da un golpe de verdad”, recordó Bryce con cierta amargura el 2012.
De los golpes al despertar de su vocación
El niño Alfredo terminó aquel día con un ataque de rabia y fue internado en la Clínica Americana. El director del colegio calificó el incidente ante su madre como una “tragedia”. Su padre fue el único que mantuvo la serenidad esa noche, pero tomó una decisión radical: retiró a todos sus hijos de los colegios norteamericanos para enviarlos al internado inglés San Pablo.
Por su parte, Bryce convertiría ese pasaje violento y eufórico de su vida infantil en un intenso pasaje narrativo de su novela “No me esperen en abril”, de 1995.
Fue en ese nuevo entorno donde la literatura llamó a su puerta, aunque de una forma peculiar. Alfredo Bryce confesó en mayo de 2012 que de niño no era un lector entusiasta y se enfurecía cuando le regalaban libros.
En lugar de leer cuentos infantiles, se derrumbaba en su cama a imaginar sus propias historias. Desde su habitación, su familia lo escuchaba carcajear o llorar mientras vivía ficciones intensas.
Allí nació el escritor, creando ficciones donde su padre era un campeón de automovilismo heroico, transformando la realidad gris en un relato épico que incluso sus compañeros creían. A los 13 años, su profesor Ricardo Nugent le dio la validación definitiva: “Tú eres escritor, no necesitas escribir para serlo”. Nugent vio en él la capacidad de arreglar las heridas de la vida.
Entre leyes y letras
A pesar de su destino literario, Bryce estudió Derecho y Letras en San Marcos. Para él, ingresar a esa universidad fue, en realidad, incursionar en el Perú profundo y marcar su formación. ¿Por qué Derecho? Lo hizo por amor filial. Su padre había tenido dos hijos que fueron problemas constantes, y Alfredo, el tercero, quiso regalarle al menos un diploma de abogado.
El día de su graduación fue agridulce. Mientras él recibía el cartón, su padre era operado de la enfermedad que finalmente le quitaría la vida poco tiempo después. Bryce corrió desde el patio de San Marcos hasta la Clínica Internacional para mostrarle el diploma a su padre convaleciente.
“Mira papá, hay un hijo que sí te da gusto”, le dijo. Cuando su padre murió, Alfredo ya se encontraba en Europa, iniciando ese largo exilio literario que lo convertiría en una de las voces más queridas de la lengua castellana.
Para él, escribir no era un ejercicio de dolor sino de goce. Compartía la idea de que tener algo que contar alegraba la vida, como si se tocara un violín con maestría.
Alfrado Bryce: regreso a las raíces
En ese 2012, con 73 años, Bryce mantenía intactas sus virtudes y defectos. Su mayor virtud seguía siendo el humor; su mayor defecto, la falta de disciplina que tanto le había costado dominar. Se había casado tres veces y esperaba legalizar su situación para un cuarto matrimonio con su novia, aunque ella vivía en Estados Unidos y él prefería el Perú.
No tuvo hijos, pero tuvo amigos a los que admiraba profundamente. Su lealtad siguió ligada a sus raíces, incluso en lo deportivo, manteniéndose hincha del Ciclista Lima.
La entrevista culminó con la mención de una nueva novela. Tras tres años de trabajo, había entregado "Dándole pena a la tristeza" (2012), una novela que se preparaba para ver la luz en el Country Club de San Isidro.
Alfredo Bryce Echenique seguía siendo ese niño que prefería imaginar mundos antes que aceptar la dureza de la realidad. El humor había sido, al final de cuentas, su mejor medicina contra los “callejones oscuros” de la vida.
Así, la literatura, vivida con pasión, había sido su forma de sanar. Como él mismo dijo: contar historias no solo llenaba páginas, sino que tenía el poder de alegrar toda una existencia, como la de él... ¡Descanse en paz, maestro Bryce!
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