El domingo 2 de agosto a las 12 del día Elik Troconis presentó en Gandhi Coyoacán su novela El reloj robado de Passepartout (México: Zona Libre Santillana, 2026). La sala estaba pletórica, y hubo gente de pie.

Elik ha encontrado un nicho, y me alegro por él y por la lectura en México. Ya comenté otra novela del promisorio escritor mexicano, vecino de Madrid por estas fechas. Se trata de La joya robada, cuyo protagonista es don Quijote en modo Sherlock Holmes, con Sancho como un inesperado Watson.

¿Por qué hablo de un nicho? ¿Por qué las dos novelas incluyen un robo desde el título? La joya robada es, sí, una recreación de ciertos capítulos procedentes de la primera parte de El Quijote; El reloj robado nos invita a leer una suerte de síntesis, fresca, grata, de La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Ambas novelas del mexicano tienen, ciertamente, un argumento propio. Allí tenemos una línea de continuidad, que está teniendo un efecto positivo entre sectores del público (hubo mucha gente joven en la sala de Gandhi Coyoacán) y que le permite a Elik concebir obras futuras con el mismo patrón, sin que ello signifique que no podrá emprender otras vertientes de la escritura.

Tiene mucho sentido la propuesta de Elik: nos invita a revisitar obras clásicas en un formato ágil, a la vez conmemorativo e innovador (insisto: fresco).

Y recibí el regalo de un libro muy especial, ¿Dónde estás, luz?, de Andrea Martínez y Susana Santoyo (piedra ediciones, 2024). La propuesta es desafiante en tanto que pone a prueba nuestros automatismos al leer. La palabra Postcards se repite cuatro veces en ventanitas de la portada (dos veces con coma, una vez en alta y bajas), y al principio pensé que ese era el título de este cuaderno cuya falta de paginación fortalece justamente el efecto de cuaderno. Los nombres de las dos autoras aparecen en la contraportada, cuyo texto esclarece: ¿Dónde estás, luz? es un proyecto de Andrea Martínez que reúne un conjunto de imágenes que se leen. A partir de la escritura de Walter Benjamín, decidió abstraer algunas frases que explícitamente o no hablaran sobre la luz, la imagen, lo fotográfico y su materialidad. En la edición, Susana Santoyo generó un hilo de lectura al enfatizar los temas. Estos fragmentos de biblioteca se convierten aquí en un libro que da unidad y forma a estos vistazos. Este libro propone una lectura en conjunto, e invita a asomarse, más que a hojear.

Ropavejero de Occidente –según especialistas–, por ser recolector de las prendas rotas de viejos sistemas, Walter Benjamín es presentado aquí en jirones de esos ropajes de por sí desgarrados por el paso de los años y por los tránsitos desde los sistemas originales hasta la obra del autor nacido en 1892 y fallecido por propia mano en 1940, cuando los nazis estaban a punto de apresarlo mediante la colaboración de los esbirros de Vichy. He aquí un ejemplo de jirón del ropavejero en ¿Dónde está la luz?:

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la luz suprema hasta en el

silencio solitario y eterno de los tonos más

bajos.

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Un tercer libro, Óptica sanguínea (México: Tumbona Ediciones / Conaculta, 2014), de Daniela Bojórquez Vértiz, me fue recomendado en España por la doctora Rocío Badía, de la Universidad Complutense de Madrid. El sentido se produce, sí, en respuestas y asimismo en narraciones. Narramos para articular experiencias dispersas y para construir sentido(s). En Óptica sanguínea la única historia completa(da) es la de Pilar de la Fuente: sabemos que murió y sabemos que fue sobrecargo, “embajadora del piso en el aire” (p. 34), y que de una forma u otra cumplió con su destino, aunque la voz narradora desconoce muchos datos de su propia madre, y aquí ocurre el mayor acierto de la autora: entre las páginas 26 y 32 nos presenta una galería de fotos de “Pilar de la Fuente”, y describe la foto enmarcada, pero no hay ninguna imagen, y tenemos que conformarnos con el pie de foto, y esto nos obliga a volver a la escritura como un refugio ante un vacío que nos habla de los límites para conocer y representar a otra persona (aunque sea la madre) y de los límites de la imagen, que de pronto puede desaparecer, así como del desmontaje y del vacío o al menos periferia existencial. Se puede decir que, salvo por Pilar de la Fuente, estamos ante un conjunto de relatos sin personajes, sin protagonistas, sin antagonistas.

Además, Óptica sanguínea parece desafiar el trabajo cotidiano de la filología: presenta páginas tipografiadas, pero con correcciones en rojo a cargo de una mano, presuntamente la de la autora. Una de las correcciones tacha media frase y añade arriba: “no es cierto” (p. 57; antes ha escrito a mano sobre otro renglón: “¡exagerado!”, p. 55). Brillantemente, la autora nos entrega un texto cuestionado por ella misma, incluso desde un punto ya no solo estético, sino ético: “no es cierto”. ¿Cómo podría ser la edición crítica de Óptica sanguínea si nos presenta un testimonio que no parece ser el último y sin embargo sí lo es? Estas paradojas me recuerdan el concepto de narración paradójica que han empleado Klaus Meyer–Minnemann y otros latinoamericanistas de Alemania.

Y es como si este titubeo o esta autocrítica y las páginas del libro que nos llegan borrosas, desenfocadas, expresaran la angustia por la soledad en que se encuentra la escritora, una angustia muy autocrítica que ella transmite a todos sus personajes, entre quienes únicamente una madre, Pilar de la Fuente, exhibe una sólida presencia onomástica.

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El sentido es muy fuerte y optimista en El reloj robado, se hurta y esquiva en ¿Dónde está la luz? y en Óptica sanguínea. Esto es un signo de los tiempos: búsqueda de un sentido que se nos escapa.

Muchas personas de generaciones senior hemos visto una neta pérdida de sentido en el anuncio del cierre de la legendaria editorial Era. El mercado es implacable, y se abren editoriales y librerías aquí y se cierran allá, en franco heroísmo por la cultura.

Alguien comentaba con mucho sentido (común, sentido en común): el anunciado rescate de Era acaso se inscribirá en una amplísima política editorial y cultural de Estado. Recordemos la anécdota de Winston Churchill cuando sus administradores le presentaron el presupuesto para 1944; no había una sola libra esterlina para cultura; él se enojó:

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–¿No se han dado cuenta de que esta guerra la estamos librando para salvar la cultura?

Así de relevante es la cultura para la civilización, esto es, para la convivencia, esto es, para el bienestar.

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