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Aisha vive entre dos mares que chocan en su mente, y va creciendo entre el Mediterráneo efervescente y el sobrio Sáhara como dos mundos incompatibles. De esta niña llegada de una África con juegos en la arena, desayunos suculentos con leche de camella y abrazos bajo las estrellas nos cuenta con agudo afecto la escritora y periodista Ebbaba Hameida en la novela Flores de papel (Península, 2025).
Ser arrancada de la jaima donde siempre dormía acompañada, desprenderse del aroma de la piel de su madre —su raíz, el oxígeno de su infancia feliz— y de las costumbres de la arena para habitar otro mundo, uno donde hay semáforos, carros y gente de otro color. Así vive Aisha después de pasar por un campamento de refugiados y antes de llegar a Italia. En otros tiempos su abuela Leila fue cambiada por dos camellos y entregada a un extraño, forzada a ser mujer y esposa, y su madre Naima debió hacer frente a la guerra cuando la patria o el martirio eran la única alternativa para sobrevivir como pueblo saharaui. Todas han sido pobladoras nómadas en una tierra colonizada por extraños que impulsan la sedentarización y vuelven dependientes a los pueblos peregrinos. Todas han vivido historias de separación y por eso miran al mar, infinito azul, soñando con volver a su tierra, enamoradas de la libertad.
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¿Cómo escogió a las narradoras para contar esta historia? ¿Por qué decidió narrar a Aisha desde la segunda persona?
La idea de escribir esta novela surge en el contexto de la ruptura del alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario en noviembre de 2020, yo había estado unas semanas allí y la impotencia que sentía. Escribí un artículo para la revista 5W titulado “El peso del silencio” donde quise dejar constancia del escaso conocimiento que se tiene sobre este conflicto y el pueblo al que afecta desde hace medio siglo. Este conflicto me ha atravesado la vida y creo que nunca lograré desembarazarme de sus consecuencias. Como periodista he escrito sobre muchos conflictos y guerras, pero sobre la mía no soy capaz de escribir con la distancia profesional que me exijo y por esta razón me decidí por un género como la novela.
Que además le permitió narrar de una manera particular y muy suya las violencias sobre las mujeres.
Ese es un patrón que tienen en común todos los conflictos que he conocido. Son ellas las que sufren las consecuencias físicas y emocionales en todas las guerras, y en ese momento lo vi tan claro que no me pude resistir. Mi madre y mi abuela, como muchas madres y abuelas saharauis, llevan décadas sufriendo en su propia piel las consecuencias de la guerra y, sin embargo, a nadie parece importarle. Muy poca gente conoce de este conflicto y en los medios de comunicación su presencia es anecdótica. ¿Qué mejor forma de buscar la empatía del mundo que la literatura? Pongo el foco en las vivencias de mi madre, mi abuela y la mía propia, pero la literatura me permite fusionar sus vidas con las de otras tantas que he tenido la oportunidad de conocer a lo largo de mi vida. Quizás Aisha sea la que más se parece a su alter ego que soy yo misma, con ciertos matices y licencias que me da la ficción, pero sí, su vida se parece mucho a la mía. De hecho, la vida de Aisha la empecé a escribir mucho antes. Viene de un proceso que inicié con mi psicóloga, un ejercicio que me ha permitido entenderme y saber mis porqués.
¿Por eso la decisión de la segunda persona?
Exactamente: porque es mi yo adulta hablándole a mi yo niña, explicándole sus porqués, sus traumas y dolores. Hay capítulos que no soy capaz de volver a leer, pasajes que cuyas heridas aún están sanando. Pero en global puedo decir que el ejercicio tuvo el éxito esperado, y que el proceso de reparación y sanación con miras a mi yo infantil está algo más superado.
El libro es muy claro respecto al lugar y el significado de las palabras en cada idioma. Cuéntenos sobre esa idea de la lengua como hogar, lugar seguro y ancla, pero también como el lugar de la pregunta.
Nada como las palabras para definir a la singularidad de un pueblo o una cultura. Y es a través de las palabras que los seres humanos nos encontramos y reconocemos. En este caso, son tres culturas, tres lenguas y tres mujeres. Utilizo el castellano como lengua vehicular para narrar la historia de la última colonia española en el continente africano. Lo hago con toda la intención: el castellano me pareció la mejor opción para contar esta historia. Puede observarse que una vez Aisha llega a Italia todo le suena extraño, palabras incomprensibles, palabras que ella misma ridiculiza (consecuencia de su ignorancia). Sin embargo, a medida que avanza por los años y su dominio del italiano se afianza, desaparecen del texto esas palabras y expresiones para dar paso a un texto exclusivamente en castellano. El objetivo no es otro que exponer la plena integración en esa sociedad, pues una vez se domina el idioma, se sueña y cuenta chistes en una lengua, la asimilación de todo lo que lo rodea se convierte en un hecho irreversible. Hoy, también soy italiana.
¿Cómo fue la vivencia con el hassanía?
Ocurre algo parecido: cuando Aisha vuelve después de muchos años fuera, lo hace como italiana y para ella el idioma extraño e inventado es el que habla su familia biológica. Aquí se hace un proceso a la inversa hasta que finalmente desaparecen esas palabras en hassanía para dar lugar a un texto únicamente en español. Por otro lado, no hay que olvidar que la historia viene acompañada del idioma y la cultura; por esta razón hay muchas palabras y expresiones en hassanía que mantengo todo el tiempo para las tres protagonistas. Términos como mamti que podría haber sustituido por mami en castellano me pareció que debían permanecer, ya que en la traducción se pierde su matiz y con ello la raíz. De munadila, por ejemplo, la traducción que más se aproxima es revolucionaria, pero es mucho más que eso; es un modo de ser y de estar en el mundo y en la sociedad, es fuerza y resistencia, es abnegación. Por esta razón, también mantengo durante toda la novela esos términos en mi lengua materna, por su significado y porque son una forma de preservar mi cultura.
A Aisha un niño en clase le dice "africana" y se burla de ella. ¿Qué le representa hoy esa palabra (con todos sus significados)? ¿Qué significa ser africana?
Para mí, África es mi continente inabarcable. Es un lugar diverso, intenso y rico que puedo pasar toda mi vida descubriendo. Es una familia inmensa que puedes abrazar desde muchos lugares. Yo siento que formo parte de la África nómada y desértica, que se enmarca en una región joven que crece de una forma exponencial. África me evoca la resistencia frente a la opresión, la constante lucha por sobrevivir. África es respeto por los demás y amor por la familia por encima de todo. África es, en definitiva, la humanidad buscándose a sí misma. Durante un tiempo, por ignorancia infantil, el ser africana me avergonzaba. Sentía el rechazo de los demás por ser africana y los niños lo utilizaban para insultarme. Hoy, sin embargo, me siento muy orgullosa de serlo y es una identidad que llevo por bandera.
Cuéntenos del registro narrativo adecuado para temas tan complejos como el exilio, la revolución, la construcción de un Estado, la migración, la diáspora saharaui, la tierra ocupada.
Realmente fue algo espontáneo, cada una demandaba ser contada conforme a su contexto y sus circunstancias. La belleza y la soledad del desierto, la poesía de la vida nómada de Leila, una mujer que proviene de un contexto en el que los sentimientos no se exteriorizan solo podía contarse con ese estilo descriptivo. Naima, en cambio, está inmersa en el bullicio de la vida comunal, la revolución, los debates y las charlas interminables alrededor del té. Y Aisha, como decía antes, es la propia necesidad de contarle a la niña que fui los porqués de sus miedos y complejos de adulta... Cada una tiene su propio estilo, al igual que tienen voz propia. Las tres clamaban ser contadas, pero debía hacerse en sintonía con sus destinos. Esto me ha permitido abordar temas complejos, pero adaptados a la vida de cada personaje. Al final no les impuse ningún registro, más bien intenté escuchar los susurros de su propia voz. De lo particular salto a lo general, de lo diminuto a lo complejo y de lo personal a lo político. El exilio, la revolución, el Estado, la migración o la ocupación se convierten en personajes vivos en la novela gracias a las experiencias de las tres protagonistas.
¿Cómo fue posible pensar y construir un futuro en otro país, familia y cultura sin perder la raíz ni la pertenencia?
Es una pregunta difícil de responder. Se puede construir un futuro, pero yo creo que nunca será pleno si no se es capaz de mirar al pasado. Yo creo que el desarraigo no ayuda a pensar en el mañana, más bien se convierte en una deuda y nostalgia hacia las raíces. Esto no quiere decir que haya que idealizar las raíces, pero es importante comprender de dónde venimos para saber hacia dónde vamos.
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