Tengo miedo

Sabina Berman

Una descarga eléctrica de miedo se esparció esa noche por los sueños de los políticos del país.

—Tengo miedo –se despertó murmurando El Jaguar, la cabeza en la almohada, el pelo rizado húmedo de sudor.

—Tengo miedo –asintió Meade sentado en boxers blancos en el borde de su cama.

—Tengo miedo —se confesó a sí mismo en voz alta Jorge Castañeda en su cocina oscura, los pies desnudos en las lozas ateridas de frío.

—Tengo miedo—le espetó Vicente Fox a las estrellas en su rancho.

—Miedo tengo—le dijo Carlos Slim por su celular a sus tres hijos interconectados, cada uno en las sombras de sus casas.

—¿De qué? –le preguntó por celular Pepe Toño Meade al Jaguar.

—Es un sentimiento difuso –le confesó Slim a su hijo mayor. –Por lo pronto de que nos cancelen la obra del aeropuerto de la Ciudad de México, luego que ya repartimos las gratificaciones a los funcionarios.

—De perder mi cultura de la cortesía mexicana –confesó Pepe Toño Meade al Jaguar cuando estuvieron sentados a la mesa de la taquería vacía y oscura. –Ese decir otra cosa siempre para no decir la verdad. Llevo 30 años contestando el teléfono con la fórmula: Ordéneme, amigo. De ganar AMLO, ¿cómo podré contestar en adelante el teléfono?

—Hagámosle caso a AMLO – El Jaguar tuvo la audacia de decir. Más bien murmurar. –Nos acusa de ser una mafia, pues seámoslo públicamente. Es una gran idea. Considerémoslo nuestro ideólogo. Nombrémonos… —se quedó pensando en cómo autonombrarse…

Jorge Castañeda abrió la puerta todavía en pijama e invitó a pasar a su sala al oscuro visitante.

—No enciendas la luz –le pidió antes de tomar asiento en un sofá Manlio Fabio, el enviado de Meade. –Hablemos acá en lo oscuro, Jorge. Pienso mejor en las sombras.

—Sí —dijo desde la oscuridad el tercer conjurado, el joven Ricardo Anaya. –La oscuridad es mejor para no ver la realidad.

—Tengo miedo –cantó el cantante de la taquería, rasgando la guitarra. –Tengo miedo de perderte y no encontrarte…

—Tengo miedo de perder mis conexiones políticas y no reencontrarlas –sollozó Fox tomando la mano de Marta Sahagún, que había salido a buscarlo al aire libre. –O de algo peor que acecha el aire de la noche…

—Qué noche ancha y abismal –dijo de pronto un niño de pie en la oscuridad del dormitorio. Y su mamá desde la amplia cama se asombró de cómo esas grandes palabras se apalabraran en los labios de su hijo de diez años. Palmeó el colchón diciendo: –Ven a dormirte conmigo, corazón.

—Ese loco lo cambiará todo—dijo Manlio a Jorge y a Ricardo. –Ya saben quién. El indecible. Cambiará cada pieza del ajedrez político y cada regla de ese ajedrez y hasta el tablero.

—Del pueblo –se sinceró Slim cuando sus tres hijos se hubieron sentado en la sala—. Básica y fundamentalmente tengo miedo del pueblo.

Desde el ventanal se miraba la maqueta del país entero, cada casa del tamaño de un piojo, cada edificio del tamaño de un cerillo, los lagos breves charcos, el Océano Atlántico una bañera.

—¿Qué tal que el pueblo dice “Quiero los mismos precios para mi celular que en el Primer Mundo”, “Quiero internet veloz como en Francia”?

—Y de inmediato meterá a la cárcel a cien priístas corruptos, para marcar la ruptura con el viejo régimen –susurró Manlio, su rostro pálido—, tal como lo propuso aquel joven foxista radical, llamado Jorge Castañeda.

—Ese soy yo –lo interrumpió Jorge.

—Ay, perdón –dijo Manlio.

—Más bien eras –dijo Ricardo.

—Y hará lo que no nos atrevimos a hacer nosotros –susurró Fox mirando las estrellas. –Acabar con el régimen torcido de la corrupción.

—Y el sistema económico lo cambiará también –murmuró Slim mirando el territorio de su monopolio por el ventanal: todo el país. –Subirá los salarios mínimos. Romperá los monopolios. Pondrá una pensión universal. Invertirá en la salud y la educación públicas.

—Papá, silencio, pareces su publicista –apuntó Carlos Slim Junior.

Castañeda suspiró:

—Pero no basta que el miedo nos una contra él. Necesitamos un proyecto alterno de futuro que ofrecerle a la gente. Algo nunca visto.

Anaya se adelantó:

—Yo ya dije desde siempre cuál es ese proyecto: un proyecto de futuro nunca visto.

Castañeda negó con la cabeza en la oscuridad:

—No Ricardo. Hay que decir en qué consiste precisamente ese proyecto de futuro nunca visto.

—Eso está más difícil –admitió Ricardo, apesadumbrado. Sacó su celular y tecleó en la ventanilla de Google:

Proyecto de futuro nunca visto?

Para entonces las mujeres fueron subiendo las escaleras de piedra del Sanborns del sur de Avenida Insurgentes, embozadas con chales.

Tomaron asiento a una mesa redonda aledaña a la fuente de piedra y bajaron de sus rostros las telas.

Las mujeres de AMLO. Su círculo más íntimo y confiable. Tatiana. Claudia. Rocío. Yeidckol. Beatriz. Alejandra Frausto. Cobijadas en la noche del restaurante de aire colonial.

—Tengo miedo –confesó por fin, y luego de un silencio, Tatiana.

—Yo también, yo también –fueron confesando las otras, los hombros apretados, los ojos grandes de miedo.

—Tengo miedo de que ganemos el Poder y no cambiemos nada –murmuró Tatiana.

—O que cambiemos tonteras, detalles –dijo Yeidckol.

—O que cambiemos lo que no se debe cambiar y lo que ya tenemos se derrumbe.

—Pero lo peor es este miedo –confesó Claudia Sheinbaum, y cerró los párpados. –Este miedo atroz de que nos amafiemos de una nueva forma y resultemos la misma corrupción con otros rostros.

El pequeño niño colocó la cabeza contra el pecho de su madre y oyó el latido de su corazón y dijo con voz suave:

—Que la Historia nos pase en frente como una ráfaga de viento y nos dejé atrás, huérfanos de futuro, de eso tengo miedo, mamá.

—Nombrémonos…–exclamó de pronto iluminado El Jaguar en la taquería vacía y oscura—… la Mafia del Poder.

—¡Gran nombre! –asintió Pepe Toño,
deslumbrado del ingenio de su conspirador.

Google respondió con diez páginas de artículos titulados:

Tengo miedo

—Tengo miedo –cantó el cantante al centro de la plancha de cemento del Zócalo desierto y oscuro, y rasgó la guitarra bajo la noche ancha y abismal de la incertidumbre. –Tengo miedo de perderte y no encontrarte… De encontrarte y no merecerte… De merecerte y luego perderte… Tengo miedo, tanto miedo…

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