Se encuentra usted aquí

El 1% desaparece (por fin)

10/02/2019
02:21
-A +A

Si sale un número par, pensó Christine Jambes, directora del Fondo Monetario Internacional, meciendo en la cuenca de la mano los dados, apreso de una buena vez al doctor Wermer, lo subo a un avión privado y lo devuelvo del lugar de dónde nunca lo debí sacar, su granja de abejas, en la azotea de un edificio de Nueva York. Si sale un número impar, corro el riesgo de que dé su conferencia magistral en la Cumbre de Davos, y luego lo subo al avión privado. Se refería al anciano matemático que hacía dos días le confió al oído , así como si nada, que aprovecharía la oportunidad única de la Cumbre que reunía al 1% más rico de la especie para desaparecerlo de la faz de la tierra.

Los dados sobre el mantel blanco de la mesa de desayuno sumaron once: correría el riesgo de que diera su maldita conferencia, pensó Christine, después de todo era una amenaza probablemente imposible de cumplir por ese frágil profesor senil.

Pero a medio día, cuando arribó al gran auditorio del Centro de Convenciones todas las alertas se le encendieron. Mil políticos, magnates y ejecutivos formaban filas para entregar a la servidumbre, a cambio de un breve talón de cartulina numerado, sus celulares, que eran etiquetados y guardados en canastas.

–¿Qué diablos pasa? –le reclamó Christine al jefe de seguridad.

El capitán señaló una pantalla de plasma en una pared. Ahí el doctor Wermer explicaba que la concentración de celulares le provocaba “un zumbido en el oído medio” y pedía que por piedad el público entrara sin teléfonos a su conferencia. Christine le clavó la mirada al capitán:

–Es otra maldita mentira de este anciano abusivo –le dijo.

El daño estaba sin embargo ya hecho, la mayor parte del público había entregado ya sus celulares y había ya tomado asiento en el gran auditorio. Ella misma fue a sentarse en una de las filas más cercanas al escenario, en donde el profesor Wermer apareció con un aire de desorientación, un micrófono prendido a su camisa blanca, desabotonada del cuello, magnificando sus balbuceos.

–¿Acá es la charla? –preguntaba. –¿Mi charla o la de otra persona? Ah mira. Cuánta gente. Buenas tardes.

Lo odiaba Christine, a ese embustero. Tomó aire para soportar el embate verbal contra el neoliberalismo que vendría a continuación, sin duda. Wermer empezó hablando de sus malditas abejas.

–Zumban –afirmó Wermer y ella rodó los ojos hacia el techo: vaya noticia, las abejas zumban–. ¿Por qué zumban?—preguntó el profesor. –¿Alguien lo sabe?

Nadie lo sabía entre su cultísimo auditorio de magnates, ministros e inventores.

–Porque baten rapidísimo sus alitas transparentes –se contestó a sí mismo Wermer. –A una velocidad de 230 aleteos por segundo. Y ese zumbido es lo que les ha dado la ventaja decisiva a su especie: ser gregarias. Pueden ser gregarias porque no importa a qué distancia una abeja se encuentre del resto de la tribu, libando una flor, por ejemplo, nunca está sola: escucha a su derredor el zumbar de las otras abejas, y ese zumbido también orienta su regreso al hogar y almacén de la tribu, la colmena. De cierto, el zumbido es la clave de la genial estrategia de las abejas para derrotar toda posible escasez: la cooperación: el zumbido posibilita que cooperen en almacenar miel en las colmenas, de forma que nunca, ni en los inviernos más helados, les falte el alimento.

Se rió. Y el público no entendió de qué se reía.

–En eso –continuó con aire feliz Wermer– nosotros los primates habladores nos asemejamos y nos diferenciamos de las abejas. Nunca paramos de hacer ruido. Nosotros con la boca, hablando. O bien hablando por dentro: es decir pensando o escribiendo o leyendo. No, nunca paramos de comunicarnos y nunca un primate humano está solo, mientras use el ruido de la tribu humana, el habla. Somos como las abejas fatalmente gregarios.

El público empezaba a estirar las piernas y ubicar con las miradas las salidas del auditorio.

–Pero nuestra diferencia con las abejas es esta. Nuestro ruido, nuestra habla, esta hecha de sonidos que evocan cosas ausentes, de palabras, y por ello al hablar contamos historias. Si solo hiciéramos ruido, cooperaríamos muy simplemente para almacenar comida y librarnos de la escasez. Pero esas historias que unen a nuestra tribu, al mismo tiempo complican nuestra cooperación, porque evocan mundos ausentes y nos vuelven una tribu eternamente despistada, mitad en la realidad, mitad en la historia que compartimos y que nos afanamos en volver real.

–Durante siglos –alzó la voz Wermer–, la historia que los monos habladores compartimos fue la historia divina que llamamos religión y que nos dibujaba en las mentes una geografía fantástica de ángeles y demonios. Esa historia fue suplida recientemente por otra más tranquila, el Humanismo, pero con una premisa igualmente dudosa, a decir: que los humanos somos la medida de todas las cosas del universo. Y más recientemente, el Humanismo ha caído en descrédito mientras ha tomado su lugar otra historia en la que ahora todos creemos. ¿Cuál es esa historia en la que todos creemos hoy día?

Ahí viene la bomba, pensó Christine irguiendo la espalda y levantando una mano para poner en alerta a los cincuenta detectives apostados contra las paredes del auditorio.

–Hoy solo compartimos la creencia en el dinero.

Los aplausos se soltaron entre los señores del 1%, los dueños del 80% del dinero de la especie. Wermer habló sobre los aplausos:

–No importa nuestra nacionalidad, cultura, género, raza, ni siquiera importa si somos pobres o ricos, hoy todos creemos ciegamente en el valor indiscutible del dinero. ¿O acaso los chamarras amarillas que acosan esta Cumbre no piensan lo mismo que los billonarios que la atienden? Ellos, al igual que ustedes, creen que el dinero es la medida de la felicidad.
El 1% asintió feliz.

–¿Pero qué es el dinero, amigos? –preguntó entonces el anciano matemático, y Christine levantó dos dedos, señal a los detectives redoblar la alerta y los billonarios del público adelantaron los torsos interesados.

–Hace siglos, en Mesopotamia, el dinero era ya trozos de metal. Hace medio siglo, el dinero era papel respaldado por lingotes de oro en una reserva. Hoy, ¿qué es? El dinero ya no tiene ese respaldo en metal y el dinero de papel lo usan solo los pobres. El dinero ha llegado a su máxima abstracción: hoy es solo números, números digitales, números que viajan por una red global de computadoras. Supongamos por un momento –dijo Wermer, y su voz era clara, los balbuceos iniciales se habían esfumado–, supongamos que alguien, no sé, un loco cualquiera, inventara un algoritmo capaz de viralizarse en las computadoras del planeta y de transformar cada número digital en un cero, ¿qué sucedería entonces?

Un rumor recorrió el auditorio y poco a poco las personas fueron poniéndose en pie y fueron apiñándose en las salidas, en tanto Wermer en el escenario esperaba en vano una respuesta.

–¿Alguien puede decirme lo que sucedería? –repitió Wermer.

Para entonces su público emergía al vestíbulo, donde la amenaza nebulosa que había presentido en el discurso de Wermer fue concretándose: no había ni traza de la servidumbre, ni de las canastas, ni de sus celulares etiquetados.

Y cuando los políticos y los billonarios llegaron a sus dormitorios en el GrandHotel y abrieron sus computadoras, la angustia pasó de sus corazones a a sus manos y a sus rodillas: los reportes de sus cuentas privadas o estatales estaban uniformemente en ceros. Al mismo tiempo, en las pizarras electrónicas de las bolsas de las capitales financieras aparecerían letras sin otro número que el cero. Y las monedas digitales se habían devaluado también en una cifra: valían cero.

Esto es lo que sucedió en tanto con los perpetradores del ataque cibernético, la servidumbre de jóvenes políglotas de la Cumbre de Davos: luego de infectar a través de los celulares del 1% los bancos y las bolsas con el Algoritmo 000, se apresuraban a escapar por las puertas de la salida de la alambrada electrificada: se dispersarían por sus países de origen sin dejar rastros tras de sí.

Según lo habría de narrar un banquero, en ese momento los rascacielos de Hong Kong parecieron ondular en el aire, como si estuvieran debajo del agua, y de ahí cayeron los primeros suicidas, a decir de Twitter, siempre falsario. Luego otros desesperados cayeron de las más altas ventanas de Wall Street. Luego cayeron desde las azoteas de la milla financiera de Londres, The City. La lluvia de banqueros y especuladores trajeados, con las corbatas hacia arriba, más la ocasional dama en tacones y aretes de perla, duró un día con su noche. Únicamente aquellos con algo en sus vidas más valioso que el dinero se salvaron del vértigo imantado del suicidio.

Precisamente en esa gran mayoría de la especie se asentó a continuación una calma extraña: cada mono sapiens calculó su nueva suerte en ese nuevo mundo sin números y sin posibilidad de acumular capital. Los que tenían campos y granjas y pesquerías donde se producían los sustentos alimentarios se supieron los nuevos poderosos. Los que habían quemado sus vidas en el anhelo de la seguridad que trae el dinero, se sintieron de pronto seguros sin tener nada. Los que sacrificaban sus deseos en trabajos que odiaban, no llegaron a trabajar. La ola de divorcios fue tan nutrida como la de repentinos matrimonios.

Una primavera súbita, cortesía del cambio climático, llegó a la semana siguiente a Nueva York y a su Parque Central. Las abejas pasaron las horas de luz del día esparcidas por las flores repentinamente abiertas, y al ocaso, contra un cielo de franjas celestes y rojas, volvieron a la azotea del edificio de piedra amarrilla, en cuyos bordes cien panales de madera las esperaban: un ejército de insectos zumbadores, entre los que el doctor Wermer y Serena, la tijuanense con forma de 8, de pie en sus trajes y casquetes de apicultores, blancos y con mirillas de malla negra, no hablaban.

–¿Y ahora qué sigue doctor? –preguntó de pronto ella en medio del zumbido de las abejas.

–Otra historia –dijo él y le tomó una mano. –Una mejor historia, ojalá.
 

Periodista y escritora de ficción —de drama y de prosa—.

Más sobre el autor

Comentarios