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El largo adiós de Enrique Peña Nieto

León Krauze

En una de las entrevistas que ha concedido en el último trimestre de su gobierno, Enrique Peña Nieto confesó no saber qué hará con su tiempo después del primero de diciembre. Dice que vivirá de sus ahorros para luego elegir otro camino que no tendrá nada que ver con la política. Supongo que, como han hecho algunos expresidentes, Peña Nieto tendrá la tentación de escribir sus memorias. Ojalá lo haga. Solo él puede esclarecer los enigmas de su presidencia.  Y enigmas sobran.

Peña Nieto podría explicar, por ejemplo, todo el proceso de manejo de crisis tras la devastadora revelación de la Casa Blanca. ¿Cómo y con quién decidió, por ejemplo, que fuera su esposa quien, en el papel más difícil de su vida, saliera a dar la cara para tratar de justificar  lo injustificable? También podría publicar las razones detrás de la indolencia con la que su procurador –y él mismo, en gran medida– trató el caso de Ayotzinapa o dedicar un capítulo a revelar las conversaciones (con su equipo y con la gente cercana a Trump) que lo llevaron a abrirle las puertas de Los Pinos al candidato republicano y, peor aún, celebrar una conferencia de prensa conjunta con dicho troglodita antimexicano, con los resultados predecibles.

La lista es larga, y si Peña Nieto se sincera, el libro podría ser valioso.

Si se anima, espero que incluya un buen fragmento sobre la elección del 2018: el proceso de selección de José Antonio Meade, su evidente (y activa) animadversión contra Ricardo Anaya y, crucialmente, su papel en la transición después del triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

Desde el primero de julio, Peña Nieto ha emprendido un calvario. Por razones que solo él conoce, ha decidido transformar lo que debía ser una transición civilizada en una larga humillación pública no solo de su persona sino del proyecto de nación que construyó, para bien o para mal, durante todo un sexenio.

Las últimas semanas me han remitido a lo ocurrido en Estados Unidos después de la victoria de Donald Trump. Durante la campaña presidencial estadounidense, Trump denunció a Hillary Clinton y Barack Obama como representantes de una clase política podrida que merecía caducar. Se presentó como la antítesis absoluta de ambos, pero sobre todo de Obama. Trump prometió gobernar para revertir los logros de Obama, ser su opuesto en todos sentidos. Lo dijo abierta y claramente.

El triunfo de Trump provocó una crisis nerviosa en el equipo de Barack Obama, que lloraba el previsible asalto a todo el ideario progresista que habían tardado años en construir. Obama, cuentan las crónicas, mantuvo la calma y trató de sosegar a sus colegas. Después hizo planes para la transición. Recibió a Trump y su esposa en la Casa Blanca, donde aparecieron frente a las cámaras unos minutos, compartiendo un apretón de manos cordial y algunas palabras frente a la prensa. Después, los equipos de ambos comenzaron a reunirse para diseñar el traspaso de poder, en privado. La transición ocurrió de manera cordial y civilizada, sin hacer de lado el evidente y sano antagonismo entre ambos proyectos de nación. Obama, en suma, fue un estadista que respetó plenamente la voluntad de los votantes pero no dio oportunidad a Trump de pisotear frente a él los logros de su gobierno.

Enrique Peña Nieto ha preferido lo contrario. Pienso, por ejemplo, en esa ceremonia insólita que fue la conferencia de prensa conjunta en Palacio Nacional cuando, rodeado de su equipo de trabajo (esos mismos funcionarios que han trabajado para su proyecto de nación, empezando por las reformas estructurales que el presidente presume como el gran logro de su sexenio), Peña Nieto se prestó a un acto inédito e innecesario de batraciofagia: parado en el escenario, tragó el padre de todos los sapos cuando el presidente electo -que está todavía a tres meses del poder- informó la anulación de la reforma educativa, piedra angular del proyecto peñanietista. Como con Trump, Peña Nieto se mantuvo impávido, como si lo que acabara de escuchar fuera una anécdota en boca de un cuate y no el anuncio del funeral de su legado; un legado que, al menos en el caso de la reforma educativa, merece una defensa activa.

¿Por qué ha decidido someterse a algo así? Supongo que Peña Nieto imagina que su conducta le ganará poco a poco la redención pública. No es casualidad que, junto a la manera como ha enfrentado la transición, el presidente también haya comenzado a dar entrevistas en las que se ha dedicado a ofrecer disculpas profusas. Se trata de un mea culpa inoportuno en el corto plazo y extraño si lo que le interesa es modificar su lugar en la historia de México, que por ahora parece ser mayormente ignominioso. Quizá pueda ofrecer matices si, en los años que vienen, siendo todavía joven, se sienta a escribir la verdad de lo que sucedió mientras gobernó México. Tendrá que verse al espejo. Sospecho que, cuando repase muchos de los episodios que protagonizó, tampoco encontrará explicaciones.

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