Es evidente la debilidad de la oposición en México. En sexenios anteriores su fortaleza en el Congreso y en las principales gubernaturas le proporcionaron la fuerza necesaria para competir vigorosamente en subsecuentes procesos electorales. Hoy, el gobierno unificado de Morena, aunado a la popularidad presidencial y el descrédito de PAN, PRI y PRD, auguran un futuro complicado para esos partidos.

Un rasgo de nuestra democratización fue su carácter gradualista, caracterizado por un crecimiento paulatino de la oposición al PRI a nivel local. El PRI perdió poco a poco el poder. Los bastiones locales, además, fueron la plataforma que dieron proyección nacional a sus gobernantes. En las tres elecciones presidenciales en que ha triunfado la oposición, los vencedores ya habían gobernado su entidad: Fox, Peña Nieto y ahora López Obrador. Ser gobernador no es garantía de triunfo, como lo ilustra el Bronco, pero permite contar con una proyección y recursos que son indispensables para contender exitosamente por la Presidencia. En el contexto actual, con la posible excepción de Enrique Alfaro, no se vislumbra a gobernador alguno que pueda tener un alcance nacional. O sus estados son relativamente pequeños o, como en el caso del mandatario mexiquense, su estado para efectos prácticos ya está en manos de Morena.

Este es otro de los rasgos distintivos del momento político que vivimos: a diferencia del PAN, e incluso del PRI de Peña Nieto, Morena no llegó al poder a través de importantes triunfos locales. Lo logró gracias a la popularidad de una sola persona. La construcción de los liderazgos locales se hará ahora desde el ámbito federal. Es un proceso de arriba hacia abajo. Esto significa, y así lo sugieren las encuestas publicadas para los procesos electorales de 2019, que PAN, PRI y PRD perderán paulatinamente posiciones a nivel local, lo que los debilitará todavía más. Si en 2001 y 2002 los comicios locales demostraron que el PRI seguía vivito y coleando, y que podía triunfar aun sin la Presidencia de la República, los comicios en 2019 sugieren que PRI, PAN y PRD todavía no tocan fondo.

Paradójicamente, el camino seguido por López Obrador es la ruta más promisoria para que la oposición recupere su fuerza. Es la ruta del político carismático, que se convierte en la cara del partido y que posibilita que la ciudadanía olvide temporalmente el descrédito de la marca que lo respalda (como ocurría con el propio AMLO y el PRD en 2006 y 2012). Esta ruta la siguieron exitosamente los laboristas británicos con Blair y su contraparte conservadora con Cameron. Pero es también parte de la historia reciente de los demócratas en Estados Unidos (Clinton y Obama).

La personalización de la política, que ha estado presente desde el advenimiento de la televisión, exige personalidades que destaquen por encima de sus partidos (e incluso que los hagan a un lado). La interrogante para PRI, PAN y PRD es de dónde van a reclutar a una figura con estas características, sobre todo si no se vislumbra algún personaje local con los tamaños necesarios para crecer a nivel nacional. Los grupos parlamentarios, o incluso los presidentes del partido, son otra fuente natural de liderazgo. Sin embargo, todavía no hay nadie que capte la imaginación ciudadana. La salida fácil puede ser un personaje externo, prominente, conocido, que les garantice un número razonable de votos y así seguir siendo competitivos. Si lo hacen hipotecarán el futuro a cambio del presente. Están entre la espada y la pared.

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