Quisiera poder escribir un artículo en el que la nota principal fuese que este gobierno presentó un Plan Nacional de Desarrollo que representa un parteaguas histórico: el documento oficial más importante donde simbólicamente se deja atrás el neoliberalismo y se marca una ruptura con el pasado.

No cabe duda que el contenido del texto apunta en esa dirección. Incluye una fuerte crítica al antiguo régimen y dibuja un horizonte de futuro sustancialmente distinto. Es una pena, sin embargo, que este gobierno no haya logrado presentar un documento a la altura de las circunstancias.

No encuentro un símil más preciso para explicarlo que remitirme a la escuela secundaria, cuando algún maestro nos encomendaba un trabajo en equipo y los alumnos no encontrábamos mejor solución que dividirnos la tarea en partes para llegar al colegio el día de la entrega, juntar todo un minuto antes, y listo.

Algo similar ocurrió con el Plan Nacional de Desarrollo: La Secretaría de Hacienda tuvo a su cargo la redacción de un extenso documento que cumple con los elementos que marca la ley, aunque cada secretaría hizo su parte. Al parecer, al cuarto para las doce Presidencia decidió que era necesario presentar otra versión, más corta y accesible a la población en general.

Luego alguien pensó que bastaba con cortar y pegar las dos versiones. Mientras el documento de Presidencia aparecía como el principal —a pesar de no cumplir con los requisitos legales—, el de Hacienda —más técnico y puntual— se incluyó en un anexo. Así, la versión presentada al Congreso y publicada en la Gaceta Parlamentaria, se compone en realidad de dos planes que son similares, pero no iguales.

A los funcionarios no sólo les faltó tiempo para ponerse de acuerdo en qué tipografía utilizar. Tampoco lograron uniformar ideas ni metas. El documento de Presidencia, por ejemplo, proyecta en su “visión a 2024” que los índices delictivos se habrán reducido en 50%, mientras el de Hacienda solamente considera una meta del 15,6%. El primero dice que para 2024 “la pobreza extrema habrá sido erradicada”, mientras en el segundo este objetivo se limita a los 5 millones. Extraña y desanima que un gobierno de izquierda no tenga claridad en una meta tan importante como esa.

Mientras el documento de Presidencia entierra de manera contundente el neoliberalismo, el de Hacienda apenas y lo toca. De igual forma, Presidencia incluye un apartado en el que se habla de la necesidad de reformular el combate a las drogas, al afirmar que la estrategia prohibicionista es insostenible. En cambio, el plan de Hacienda —que debería aterrizar ese abordaje tan relevante— no lo incluye siquiera. Lo mismo ocurre con los mecanismos de participación como la consulta o la revocación de mandato, que en el documento de Hacienda brillan por su ausencia. ¿A qué plan debemos remitirnos?

El plan breve señala que en 2024 la economía estará creciendo al 6%, mientras el documento más extenso no llega a establecer una meta específica; en el primero se dice que para 2024 los salarios en 2014 habrán logrado una recuperación “al menos del 20 por ciento del poder adquisitivo”, mientras en el segundo tan sólo se llega a decir que los aumentos se llevarán a cabo de forma “gradual y responsable”, sin comprometer una cifra.

He escuchado a militantes de la 4T con quienes suelo tener coincidencias decir que esto no es grave porque “de todas formas el PND nunca ha importado”, que hay temas “más relevantes”. Todo eso es cierto, hemos tenido en el pasado planes muy bien escritos y diseñados que después simplemente ocupan un lugar más en la estantería.

Lo grave, en realidad, es que se manda el mensaje de un gobierno con déficit de liderazgo más allá del presidencial, improvisado, sin una visión de conjunto, y donde incluso se compromete la propia seriedad y competencia de esta administración.

@HernanGomezB

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