Unos mexicanos de Julio Verne

Guillermo Sheridan

Leo en la prensa que la editorial RBA distribuye una colección que se llama “Grandes obras de Julio Verne”: cincuenta libros preciosos y ricamente ilustrados que serán asequibles al público mexicano pues irán apareciendo quincenalmente, vendidos en los puestos de periódicos de todo el país para celebrar el centenario del fallecimiento del gran escritor.

Lo celebro: la narrativa de Verne es una de las puertas más acogedoras que hay para los jóvenes hacia lo que Valéry Larbaud llamaba el “vicio impune de la lectura”, el único vicio recomendable, sin crimen y sin castigo. (Aunque supongo que los neokomisarios ya lo habrán hallado culpable de colonización, verticalidad y falocracia.) Leí decenas de sus libros, de muchacho, con sorprendida emoción: viajes por sus geografías inusitadas y sus personajes magníficos pero, también, por el viaje alrededor del cuarto, el viaje inmóvil de encontrarse perdido en un libro.

Me enteré por un comentario de Alfredo Villeda de que el primer volumen es el genial Viaje al centro de la tierra, y que el tomo incluye el formidable relato “Un drama en México”, historia de marinería que Verne inicia en el Pacífico y cuyos personajes se allegan luego a Chilpancingo, a Taxco y finalmente a la Ciudad de México.

Recordé entonces otro relato “mexicano” de Verne, póstumo y aún de disputada autoridad, pues hay quien sostiene que es hechura más de su hijo Michel que de Verne mismo. No es muy famoso. Se titula El Adán eterno y tiene la peculiaridad de iniciar en El Rosario, ese antiguo y muy próspero mineral en Sinaloa. (Yo estuve ahí una vez, siguiendo las huellas del poeta Gilberto Owen.) Verne escogió El Rosario por la riqueza de sus minas de oro, famosas en todo el mundo. A esa fama no tardó en sumarse una leyenda que prestigiaba al pueblo como nada más podría hacerlo, la de haber sido, en tiempos inmemoriales, la mítica Aztlán, cuna del mundo mesoamericano. Esa leyenda, el poder del oro y el hecho de que muchos franceses se establecieran ahí luego de la intervención, llevó a Verne a ubicar su relato en El Rosario.

El Adán eterno comienza con el hallazgo que hace un sabio llamado Sofr-Aï-Sr, miembro de la raza Andart’Iten-Schu y nativo de Basidra, capital del Imperio de los Cuatro Mares. Este sabio, arqueólogo que hurga en lo más remoto y oscuro de su civilización, se ha encontrado con un arcaico documento fechado en el año “2...” (es decir, en el tercer milenio de nosotros, los humanos). Se trata de una crónica escrita por uno de los ocho sobrevivientes del diluvio que acabó con la Tierra miles de años antes.

Pues bien, ese cronista sobreviviente es un empresario francés que vive en El Rosario, Sinaloa. El día del cataclismo final, un 24 de mayo, escribe “había reunido a algunos amigos en mi casa de El Rosario que es —o más bien era— una ciudad de México, en la costa del Pacífico, un poco al sur del Golfo de California. Diez años antes me había instalado allí para dirigir la explotación de una mina de plata de mi propiedad; mis negocios habían progresado extraordinariamente, era un hombre rico, hasta muy rico —¡esta frase me hace reír hoy!— y proyectaba regresar en breve plazo a Francia, mi patria de origen.”

El cronista y sus amigos —todos ellos científicos y humanistas, franceses y mexicanos— son los que sobrevivirán el diluvio final: “¡Las montañas desaparecieron, México había sido devorado y en su lugar sólo había un desierto infinito, el árido desierto del mar!”

Los francomexicanos flotan a la deriva hasta que los rescata un barco inglés que iba de Australia a El Rosario. No tardan en caer en la cuenta de que son los únicos humanos que restan en el planeta. Y claro, son ellos (felizmente en el barco había algunas señoritas) quienes logran impedir la desaparición total de la especie. Aunque casi lo logran: los sobrevivientes encuentran una isla volcánica y horrible en la que desembarcan y en la que, en lucha por la sobrevivencia, se las arreglan para regresar a un estado absoluto de barbarie, un apocalipsis sociocultural que consume lo que les quedaba de civilización.

Lo bueno es que pasados algunos milenios de salvajismo y de algunas adecuadas mutaciones, de la pasta primaria de esos sobrevivientes habrá de emanar la raza a la que pertenece Sofr-Aï-Sr, el arqueólogo que encontró la crónica. Sofr-Aï-Sr cae en la cuenta de que así como los humanos habían sido engendrados por los atlantes, su propia raza súper evolucionada, en la que ya no hay guerras ni hambre ni ignorancia, fue engendrada por aquellos humanos diluviados.

Y bueno, no deja de ser simpático que según el visionario Verne (o, más bien, los Verne) el arquetipal culto de la escatología, la idea de que estamos condenados a la destrucción y después al cíclico recomienzo mejorado, involucrase al compatriotaje.

Claro, Verne no se pronuncia al respecto, ni su personaje arqueólogo del futuro, pero no puede uno dejar de preguntarse quiénes serían los sobrevivientes que causan esa final degradación hacia el salvajismo: ¿los franceses, los ingleses y australianos o… los mexicanos de El Rosario?

Misterio.

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