A buen santo te encomiendas

Guillermo Sheridan

No extraña que mi general Lázaro Cárdenas forme parte, con Juárez y Madero, de la santa trinidad que preside el altar donde AMLO sermonea que aspira a ser “cardenista en lo económico y social”. ¿Es un santo propicio?

Depende de a quién se lea. Cárdenas creó el corporativismo sindical cuyos desfiguros seguimos pagando, fantásticos sultanatos incrustados en una república, presididos vitaliciamente por truhanes insaciables. Son lo peor de su herencia, frente a lo mejor, que fue la hospitalidad a Trotski y a los refugiados españoles.

Los saldos económicos del cardenismo según algunos historiadores (como Albert L. Michaels, de cuyo trabajo La crisis del cardenismo tomo los datos duros) son bastante negativos. Cárdenas prometió —como ahora AMLO— fijar precios de garantía y lograr la autosuficiencia alimentaria. Como su Tata, AMLO creará también un banco amable, pero ¿sabrá, como dijo Luis Cabrera, que ello sólo significó cambiarle de amo a los campesinos, convertirlos en militantes subsidiados y peor, a la larga, acceder al lento desastre de la “reforma agraria”?

La expropiación petrolera encendió el orgullo nacionalista, pero fue origen de problemas serios: no había inversión, se perdía infraestructura, el boicot obligó a vender petróleo a Hitler y a Mussolini. A un mes del decreto, la producción ya había caído en 58%. El sindicato crecía a lo bestia, exigía aumentos imposibles y estallaba huelgas como chinampinas mientras Cárdenas pedía serenidad y paciencia en balde. Si en 1938 hubo ganancias por 15 millones de dólares, en 1939 hubo pérdidas por 21 millones. Si en 1936 los salarios eran el 20% del costo de producción, en 1939 ya eran el 42%...

En 1938, la entrega de los ferrocarriles al sindicato fue peor: se infló la nómina, bajó la eficiencia, cayó la inversión: los trenes se descarrilaban y chocaban como si fuera campeonato, con gran mortandad de compatriotas, mientras el sindicato cometía una hazaña que no avisoró ni Lenin: estallar la huelga contra sí mismo.

El Tata cambió haciendas por cooperativas ejidales que dieron tierras de cultivo a un millón de compatriotas, pero sin irrigación (otros 600 mil ejidatarios no tuvieron ni tierra ni crédito). El Banco de Crédito Ejidal financió a 234 mil ejidatarios, pero dejó a un millón en manos de prestamistas usureros (muchas veces generales como Dámaso Cárdenas, el hermano millonetas del Tata). El Banco dictaba salarios, regulaba cosechas y pagaba menos, mal y tarde al campesinado que comenzó a abandonar las cooperativas, a migrar a las ciudades y al sinarquismo...

El sueño agrarista despertó temprano. Las “fuerzas vivas” declaran que la expropiación en La Laguna fue una “gran victoria proletaria”, pero la cosecha de algodón bajó de 36 mil toneladas en 1936 a 28 mil en 1938. En Yucatán lo mismo: las 102 mil toneladas de henequén de 1936 bajan a 57 mil en 1938.

La producción de maíz sucumbió tanto que hubo que importarlo de Argentina. Los ingenios expropiados se trabaron en guerras sindicalistas tan monas que en 1940 ya había que importar azúcar. Otras querellas intersindicales arrasaron con la producción de cárnicos, plátano y arroz. Y así hasta que el Tata comenzó a regresarle las tierras a los antiguos dueños…

Los sindicatos lograban aumentos, ergo aumentaban los precios, ergo caía el consumo, ergo la producción, ergo la inversión. Un buen círculo vicioso. En 1938 “la mayor parte de los índices económicos ilustraban un estado catastrófico”, dice Michaels. Hasta 1938 estable en 3.6 por dolar, el peso cayó en 50%. La inversión extranjera bajó de 559 millones de dólares en 1938 a 480 en 1940, y las reservas de 51 millones de dólares bajaron a 31.

El gran resumen es que el costo de la vida subió 100% de 1935 a 1939. Cárdenas le echaba la culpa a la sequía y al imperialismo y a la deuda externa. Otros se la echaban al gabinete del Tata, bueno para la corrupción (el Tata la libra, a pesar de lo que dice Almazán). Y la clase media se hartó de que le ordenaran ser “socialista”, y los nuevos revolucionarios millonetas, y la iglesia y aún algunos militares se hartaron...

Y así hasta que Cárdenas destapó democráticamente no a mi general Múgica, sino a mi general Ávila Camacho, y la izquierda unida jamás será vencida se sintió traicionada, etc.

La última razón por la que AMLO se le encomienda quizás sea que al Tata también le daba por los súbitos golpes de timón, no del todo distintos a los que recientemente practica su devoto para sorpresa de las derechas y maromas de las izquierdas…

 

@gmosheridan

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