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Antonio Ortuño: Premio Ribera del Duero

14/08/2018
01:53
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Con La vaga ambición, cuyas virtudes, aparte de la fina escritura, van de lo trágico y desgarrador al humor más ácido e impío que un escritor pueda generar, Antonio Ortuño consiguió el V Premio Ribera del Duero, otorgado por un jurado de lujo, nada menos que Almudena Grandes, Juan Bonilla y Sara Mesa. El libro ha sido publicado por la editorial Páginas de espuma, en Madrid, España, en mayo de 2017, y consta de seis cuentos de los que realmente, si usted es de esos lectores de criterios extremos, le costará elegir el mejor. Quiero decir el más intenso y revelador; porque desde el primero, “Un trago de aceite”, se topará con que el arte de contar lo íntimo genera atmósferas fascinantes que no se le dan a cualquiera. Y no le adelanto lo que experimentará cuando esté en “La batalla de Hastings”, que es el último de un libro que no querrá cerrar. Qué bueno que tiene usted una mejor amistad a quien llamar en ese momento. Márquele, sin pena.

Antonio Ortuño, que nació en Zapopan, Jalisco, México, en 1976, es uno de los narradores con vida: quiero decir que se habla de sus libros, de sus declaraciones, de su forma de vestir y escribir, y con mis allegados tratamos de su estilo, de su agudeza, de su control de los espacios y de los niveles emocionales que logra. Es una narrador agresivo que en sus cuentos no da cuartel al lector. Sabe cómo tocar las fibras más sensibles y lo practica. En La vaga ambición, la construcción de los relatos es perfecta. Su narrador, Arturo Murray, construye un mundo que a cada momento se cae a pedazos. Es un libro, uno de los pocos que conozco, que gira alrededor de momentos específicos en la vida de un narrador que no es novela. Cada relato es una parte cardiaca de la vida de un escritor funambulista que jamás las tiene todas consigo. Lo suyo es tambalearse y resulta inevitable que se perciba como un nacido para perder aunque no lo sea. Se trata de un autor que vive en su propio cuerpo todas las vicisitudes del oficio. Desde los 15 minutos de fama que Andy Wharhol pregonaba, hasta el fracaso y la incomprensión de ese sector abyecto que está allí y que, por lo que veo, jamás desaparecerá de nuestras vidas. Maldita vida tan dispareja. ¡Leonor! Tráeme un whiskey triple para ponerme igual que Murray, aunque no sea jueves.

En el primer cuento y en “El caballero de los espejos”, que es el segundo, Ortuño maneja personajes niños. El primero quita el aliento, pero en el siguiente la respiración se agita y es imposible perdonar a Carlos, un idiota redomado de esos que sólo roban oxígeno en el mundo. Seguro usted conoce varios y lo entiendo: aunque uno sea buena gente lo más sano es desearles lo peor. El tercer cuento es una descripción de lo que pasa en la vida de un escritor y los riesgos que muchas veces se ve obligado a correr para llevar, como diría Xavier Velasco, la chuleta a casa. Es tremendo y una advertencia sobre ciertas tentaciones del oficio. “Provocación repugnante” es un texto extraño, la variante en el contexto creado por Ortuño con los seis relatos; sin embargo, considero que realza la belleza del conjunto; sobre todo que expresa un doble punto de quiebre en los personajes, que aunque están preparándose para desaparecer de un mundo que detestan, su sino será estar siempre presentes. “El príncipe con mil enemigos” es sencillamente fascinante. ¿Le gustan las canciones de El Pájaro Cu? A mí tampoco. Y no vayan a pensar que es sólo un asunto de escritores y la extenuante promoción de los libros recién publicados. Si usted no ha tenido la mala suerte de encontrarse con personas en puestos que no deberían ocupar, dé gracias al creador.

“Leemos para que se inflame una antorcha”, revela Ortuño en el último texto del libro, y usted sentirá como que las palabras tienen cuerpo y las puede abrazar. Cada línea le dará razones para querer la vida, para descubrir qué es lo suyo y aparecerán frente a usted las puertas de la felicidad. Usted sabe, se entra. Proyecta un evidente homenaje a Vargas Llosa que comparto completamente. Hay ciertas frases que me gustan: “Envejecer también es una muerte violenta”, algo que si no nos ponemos listos nos podría hacer víctimas cotidianas; “de la emulación nace la narrativa”, que es una excelente manera de explicar los contrapuntos, y otras más, que seguramente usted descubrirá en cuanto se deje atrapar por la lectura. Ya me contarán.

Elmer Mendoza. Escritor, Culiacán, Sinaloa. Estudió Letras Hispánica (UNAM). Imparte literatura, creación literaria, programas y conferencias para fomentar hábito de la lectura.