El silencio de los corderos: 30 años

César Güemes

Un enorme conocedor de pintura, música, historia y arquitectura, como base. Un médico especializado en el área de la psiquiatría con todos los reconocimientos posibles. Un sujeto que con muy buen ánimo auxilia a quien se lo pide para recuperar la salud y el norte de un camino perdido.

Un hombre de respeto, bienhechor de la humanidad quien —ah, caprichosos dioses del Olimpo— no es perfecto porque también es capaz de echar mano de sus conocimientos para acabar con la vida de seres muy cuestionables, que ha estudiado cocina en forma y alguna que otra tarde deja libre cierta área de su espíritu para merendarse piezas selectas de seres humanos.

Un caníbal a quien no puede dejar de admirarse. Y justamente esa característica, la admiración que despierta en quien lo conoce o sabe de su existencia es la que lo convierte —sólo para muy contadas personas— en uno de los seres más peligrosos que hayan poblado la literatura contemporánea.

Hace exactamente 30 años, Hannibal Lecter, de nombre, en su segunda aparición, logró en un muy intrincado lance varios de sus propósitos: quedar libre por mano propia, hacer justicia a su peculiar modo sobre quienes habían lastimado a seres que mucho apreciaba, colaborar con cuidada astucia para el salvamento de una vida inocente y el castigo para su inminente asesino, y curar, luego de años y años de sufrimiento interno por demás atroz, a quien sería una de sus pacientes casuales, Clarice Starling —agente novata del FBI en la Unidad de Ciencias de la Conducta—, paradójicamente encargada de enfrentar al doctor Lecter con toda la fuerza de la ley que representa.

El silencio de los corderos, también traducida como El silencio de los inocentes, fue la tercera obra del narrador estadounidense Thomas Harris (ante cuyo solo nombre han de llevarse a cabo todos los honores de ordenanza), precedida por Domingo negro y El dragón rojo, y a la cual siguieron Hannibal en 1999 y Hannibal: el origen del mal, en 2006, con lo cual no sólo se cerró hasta ahora la aparición de nuestro doctor (salvo en Domingo negro cuya temática es ajena) sino el ejercicio mismo de la escritura por parte del novelista, quien se encuentra en el retiro luego de dinamitar con cargas de profundidad toda la novelística de terror psicológico, procedimiento policial y narrativa simbolista que le antecedió.

A sus ya celebrables 78 años, el creador tanto de Lecter como de ahí sí un psicópata desatado de sobrenombre Búfalo Bill, ha sido muy discreto con la prensa. Sabemos que para documentar a Bill pasó largo tiempo en los archivos correspondientes de asesinos en serie, en particular sobre el caso de Ed Gein (1906-1984) y que Hannibal Lecter es producto de su talento, si bien no han faltado especulaciones que lo relacionan con médicos diversos.

Consultado un discreto neuropsiquiatra para esta columna, se refrenda la hipótesis: en el mundo real es casi imposible la existencia de alguien como Lecter porque su estabilidad, empatía y altísima cultura se oponen a sus pasos dentro del crimen y desde luego al canibalismo gourmet.

El silencio de los corderos, a sus 30 años, no pudo ser superada ni siquiera por el mismo Thomas Harris. Y, en cambio, sus personajes se volvieron de conocimiento mundial vía el cine en 1991, en la cinta dirigida por Jonathan Demme, con el extraordinario monstruo de la actuación Anthony Hopkins, la adorable Jodie Foster y con Ted Levine, quien bordó el papel del repulsivo Búfalo Bill.

Pese a su existencia casi quimérica, Lecter es, existe, y una breve charla con Clarice basta para ejemplificar el razonamiento de su vida:

“—A mí no me ha sucedido nada, oficial Starling. Yo fui quien sucedió. Usted no puede reducirme a una serie de influencias. Usted ha renunciado al bien y al mal en aras del conductismo (…) ¿Se atreve a decir que soy perverso?

“—Yo pienso que ha sido destructivo. Para mí es la misma cosa.

“—¿La perversidad es destructiva? En ese caso, las tormentas son perversas, si la cosa es tan simple. Yo reúno información sobre derrumbes de iglesias, por recreación. ¿Vio el que acaba de suceder en Sicilia? ¡Maravilloso! La fachada se desplomó sobre 65 abuelas, reunidas para una misa especial. ¿Eso fue perverso? Si lo es, ¿quién lo hizo? Está allá arriba… ¡Y le encanta, oficial Starling! La tifoidea y los cisnes… Todo viene del mismo lugar”.

Se ha hecho célebre uno de los platos de Lecter: hígado maridado con un chianti. En su homenaje, preparemos cebolla caramelizada —se cortan dos en rodajas y a fuego medio bajo van al sartén durante 15 minutos— y friamos filetes de hígado (res o ternera), salpimentados y pasados por abundante harina. La crocancia de la víscera, alta en hierro por cierto, y la dulce suavidad natural de la cebolla son dignas de un Petit Verdot, con 12 meses en barrica, que ha de ser de nuestro Valle de Guadalupe.

La clave de toda la obra cuyo aniversario 30 conmemoramos es el “Quid pro quo, Clarice”, que emplea como técnica de entrevista médica Lecter. Esperemos que el platillo sea de provecho, querido lector: quid pro quo.

 

@cesarguemes

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