La cumbre inter-coreana

Carlos Heredia Zubieta

Poner fin a la guerra intercoreana, tanto formalmente como en los hechos, no sería un resultado trivial

Dos mujeres ancianas se abrazan emocionadas y rompen en un llanto largo, tierno y conmovedor. Separadas por la guerra, habían dejado de verse por más de cincuenta años. En 2004 se encontraron la señora Kang Han-ok, madre de Moon Jae-in, actual presidente de Corea del Sur, y la tía del mandatario. En aquel momento Moon Yong-hyung, el padre del hoy mandatario, se emocionó muchísimo ante la perspectiva de regresar algún día a su ciudad natal en el Norte, pero no le alcanzó la vida para cumplir su sueño.

Los encuentros esporádicos y fugaces entre familiares del norte y el sur de la península son apenas un reflejo tenue de la esperanza de millones de vecinos enemistados: la unificación de la península coreana.

La historia familiar del presidente Moon y su notable trayectoria como activista estudiantil y como abogado de derechos humanos le otorga una gran legitimidad en la búsqueda del mayor logro para su país en muchas décadas: la paz.

Hoy viernes 27 de abril de 2018 se está llevando a cabo la cumbre intercoreana entre el presidente Moon y el comandante Kim Jong-un, líder de Corea del Norte. La sede es la Casa de la Paz, ubicada en Panmujon, en el paralelo 38, en la llamada Zona Desmilitarizada (DMZ por sus siglas en inglés), descrita por el ex presidente Bill Clinton como ‘el lugar más aterrador de la Tierra’.

La agenda consiste de tres puntos: 1) desnuclearización de la península; 2) establecimiento de la paz, y 3) impulso a las relaciones inter-coreanas.

Hace un año tuve la oportunidad de visitar Panmunjon. A la llegada me instalé en la perplejidad: nuestro anfitrión no era coreano del norte o del sur, sino un soldado texano que nos hizo llenar un formato por el cual exonerábamos a las fuerzas armadas de Estados Unidos de cualquier responsabilidad si resultábamos heridos o si perdíamos la vida, dado que nos encontrábamos en una zona beligerante.

En efecto, sólo está en vigor un frágil armisticio, sin que exista un tratado de paz entre los dos países.

Las dos Coreas están separadas además por un abismo entre sus niveles de riqueza. La República de Corea, en el sur, tiene 51 millones de habitantes y un Producto Interno Bruto de mil 404 billones de dólares, mientras que la República Popular Democrática de Corea, en el norte, con una población de 25 millones de habitantes, apenas registra un PIB 42 veces menor.

El líder Kim ha anunciado la suspensión de su programa nuclear. En mayo será anfitrión del presidente Donald Trump —quien pasó de llamarlo ‘el pequeño hombre cohete’ a describirlo como ‘un hombre honorable’— y mantendrá su posición beligerante hasta contar con garantías de que su país no será atacado y que en cambio recibirá apoyos multimillonarios para su desarrollo económico.

Este país ermitaño ha logrado ser interlocutor de Washington, Beijing, Tokio y Seúl con una estrategia que tiene como propósito prioritario la sobrevivencia de un régimen dinástico que se extiende ya por tres generaciones, desde que su abuelo Kim Il-sung tomó el poder en 1948.

En el preludio a esta cumbre, del 9 al 25 de febrero se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos de Invierno en PyeongChang, Corea del Sur, en que las dos Coreas presentaron un equipo unificado de hockey sobre hielo femenil. Dos mexicanos portaron la antorcha: nuestro embajador, Bruno Figueroa Fischer, avezado diplomático experto en cooperación internacional para el desarrollo, y Christian Burgos, un joven de 25 años de edad que se ha convertido una celebridad de la televisión coreana dando su visión de la cultura coreana y de temas mexicanos con un toque de humor.

Poner fin a la guerra intercoreana, tanto formalmente como en los hechos, no sería un resultado trivial. Hagamos votos porque el abrazo de las dos ancianas resulte premonitorio de una paz verdadera para todo el pueblo coreano.

 

Profesor asociado en el CIDE.
@ Carlos_Tampico

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