¿Qué mató a Adolfo Lagos?

Alejandro Hope

El pasado domingo, en la carretera federal Pirámides-Tulancingo, fue asesinado a tiros Adolfo Lagos, un alto funcionario de Televisa.
¿Quién lo mató? Al parecer, un escolta al tratar de protegerlo de un asaltante.
¿Qué lo mató? Muchas cosas.
 
Lo mató la indiferencia ante la violencia, el desprecio a las casi tres mil víctimas de homicidio que acumula cada año el Estado de México y a las casi treinta mil que suma el país en su conjunto, la manía de suponer que si alguien muere es porque en algo malo anda, y la inacción que todo lo anterior genera.
 
Lo mató la pobre capacidad del aparato de seguridad y justicia para investigar homicidios, el estado desastroso de las policías ministeriales, la falta de inversión en servicios periciales, la certeza de que matar casi nunca cuesta algo más que la bala.
 
Lo mató la negligencia ante los demasiados reportes de robo en las carreteras, la falta de atención al peligro que significa circular en los linderos de la Ciudad de México, la pobre reacción ante los atracos a transportistas y pasajeros.
 
Lo mató ese monstruo llamado Estado de México, ese espacio donde es habitual ser asaltado dos o tres o cuatro veces al mes, donde la gente carga con dos celulares para que, con suerte, sólo le roben el más chafita, donde la tasa de victimización es el doble de la tasa nacional.
 
Lo mató la dificultad para presentar una denuncia, la carrera de obstáculos que significa reportar un delito, la locura persistente de querer presentar números ficticios, y la ceguera con la que operan las instituciones del Estado a falta de información.
 
Lo mató el abandono de la Policía Federal, su falta de crecimiento desde hace cinco años, sus limitaciones presupuestales para todo lo que no sea la Gendarmería y, en consecuencia, su incapacidad para garantizar la seguridad en caminos y carreteras, aún en aquellos que están a minutos de la capital de la República.
 
Lo mató el desamparo de nuestras periferias urbanas, la debilidad del capital social en franjas enormes de nuestras ciudades interminables, el crecimiento poblacional desordenado que hace imposible la provisión adecuada de bienes públicos, incluyendo a la seguridad, incluyendo a la policía.
 
Lo mató ese esperpento llamado Sistema Nacional de Seguridad Pública, toda esa maquinaria de incentivos torcidos, todo ese engranaje que le permite al municipio desentenderse de todo y al estado salirse de la jugada y a la Federación decir que ellos coadyuvan, pero no asumen culpa ni carga, todo ese andamiaje que hace de la seguridad responsabilidad de todos y responsabilidad de nadie.
 
Lo mató el silencio de los medios ante barbaridades cotidianas, los bostezos que se escuchan en demasiadas redacciones cuando se habla de violencia de a pie, de violencia sin espectáculo, sin teatralidad, con víctimas individuales, con muertos solitarios.
 
Lo mató lo que no se ha hecho, lo que no se ha reformado, lo que se ha dejado pudrir, en el laberinto del Ejecutivo, en los corredores del Congreso, en las tuberías del Poder Judicial, las iniciativas de ley en la congeladora, las transformaciones inconclusas, los cambios a medias.
 
Lo mató la normalización de la violencia, la falta de indignación social ante hechos intolerables, nuestra limitada capacidad para reaccionar ante la incompetencia y la corrupción, nuestros dotes infinitos para olvidar los escándalos pasados a la luz de los escándalos presentes.
 
Lo mató, a final de cuentas, lo que nos está matando a todos: la irresponsabilidad, la estulticia, la indiferencia, el abandono y la impunidad. 
 
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