La feria de las culpas

Alejandro Hope

José Antonio Meade acusa a los gobiernos estatales del PAN y del PRD del incremento reciente de la violencia. Ricardo Anaya revira y afirma que la culpa es del gobierno federal priísta. El candidato del PRI dirige entonces sus baterías en contra de Andrés Manuel López Obrador y afirma que los delitos de alto impacto crecieron durante su paso (el de AMLO) por el gobierno de la Ciudad de México. El abanderado de Morena responde el golpe, acusando a los gobiernos del PAN y del PRI de llevar al país a un estado de guerra.

Estamos, señoras y señores, en la temporada de las cachetadas. En la feria de las culpas, cuando la estrategia obliga a apuntar el dedo flamígero hacia los rivales, cuando la responsabilidad propia se olvida y la de los contrarios se presenta en luminosa marquesina.

Y se vale. Una campaña electoral no es un seminario académico, donde se discuten los finos matices de una realidad compleja. Tampoco es una terapia de rehabilitación, donde hay que aceptar las responsabilidades propias en sesiones catárticas.

Es una disputa donde los números son piedras y las palabras son cuchillos, donde el objetivo es convencer a los votantes de que el otro es peor que uno. Esa es la tarea de los políticos en campaña.

Pero una cosa son las estrategias de campaña y otra cosa es la realidad. En lo referente a los temas de esta columna, hay tres hechos ineludibles:

1. La responsabilidad por la (in)seguridad es compartida. Así se establece desde la Constitución misma, la cual describe a la seguridad pública como “una función a cargo de la Federación, las entidades federativas y los municipios”. Es decir, como no hay partido sin un tramo de gobierno, no hay partido sin un grado de responsabilidad por lo que sucede. Pero, además, todos los partidos cargan con algo de culpa por lo que no se ha reformado en el Congreso de la Unión o en las legislaturas de los estados. No todos cargan con el mismo peso y que algunos (los que están en el gobierno federal) traen más piedras en la mochila. Pero nadie se salva por entero.

2. No hay una comprensión plena sobre la dinámica de la violencia y la inseguridad. Ni en la academia ni en la sociedad civil ni en los medios ni en el gobierno. Hay mucho de intuición, algo de teoría y (relativamente) poca evidencia. No podemos explicar con precisión por qué los homicidios (o los secuestros o las extorsiones) suben o bajan en un momento o en un lugar específico. Hay, por supuesto, causas estructurales como la impunidad y la desigualdad, pero no está claro por qué detonan más violencia en algunas circunstancias que en otras. En consecuencia, no es fácil ni obvio saber qué decisiones de política pública, tomadas en coyunturas específicas, han producido un incremento del número de asesinatos. Además, es al menos posible que haya muchos otros factores (demográficos, económicos, sociales, etc.), no sujetos al control de los gobiernos, que detonen violencia. En resumen, la cosa es complicada y los vínculos causales no son obvios.

3. El problema de la violencia en México es endémico y tiene muchas caras. No se resuelve de un día para otro. No es cosa de un sexenio ni tarea de un solo gobierno. Va a tomar mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho dinero construir condiciones aceptables de seguridad. Y se van a acumular muchos errores y pasos en falso en el camino. No hay como evitarlo.

En resumen, los políticos seguirán con su festival de acusaciones cruzadas. Ese es su papel. El nuestro, el de los votantes, es exigirles a todos que asuman la responsabilidad que les corresponde y que traten el tema con la seriedad que merece. Este, para bien o para mal, es un problema de todos.
 

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