El (probable) fin de la Gendarmería

Alejandro Hope

Esta semana, la Gendarmería de la Policía Federal cumplió tres años y fue celebrada por todo lo alto por sus mandos. No sin razones: tiene logros, tiene avances. Pero el optimismo oficial no puede esconder un hecho obvio: la Gendarmería no tiene el futuro asegurado. Es más, el escenario más probable es que desaparezca con el cambio de gobierno.

¿Por qué? Por cuatro razones:

1. La creación de la Gendarmería respondió a un imperativo político, no a un diseño estratégico. Ese cuerpo no se parece nada a lo prometido por el entonces candidato Enrique Peña Nieto en abril de 2012. La gendarmería anunciada iba a ser una corporación distinta de la Policía Federal (PF), integrada por 40 mil elementos militares, pero bajo mando civil. Todavía en los meses iniciales de la actual administración, ese era el plan. Incluso, se anunció públicamente que los primeros diez mil elementos (8 mil 500 del Ejército y mil 500 de la Marina) entrarían en operación a finales de 2013. Cuando ese proyecto se colapsó, por resistencia de las Fuerzas Armadas y restricciones presupuestales, se optó por crear una división dentro de la PF, llamada Gendarmería, para no dejar volando una promesa presidencial. Ese origen político hace al proyecto muy frágil ante el cambio de gobierno.

2. La Gendarmería se ha desarrollado a expensas del resto de la PF. En 2013, según datos oficiales, la PF tenía 36 mil 442 elementos. En 2016, dos años después de la creación de la Gendarmería, tenía 37 mil 871 integrantes. Si la Gendarmería cuenta con 5 mil elementos, eso significa que quedaban en el resto de las divisiones 32 mil 781 miembros. Eso equivale a una disminución de 10% en tres años. Algo similar sucede con el presupuesto de la PF: no crece en términos reales entre 2013 y 2016, pero se debe dividir entre siete divisiones, no entre seis. Por definición, ese trato de privilegio genera enemigos internos, los cuales se van a hacer presentes cuando la Gendarmería pierda su estructura de protección política.

3. La Gendarmería es una división con mandato impreciso. Primero se tomó la decisión de crearla y luego se le asignaron objetivos. La idea de que existe para proteger ciclos productivos es extraña por dos razones: a) en principio, proteger el patrimonio y la libertad de trabajo de los ciudadanos debería de ser tarea de la PF entera, y b) nadie mencionó esa misión en los meses de creación de la Gendarmería. En 2013, el secretario Miguel Ángel Osorio Chong dijo que la Gendarmería iría a “temas específicos: frontera, municipios rurales, en apoyo a las fuerzas estatales y, por supuesto, los puertos y los aeropuertos”. Nadie dijo nada sobre ciclos económicos hasta el momento del lanzamiento de la división. Eso sugiere que fue, desde el arranque, un cuerpo en busca de misión. Y el despliegue posterior, en lugares tan dispares como Valle de Bravo y Nochixtlán apunta a que el problema no se ha resuelto. Eso la hace vulnerable a una posible reestructuración en el próximo gobierno.

4. En los hechos, las Fuerzas Armadas están creando una gendarmería propia ¿A qué me refiero? A las unidades de policía militar y policía naval. No se dicen gendarmería ni forman un cuerpo distinto al Ejército y la Marina, pero son la simiente de un cuerpo intermedio permanente, a la manera de los Carabineros chilenos o la Guardia Civil española. En la medida en que ese proyecto avance, la Gendarmería va a tener cada vez menos justificación.

En resumen, la Gendarmería tiene un pecado de origen: nació como ocurrencia de un grupo político específico. Si ese grupo pierde el poder, la Gendarmería va a pasar a mejor vida.

Moraleja: los proyectos estrictamente sexenales tienden a morir con los sexenios.
 

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