Cómo no atender el narcomenudeo

Alejandro Hope

El narcomenudeo se ha vuelto tema central de la agenda pública. Desde la balacera reciente en la UNAM, ha crecido la presión a las autoridades para que hagan algo, lo que sea, por absurdo o impráctico o inviable que resulte. Y la búsqueda de ese algo puede llevar a algo muy malo. Es muy fácil meter la pata en este asunto ¿Cómo? Van diez maneras:

1. Tratar al narcomenudeo como si fuera un fenómeno indiferenciado, amorfo, como si no importaran las circunstancias de modo, tiempo y lugar, como si fuera irrelevante qué, cómo, cuándo y dónde se vende.

2. Hacer caso a cifras locas, sacadas de sabrá Dios dónde, como aquella reciente que afirmaba que existen 20 mil “narcotienditas” en la Ciudad de México, dato obtenido de algún censo misterioso o de alguna estimación realizada con métodos desconocidos, pero que obtiene carta de naturalización porque se le atribuye a “fuentes oficiales” o, mejor aún, “fuentes de inteligencia”.

3. Suponer que la venta ilegal de drogas es el espejo ilícito de la economía legal, que aplican las mismas reglas y que estamos ante una especie de supermercado del crimen, y no ante un sector marginal, atravesado por múltiples ineficiencias por el simple hecho de su ilegalidad.

4. Asumir que hay alguna o algunas estructuras verticales, llamadas cárteles o narco (así en genérico), que controlan todo el tinglado, que capturan todas las rentas, que son los titiriteros detrás de la venta callejera, en vez de ecosistemas complejos donde se mezclan bandas grandes con gavillas de barrio y vendedores independientes.

5. Creer que el narcomenudeo es asunto de millones de pesos, del glamour de la vida narca, del acceso al lujo, y no una actividad que deja dinero de supervivencia para la mayoría de los participantes, muchos de los cuales están en el mercado para complementar otros ingresos, no para vivir del negocio.

6. Pensar que todo mercado ilícito es necesariamente violento, que los vendedores de droga no tienen más remedio que recurrir al fierro cuando surge alguna disputa, que no hay arreglos informales que contienen o reprimen o administran los conflictos.

7. Considerar que no hay más respuesta al narcomenudeo que la represión, que el asunto se resuelve con redadas, con detenciones masivas, con operativos que parecen ocupación militar, con penas duras y prisiones llenas de pequeños vendedores.

8. Argumentar que no hay más salida que la legalización de todas las drogas, que lo que se hace o se debe hacer con la marihuana es aplicable al resto de las sustancias, que todo es un tema de leyes del mercado y que no cuenta el contexto social, histórico e institucional a la hora de regular drogas legales e ilegales.

9. Imaginar que el problema central son las drogas en sí mismas, no el desorden y la violencia que pueden generar, en ciertas circunstancias y en ciertos momentos y en ciertos lugares, los mercados ilegales.

10. Creer que estamos condenados, que no hay nada que hacer con las instituciones que tenemos, que no se pueden diseñar intervenciones creativas para reducir el desorden y el conflicto, que no hay nada entre el abandono total y la represión ciega.

En resumen, el tema del narcomenudeo no es fácil y las respuestas no son obvias, pero hay salidas posibles y respuestas creativas. Hay que echarle coco e imaginación al asunto. Y eso, por ahora, ha estado escaso.
 

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