Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

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Miguel Ángel Garnica

Las flores artificiales han sido parte de una tradición universal a lo largo de los siglos, en los que se han ido perfeccionando no sólo en sus materiales, sino también en sus técnicas y formas de reproducción.

Su gusto en América fue adquirido tras los periodos coloniales ya que muchas órdenes religiosas las utilizaban como parte de sus atuendos y para los aristócratas era un símbolo de estatus social; motivo por el cual se fueron estableciendo a lo largo del continente fábricas y talleres especializados; sin embargo, son contados aquellos que han logrado sobrevivir hasta nuestros días.

Quizás hoy no nos parezca sorprendente su existencia, es más, están tan inmersas en nuestra cotidianidad que pasan desapercibidas; pero su llegada causó revuelo por su semejanza con las flores verdaderas, entre una sociedad que estaba acostumbrada a la ornamentación con flores naturales.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Una novia con flores artificiales de Pucheu.

A un costado de la Catedral Metropolitana se encontraba el Mercado de Flores, y sobre la acera se extendían llamativos y coloridos puestos y entre los pasillos se respiraba una especie de popurrí de aromas. En una realidad así, en la que de repente aparecieron establecimientos comerciales con flores que no se marchitaban y que tenían diferentes texturas, las flores artificiales significaron un gran avance industrial, donde el humano poco a poco estaba encontrando la forma de imitar a la naturaleza.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

La actividad comercial en el antiguo Mercado de las Flores captada por el fotógrafo Charles B. Waite en 1904. Unos años después, el kiosco fue retirado y algunos vendedores ocuparon la Plaza de la Santa Veracruz, en la Avenida Hidalgo, donde se ubicó un nuevo mercado. La toma fue realizada desde la calle del Empedradillo, hoy Monte de Piedad, hacia la calle de las Escalerillas, actual República de Guatemala. Colección Villasana - Torres / Library of Congress.

Hace ocho años, la Fábrica de Plantas, Flores y Azahares Artificiales E. Pucheu, inaugurada en la Ciudad de México a mediados del siglo XIX cerró sus puertas, pero los descendientes de la familia Pucheu siguen en el oficio que les dio fama a nivel internacional.

De acuerdo con las guías comerciales “Blue Book of Mexico” y la “Guía General Descriptiva de la República Mexicana”, en 1903 existían tres casas dedicadas a la fabricación de este tipo de flores en la capital: Ducasse y Sucesores, A. Gassuad y Tenconi y Compañía, ubicadas en el Centro.

La primera en establecerse en el país fue la “Ducasse y Sucesores”, fundada por un francés de apellido Ducasse a mediados del siglo XIX, cuya sede se encontrada en la calle de Empedradillo, a un costado de la Catedral Metropolitana. El señor Ducasse había sido parte de la ola de migración de españoles, franceses e italianos que encontraron en México una oportunidad de crear sus negocios con oficios que habían sido parte de la vida comercial europea por muchos años, en este caso, el de las flores artesanales.

Estos grupos de migrantes se apoyaban unos a otros cuando se enteraban que llegaban más “paisanos” o invitaban a migrar a sus propios familiares; lo cual era una oportunidad para que las empresas crecieran ya que tenían a trabajadores especializados -los oficios eran conocidos en sus países de origen-. Así, al existir grupos de diferentes países habitando en la nación, nuestras tradiciones, costumbres o aficiones se empezaron a mezclar y se originaron nuevas formas de comportamiento, de gustos artísticos o de consumo, cuyo éxito se reflejó en el Porfiriato.

Hacia el siglo XX, Ducasse mudó su fábrica de la calle de Empedradillo a la actual República de Uruguay 90 y fue justo en esa época cuando conoció a la joven pareja integrada por Etienne Pucheu y Judith Deschamps -él francés y ella inglesa-, que ya tenían tiempo viviendo en San Francisco, Estados Unidos.

Ducasse primero los convirtó en socios, pero entre 1890 y 1905, Ducasse decidió ceder totalmente la empresa a los Pucheu, quienes se convirtieron en propietarios del negocio y cambiaron su nombre a Fábrica de Plantas, Flores y Azahares Artificiales E. Pucheu, que sobrevivió tal cual hasta 2010.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Logotipo de la Fábrica de Plantas, Flores y Azahares Artificales E. Pucheu.  Archivo de la Fábrica de Flores E. P.

La cesión no pudo ser mejor, recordemos que en el Porfiriato todo lo que fuese francés era sinónimo de “calidad y buen gusto” y para las empresas cuyos dueños eran de esta nacionalidad las puertas gubernamentales y de la aristocracia se abrieron de par en par. Teniendo esto a su favor, el matrimonio se dedicó a desarrollar y patentar maquinaria que permitiera que los procesos de producción de flores fueran de máxima calidad, logrando consolidarse como la más importante de la capital al mismo tiempo que ganaron la exclusividad para importar los materiales -principalmente anilinas- para la creación de flores en el país, así como una de las exportadoras especializadas de flores artificiales más famosas del mundo.

Una medida que la familia decidió tomar para que el negocio prosperara, fue contratar a todo tipo de trabajadores, es decir: no dar preferencia a nadie por su nacionalidad. En sus talleres había gente de todas las edades y estratos sociales, que eran motivados a compartir sus conocimientos sobre las tareas específicas que realizaban en los diferentes procesos de producción de flores. De acuerdo a documentos de la fábrica que ha encontrado Adriana Pucheu, la planta laboral llegaba a las 80 personas, en los que unos trabajaban en las oficinas y otros en sus casas -el famoso “ home office ” que tanto sucede en nuestra cotidianidad-.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Así lucía el “laboratorio” de la fábrica. Archivo de la Fábrica de Flores E. P.

Lo cierto es que la mayoría de sus trabajadores eran mujeres y teniendo en cuenta que a inicios del siglo XX no estaba regulado el trabajo infantil, las niñas llegaban a la edad de 12 y existía la posibilidad de que vivieran toda su vida trabajando para la fábrica, primero como aprendices de las tareas más sencillas hasta convertirse en especialistas de pintura, costura, montaje, entre otras.

Etienne se dedicaba a viajar por todo el país para levantar pedidos, que iba enviando a su esposa para que se fueran “trabajando”; entre los pedidos destacaron los arreglos florales para eventos sociales aristocráticos, ornamentación de sombreros, zapatos, bolsas, sombrillas y, en ocasiones, algunos hombres adornaban con ellas las solapas de sus sacos y, por supuesto, los eventos conmemorativos del Centenario de la Independencia, cuando la fábrica fue una de las encargadas de decorar edificios gubernamentales y carros alegóricos.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Una toma del antiguo Portal de Mercaderes y la calle del Empedradillo desde el antiguo Palacio del Ayuntamiento alrededor de 1904; sobre esta calle se encontraba la Fábrica de Plantas, Flores y Azahares Artificiales E. Pucheu. Colección Villasana - Torres. 

En 1920, Enrique Pucheu -hijo del matrimonio- tomó las riendas del negocio familiar y decidió trasladar la fábrica la calle de San Antonio Abad 30, al mismo tiempo que abrió una pequeña tienda para venta de productos en Bolívar. Aún con estos cambios, Enrique pensó que el negocio necesitaría más espacio, dando inicio a la construcción de una nueva fábrica en la calle 5 de febrero, número 211 que fungió como sede de la empresa hasta el 2010 y que hace un par de años aún portaba el anuncio con el nombre de la fábrica.

Estaba diseñado de acuerdo a la actividad productiva que se realizaría en su interior y también por el número de trabajadores, para no poner en peligro a los trabajadores o los materiales y tampoco entorpecer las fases de producción, que eran seis: preparación del material, corte, teñido, gofrado, montura y armado del producto final.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Había flores de todo tipo de materiales (textiles, el papel, la cera, la crin de caballo, con porcelana, metales y hasta conchas) y para prepararlos se necesitaba una mezcla de cuidado y fuerza, ya que la mayoría eran muy sensibles y los trabajadores tenían que asegurar su maleabilidad. En la parte del corte se comenzaba a vislumbrar el producto final ya que ahí se le daba la forma florar específica a través de una máquina que ejercía “presión sobre una suerte de suajes con la forma predefinida confiriendo un sonido metálico y rítmico al trabajo”, nos explicó Adriana.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Durante los eventos conmemorativos del Centenario de la Independencia, la fábrica fue una de las encargadas de decorar carros alegóricos.

El color se le adhería al material en el teñido, y podía ser total o parcial. Los colorantes que se utilizaban eran anilinas sintéticas disueltas en alcohol aromático. Esta era la fase más delicada ya que dependiendo de la flor a elaborar, se ocupaban pinceles, brochas, se sumergían en tinas o se imprimía sobre ellos; también eran los responsables de darle texturas para darle mayor similitud a las naturales. Por el extremo cuidado con el que se hacían los procedimientos, el sitio donde se realizaban estos procedimientos al interior de la fábrica era conocido como “el laboratorio”.

Ya listas las piezas, pasaban al gofrado, etapa en la que se unían todos los elementos y las flores iban tomando su cuerpo: “a través de presión tanto en frío como en caliente, se van dando los relieves y el volumen. El gofrado se realiza con moldes y contra-moldes en los que se colocan las formas cortadas y se aplica presión de prensas manuales”. Después pasaban a la montura, donde se armaba la flor de forma individual pétalo por pétalo y se aseguraban las uniones entre los elementos para que quedaran listas para ser utilizadas por los clientes y no se “desbarataran”. El último punto era el armado final, que se refería a que una vez hechas las flores, las trabajadores con mayor experiencia las iban uniendo ya fuera en ramos, azahares, bouquets, entre otros.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

En 1910, en el Centenario de la Independencia, la fábrica de flores artificiales Pucheu también decoró edificios como la cede de la compañía El Buen Tono y la enorme fachada del Centro Mercantil. 

En párrafos anteriores mencionamos que la fábrica de la familia Pucheu se distinguió por tener a trabajadores de todas las nacionalidades, por lo que siempre estuvo abierta a que ellos realizaran flores que no sólo buscaran imitar a las naturales, sino que fueran fruto de su imaginación: realizaban los moldes y si tenía la calidad de los productos, salía a la venta al público.

De acuerdo con Adriana, estas flores, las rosas y las margaritas, eran las más vendidas en el establecimiento desde los reportes de archivo hasta 2010, los costos variaban por el tipo de materiales con las que estaban hechas pero sobre todo, el tamaño; el ramo estándar estaba entre los 100 y los 150 pesos -un ramo de flores naturales va desde los 20 hasta los 100 pesos, claro que éstas duran un par de semanas y las artificiales, con los cuidados necesarios, pueden durar años-.

Las flores producidas por la fábrica de los Pucheu eran parte de la vida cotidiana de la capital en el siglo XIX y XX, tanto así que después del Porfiriato, tuvieron entre sus clientes a revolucionarios para sus celebraciones especiales como bautizos y bodas, entre las que destacan la de Francisco I. Madero y Justo Sierra. En la segunda mitad del siglo XX, la empresa extendió su negocio a escenografías de cine y teatro, realizando todos los adornos que aparecieron la película “Azahares para tu boda”, protagonizada por Fernando Soler, Joaquín Pardavé, Sara García, Marga López y Domingo Soler. Ya para los años setenta, entraron al mercado nacional las flores artificiales de procedencia china y muchos de los negocios tradicionales se vieron afectados, entre ellos la fábrica.

La primera fábrica mexicana de flores artificiales
La primera fábrica mexicana de flores artificiales

Cartel promocional de la película “Azhares para tu boda”, estrenada en 1950.  

La familia Pucheu logró que el proceso tradicional de la creación de flores artificiales trascendiera el tiempo y hoy en día, a pesar de que ya no tienen la fábrica como tal, siguen elaborando flores en un taller particular; igual que en el siglo XIX y XX, la producción de las flores varía desde un par de días a un par de meses, dependiendo de la cantidad de flores, la flor, el tamaño - hay flores que miden 2, 5 o hasta 20 centímetros de diámetro-, pero también de las condiciones climáticas o el tipo de materiales a utilizar.

Hoy, las Pucheu buscan que el oficio se conozca para que la capital siga contando con un producto que durante muchos años hizo que México fuera reconocido por su calidad y su originalidad. Si le interesa contactar con estos fabricantes: Adriana Pecheu: adrianapeyron@gmail.com.

Fotografía antigua:

Colección Villasana-Torres. Archivo Pucheu.

Fuentes:

Adriana Pucheu.

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