Corre el año 1604. Una estrella “nueva” se ve en los cielos desde todos los rincones del planeta. Se trata de una supernova, la manifestación visible de la muerte de una estrella masiva, como lo entenderíamos tres siglos después. Unos meses antes, el 17 de diciembre de 1603, un raro evento astronómico tuvo lugar. Júpiter, Saturno y Marte se vieron muy juntos en el cielo, casi en la misma región en la que aparecería la estrella nueva meses después. Este fenómeno se conoce como una “conjunción triple”.

Si bien las conjunciones son eventos muy curiosos y bonitos, la astronomía sabe que se repiten de forma más o menos regular. En el caso de Júpiter y Saturno, conjunciones cercanas se producen con una periodicidad de aproximadamente 20 años.

Las conjunciones triples son más raras. Desde 1604 han ocurrido alrededor de 20 similares entre esos tres planetas. La razón de esta regularidad es que los planetas se mueven siguiendo una estrecha franja conocida como la “eclíptica”. No es difícil que si en algún momento se encuentran “alineados”, con el tiempo terminen alineándose de nuevo. Pero ¿qué tienen que ver estos dos eventos ocurridos en pleno Renacimiento con la celebración del nacimiento de Jesús o la fiesta de Reyes ?

Ambos eventos, la triple conjunción y la supernova, atrajeron la atención de los astrónomos renacentistas, entre ellos el más grande de todos: Johannes Kepler . Devoto católico y astrólogo reconocido, vio en esta coincidencia astronómica una clave de lo que podría haber sido el fenómeno astronómico (la “estrella”, según la Biblia) que habría guiado a algunos sabios babilonios hacia el lugar de nacimiento del mesías semítico.

Armado con las herramientas de la época, Kepler calculó que una conjunción similar a la que él había visto antes de la aparición de la estrella nueva se produjo cerca del año 6 antes de la era común (a.e.c.). Si además de la conjunción, razonaba Kepler, una estrella nueva (supernova) se hubiera visto en el cielo en el lugar correcto, sin lugar a dudas habría atraído la atención de los astrónomos de la época (los “magos” de la Biblia).

La coincidencia de dos eventos astronómicos poco comunes, la profecía semítica de la llegada del Mesías acompañado de una estrella y el simbolismo astrológico de la constelaciones donde ocurrirían los fenómenos (Piscis, Aries o Leo) fueron razones suficientes para que Kepler se convenciera de que tenía entre manos la explicación “científica” de la leyenda.

Lamentable o afortunadamente, las ideas del gran Kepler acerca del relato bíblico –de naturaleza astrológica y pobremente fundamentadas– trascendieron su tiempo. Hoy, cada diciembre y fiesta de Reyes, los astrónomos “comparecemos” ante el público y los medios, que buscan en la astronomía la validación científica a una arraigada tradición cristiana. Planetarios, museos y hasta centros de investigación aprovechan la popularidad de esta conexión entre tradición y ciencia para atraer al público durante los días de las celebraciones religiosas . Es casi imposible que en estas semanas no se programen conferencias, shows en domos planetarios, programas radiales o de televisión sobre la “astronomía” de la “estrella” de Belén . Investigadores científicos e históricos (y otros menos “ortodoxos”) han ahondado en el tema utilizando técnicas astronómicas, arqueológicas e históricas más avanzadas que las de Kepler.

Más de 400 años de “investigación” han conducido a una conclusión: no hubo una “estrella” de Belén. En realidad fueron muchas. O, por lo menos (y esta es mi propuesta), esta última podría ser la manera más apropiada (políticamente correcta) de describir sus hallazgos.

Para empezar, el año de nacimiento de Jesús no se conoce con precisión. Habría nacido en el año 1 de la era común (e. c.; su nacimiento define el inicio de esta era). Otros investigadores apuntan al año 2 a. e. c. Gracias a los minuciosos registros romanos, la mayoría de los investigadores históricos señalan que el nacimiento no pudo ocurrir después del año 4 a. e. c., cuando murió Herodes el Grande, gobernador de Judea en aquellos tiempos, mencionado en la Biblia. Kepler y otros astrónomos han cifrado en los años 6 a. e. c. y 7 a. e. c. el nacimiento del Mesías, usando para ello los métodos astronómicos mencionados.

Sin otra prueba disponible, el nacimiento del personaje histórico del que habla la Biblia tendría una incertidumbre mayor a seis años. ¿Cuántos eventos astronómicos de relevancia pudieron ocurrir en ese lapso? ¡Decenas! Para empezar, se han identificado al menos 9 conjunciones planetarias, que ocurrieron entre el año 7 y el 1 e. c. Tan sólo siete conjunciones ocurrieron entre el 3 y el 2 a. e. c. Una de ellas, en el año 2 a. e. c., ocurrió entre los planetas Júpiter y Venus, los más brillantes del cielo, muy cerca de la estrella Regulus de la constelación de Leo (de gran importancia simbólica en la tradición judeocristiana). Otra conjunción de Júpiter y Venus ocurrió en el año 3 a. e. c.

Muchas de estas conjunciones se habrían visto en el atardecer, en dirección al occidente. Lamentablemente Belén (o Nazareth, como debería ser) queda al suroccidente de Jerusalén, o de Babilonia, de donde podrían provenir los “magos” del relato. Además, el cometa Halley apareció en el 12 a. e. c., por fuera de la ventana de observación definida anteriormente, de modo que quedaría descartado. Otros cometas, según investigaciones recientes, pudieron verse en los años 5 y 6 a. e. c., tres grandes cometas en una década, ¡no está mal! Pero esta es una estadística común. Basta recordar que solo entre 1996 y 1997 pudimos presenciar dos grandes cometas (el Hyakutake y el Hale-Bopp).

Pero, un momento. En realidad los cometas han sido asociados a grandes desastres o malos augurios (el Hale-Bopp y el Hyakutake, por ejemplo, en el mundo imaginario de astrólogos y otros magos, pudieron presagiar la gran epidemia de gripe de finales de 1997 en Asia). De modo que no se consideran buenos candidatos para anunciar la llegada del Mesías (muy en contra del deseo de Giotto di Bondone, que representó la escena en su famosa pintura de la Adoración de los magos con un cometa, el Halley, que apareció en los años en los que pintó su cuadro.

¿Qué decir de una supernova?

Recordemos que la idea de que una estrella nueva hubiera coincidido con una conjunción planetaria, marcando el evento astronómico que señalaría el nacimiento de Jesús, estaba entre las especulaciones de Kepler. Lo que él no sabía era que, a diferencia de las conjunciones, las estrellas nuevas son fortuitas. Aun así, existe al menos un registro histórico de que una estrella nueva (o un cometa) fue observada por astrónomos chinos y coreanos en el 5 a. e. c.

Varias décadas de investigación nos han enseñado que las supernovas se producen en una galaxia con una “frecuencia” de una o dos por siglo. Tan solo durante la vida de Kepler ocurrieron dos (en 1572 y en 1604). Otra ocurrió durante el mismo siglo XVII (en 1680). De ser así, la posibilidad de que una supernova ocurriera en los 6 o 7 años de incertidumbre que tenemos sobre el nacimiento de Jesús no es despreciable (poco más del 10 %).

En conclusión, es obvio que eventos astronómicos vistosos para los astrólogos de la antigüedad ocurrieron entre el año 7 a. e. c. y el 1 e. c. Continuar investigando para determinar cuál es el “correcto” es inútil. Parece también poco científico fundar una investigación en un relato legendario y aparentemente bastante sesgado y supersticioso (hay que recordar que la “estrella” de Belén solo es mencionada en el Evangelio de Mateo). Hacerlo en los tiempos de la astronomía de neutrinos, los planetas extrasolares y el multiverso es comparable a que oceanógrafos avezados siguieran buscando la Atlántida o como si los geólogos discutieran la constitución mineral del monte Olimpo.

Saber esto no acabará, por supuesto, con la tradición de la Navidad o el día de Reyes. No es el propósito hacerlo. Este enfoque, el de cambiar una estrella de Belén por las decenas que se produjeron en aquellos años, puede ayudarnos a los astrónomos a responder de forma más educada a los mismos cuestionamientos que se repetirán por estas épocas en los años por venir.

¿Una hipernova?

Más recientemente se ha sugerido que una hipernova, o la explosión catastrófica de una estrella supergigante que produce diez veces la cantidad de luz de una supernova convencional, podría haber ocurrido en la vecina galaxia de Andrómeda en aquellos años (los del nacimiento de Jesús de Nazareth), sin dejar (lamentablemente) ningún registro visible. El mismo fenómeno, sin embargo, podría haber ocurrido en cualquier época de la historia.

jpe

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