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Petróleo: de bendición a maldición

16/10/2018
02:40
Mauricio Millán C.
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En los últimos cuatro años, la balanza comercial petrolera ha perdido su dinamismo y hoy es deficitaria. Esta tendencia es atípica comparada con los saldos superavitarios experimentados durante el largo periodo de 1993 a 2013. Por la estructura presupuestaria pública, este comportamiento ha afectado a los ingresos presupuestarios, aquellos provenientes del petróleo, que no han vuelto a experimentar aquel máximo histórico registrado durante 2008.

En las últimas tres décadas, el petróleo ha impactado en diversas magnitudes en el balance con el exterior y en el sector público, ¿cómo se vislumbran estos impactos en el futuro, serán una bendición o una maldición?

Resumido brevemente, durante la década de los 90 el volumen de las exportaciones petroleras como proporción de las exportaciones totales representó alrededor de 9.2%; durante el periodo 2000-2010 se elevó a 11.6% en promedio; y en lo que va de 2011 a la fecha ha descendido a 8.7%. Destaca 2016, cuando registraron su nivel más bajo, con sólo 4.2%. En lo general, estas tres etapas se caracterizaron por el impacto del entonces recién firmado Tratado de Libre Comercio con América del Norte; posteriormente, por la explotación más intensiva de los principales yacimientos petroleros; para finalmente, su producción en declive y la baja generalizada de los precios internacionales, respectivamente.

El menor dinamismo observado por las exportaciones petroleras tiene efecto en su balanza comercial. Durante el periodo 1993-2013, la balanza petrolera ha sido superavitaria, pero a partir de 2014 perdió su dinamismo y en los últimos años ha sido deficitaria. La causa es, además de la caída en la producción petrolera, el incremento acelerado de las importaciones petroleras y sus derivados.

La despetrolización de las exportaciones también se reflejó en las finanzas públicas. En el periodo 1990-2000, los ingresos presupuestarios petroleros representaron en promedio 4.6% del Producto Interno Bruto, relación que se incrementó a 7% en 2001-2010, pero en lo que va de la presente década ha disminuido considerablemente, registrando 6.4% en promedio. Particularmente destaca la comparativa de 2008 con 2017, en la que está proporción pasó de 10.3% del PIB, su punto más alto, a 3.8%. En respuesta a ello, los ingresos tributarios han compensado dicha disminución alcanzando proporciones respecto del PIB de 8.5%, 9% y, más recientemente, de 10.9% en promedio para cada etapa señalada.

Ante este breve contexto, las finanzas públicas del gobierno enfrentan un reto mayúsculo: madurar la independencia petrolera presupuestal sin incurrir en niveles elevados de deuda. Durante la presente administración el incremento de la deuda pública fue considerable y, aunque manejable, implica un esfuerzo adicional en el ejercicio adecuado de los recursos presupuestarios.

Previendo la despetrolización financiera pública, se emprendió una reforma hacendaria que incrementó los ingresos tributarios y, a la par, buscó hacer más eficiente el gasto mediante la reingeniería del presupuesto base cero; sin embargo, los resultados aún no han sido suficientes. Por otro lado, se alcanzó un acuerdo histórico mediante la reforma energética, que tiene por objetivo atraer inversiones al sector en búsqueda de obtener mayor independencia energética y generar un mercado con amplio potencial de crecimiento.

Es decir, es momento de modernizar y aprovechar la reforma para darle un cambio a la política energética, permitiendo incorporar tecnologías junto con la inversión internacional, además de dotándole de independencia presupuestaria, considerando que el presupuesto está ahora enfrentando su aprobación por el nuevo Congreso. A su vez, hay que resaltar que entre más suba el precio del petróleo más podríamos resultar afectados como país, sino logramos reconvertir el actual proceso de deterioro en materia de la dependencia de importaciones de gasolinas, gas natural y gas LP.

Con la aprobación del Acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá y con la reforma energética, las cartas están puestas sobre la mesa y más que una maldición, México tiene en frente una oportunidad: potenciar la industria nacional para mejorar los balances externos despretrolizados y en paralelo, aprovechar nuestra dotación natural petrolera para transitar hacia la sostenibilidad energética y con ello, disminuir las elevadas importaciones antes descritas.

Asimismo, la administración pública debe velar por las inversiones —nacionales y extranjeras—, y generar mejores condiciones para incrementar la producción sustentable de combustibles fósiles; y en lo que respecta a la hacienda pública, continuar con ingresos tributarios sólidos acompañada de una reingeniería en el gasto que busque rendir más el dinero y cuyo efecto multiplicador sea mayor con inversión en capital e infraestructura.

Vicepresidente de Consultores
Internacionales, S.C.

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