Dos cosas me parecen aventuradas:

1. El beso “apasionado” que el alcalde de San Blas le plantó a una mujer, durante una fiesta

2. que, como parte de la crónica sobre el suceso, se diga, sin más, que: “la acción fue correspondida por ella, a la par que los asistentes aplaudieron esta muestra de cariño”.

¿Un beso es solo un beso? ¿El señor puede besar a quien le dé la gana y la mujer dejarse besar por el mandamás de la localidad? ¿Es así de espontáneo?

Nadie sabe qué pasó por la cabeza de la mujer ni por qué, aparentemente, correspondió la acción: hay quienes dicen que ella provocó y pidió la acción: he visto varias veces el video y nada más no lo veo así.

Pero, bueno, el caso es que tampoco se trata de echarle montón por lo que sea al Layín, aun cuando en el pasado, al menos en el pasado documentado, besara de forma similar a otra mujer y a otra más le levantara la falda mientras bailaba con ella. Esto último llevó a la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) emitiera una recomendación al Congreso local en pos de imponer una sanción administrativa al mandatario, proceso que, todo indica, sigue pendiente.

Quizá besar, bajo correspondencia y consentimiento aparentes, sea distinto a alzarle repetidamente la falda a una mujer (aquella vez lo hizo al menos dos veces), aun cuando, en entrevistas posteriores al suceso, se justificara al decir que la chica era “su amiga” y que estaban “en el relajo”, y aun cuando otros más lo justificaran al alegar que, aunque sorprendida, la mujer lo había consentido, disfrutado, dejado pasar: ustedes elijan los verbos.

Insisto en qué no sé qué haya pasado por la cabeza de la mujer que “se dejó besar” por Layín: si se dejó llevar por la euforia del momento, si en verdad está atraída por Don Hilario, si no se lavó la cara en todo el día, si no le quedó de otra porque se trataba del mero mero “y al jefe lo que pida”. . .

Insisto, ¿no hay forma de que este señor se ponga límites a pesar de que las mujeres “se le avienten”? Bueno, este argumento lo he escuchado desde siempre cuando se trata de hombres poderosos y exitosos. Recuerdo en 2012 cuando, gente que trabajaba en la campaña de Enrique Peña Nieto, relataba cómo, después de cada gira, el entonces candidato terminaba con los antebrazos arañados (por las mujeres que querían alcanzarlo, abrazarlo, besarlo, etc.), aun cuando usara manga larga. A saber. . .

Volviendo a Layín, ¿de verdad es imposible que el señor frene sus impulsos y, al mismo tiempo, que la gente deje de celebrarlo o referirse a sus “ocurrencias” cada vez que se propasa?

Ahora se habla, a mi juicio con un tanto de ligereza, sobre los llamados “cratosexuales”, es decir, quienes se sienten sexualmente atraídos por alguien más, en función del grado de poder establecido. Yo lo que veo en actos, como los ya citados de Layín, es que son invasivos y arbitrarios: beso a la que me gusta, le meto mano a la que se me da la gana. . .

¿A alguien de aquí lo o la han besado, sino por la fuerza, sin su consentimiento?

A mí sí. Y no me refiero a esos besos románticos y verdaderamente apasionados, sino a aquéllos en que alguien se está pasando de listo. Una vez lo hizo un conocido de la familia, en plena fiesta y cuando yo era muy, muy joven, casi una niña, que porque estaba borracho y después se disculpó. Más recientemente, el directivo de una empresa en la que trabajaba. Tal parece, es su modus operandi con otras mujeres. Lo he observado y he notado que cada hola y cada adiós suyos suelen ir unidos a un beso, que originalmente apunta a la mejilla, pero que, al final, ni cuenta te das y ya te lo plantó en los labios. O en la comisura, si alcanzaste a esquivarlo.

A quienes han sido besados(as) por la fuerza, les pregunto también: ¿Han reaccionado con enojo, han respondido con un grito, un empujón o una bofetada? ¿Han sentido que el acto los vulnera y/o invade aun cuando, aparentemente, se queden paralizados(as), no lo frenen ni interrumpan o incluso correspondan?

La primera vez que me sucedió (con el directivo que, sin decir agua va, planta besos en los labios), no reaccioné de inmediato. Creo que pasé varios segundos en la etapa de extrañamiento: ¿qué pasó?, ¿de verdad me besó en los labios?, ¿por qué? Incluso se lo comenté a uno de mis colegas y su respuesta fue que lo tomara como un halago. Y no sólo eso: que sería de las cosas que echaría de menos cuando envejeciera y dejara de ser deseable.

No sé si ya llegué a ese punto, jaja, pero el caso es que ese tipo de transgresión, por llamarla de algún modo, me sigue pareciendo no sólo repulsiva sino abusiva.

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