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Mucho hemos escuchado la famosa frase “Me dueles México” pronunciada en spots televisivos y de radio, mil veces utilizada en las redes de manera juguetona y sarcástica, utilizada como bandera por partidos políticos, asociaciones civiles, etc., pero ¿qué es el dolor? o ¿qué sabemos de él? Leía Historia Cultural del Dolor, una interesante investigación del Historiador de la Ciencia Javier Moscoso, en el cual realiza un intenso recorrido historiográfico, filosófico y científico de lo que ha significado el dolor, que aparece como un fenómeno social y supera los reduccionismos médicos para su comprensión, en fin, traigo a colación a Javier Moscoso, porque conforme avanzaba en su historia del dolor, ante mis ojos se revelaban en cada una de sus palabras la imagen sintomática de México “el dolor crónico produce desconfianza”1, claro, cuando una persona está enferma y el dolor se encuentra ahí latente y no mitiga, entonces es un dolor que requiere de mayor atención, lo mismo pasa en México. La violencia crónica trasfigurada como dolor crónico está ahí latente y genera desconfianza social hacia el Estado, lo que supondría mayor atención, un análisis profundo, un diagnóstico completo que permita encontrar el origen del dolor desde la raíz.
Continuo leyendo sobre el dolor en la misma página “[…] la forma dramatizada que adquiere la experiencia del dolor agudo, el Infierno – pues no hay otra forma de describir ese sitio en el que se entra pero no se sale - no es una frontera sino un estado: una residencia ultra mundana en la que el cuerpo sufre de manera inmisericorde y eterna sin entrever una solución o una salida”2. El Infierno violento es ese dolor agudo que aqueja a México, que se ha convertido en un estado que pega de manera inmisericorde a todas las esferas de la sociedad y del cual no se deja entre ver una solución, la violencia ligada al narcotráfico y al crimen organizado como enfermedad aguda que genera sufrimiento social, pero que al mismo tiempo es un dolor que nadie quiere padecer, porque nos volvemos indiferentes y ajenos, mientras que las estructuras del Estado nos receta paliativos.
Dice Moscoso, que el dolor genera incomodidad e impotencia en el observador, el sufrimiento es algo que se teme, nosotros vivimos con ese dolor crónico, las desapariciones forzadas, los secuestros y los miles de cuerpos encontrados en fosas clandestinas nos causan dolor, nos aquejan, sufrimos, pero al mismo tiempo nos mantenemos ajenos, impotentes de actuar, tememos involucrarnos en el tema y quien lo hace pierde su vida a manos de colusiones entre Estado y narcotráfico, solo recordemos los muchos casos de periodistas asesinados, sin embargo ese malestar que produce el dolor nunca se acaba de olvidar y vivimos con el día y noche.
Señala Moscoso que a comienzos del siglo XIX existieron estudios médicos con ejemplos de seres humanos que se habían quitado la vida como resultado del sufrimiento prolongado, es decir, las personas adoloridas decidían liberarse de ese sufrimiento atentando contra los más preciado que era la vida misma, trasladando esta idea, me pregunto ¿Cuándo llegará el momento en que decidamos como sociedad liberarnos de ese sufrimiento? ¿Qué más falta soportar, si el dolor ya nos ha llegado hasta la punta de los huesos? y cuando pensamos que ya nada peor puede pasar algo más desgarrador sucede, más adelante el autor nos dice por ejemplo, que el dolor tiene connotaciones morales, en fin, no profundizaremos en el tema porque puede llevarnos a opiniones y discusiones de diversos índoles, quiero hacer hincapié que Javier Moscoso da una lectura mayormente dirigida hacia la investigación científica del dolor, y sobre cuál ha sido el tratamiento a lo largo de su historia, sin embargo no pude evitar hacer esa breve analogía.
Ese dolor violento y crónico que ha dejado la mal denominada “guerra contra el narcotráfico” permea a los sectores más vulnerables de la sociedad como mujeres, niñas, niños y jóvenes; pero hablaré en particular de las mujeres porque no hace más de una semana que se conmemoró el Día Internacional de la Mujer; en México bajo un panorama desolador, si bien, la lucha de muchas mujeres ha generado mejores posibilidades para que ejerzamos nuestros derechos y empoderarnos, la realidad nos ha rebasado, el narcotráfico y la delincuencia organizada como cáncer invasivo ha llevado en los últimos años a la participación activa de la mujer dentro de ese contexto, por ejemplo, después de que se declaró la guerra al narcotráfico en el 2012, se asesinó en promedio a 47 personas diarias; de ellas cuatro fueron torturadas, dos decapitadas, diez fueron jóvenes y tres mujeres3.
La mayoría de las mujeres que ingresan al mundo de las drogas ilícitas como lo señala el estudio de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), lo hacen al nivel más bajo, como portadoras humanas y como “micro-traficantes” en pequeña escala y por lo tanto no ocupan un papel de liderazgo en el proceso de comercialización, sin embargo su participación es más frecuente, en 2013 las mujeres representaban el 10 % de la población carcelaria mundial, había más de 500, 000 mujeres y niñas recluidas aguardando sentencias o juicios; en el caso de México de manera oficial no existe el dato sobre las mujeres con participación en el campo del narcotráfico, el CIDE presentó un informe y un estudio integral a la CIM, sobre la población carcelaria en ocho CEFERESO y encontró que el 80% de la población carcelaria de mujeres estaba relacionadas con delitos de narcotráfico, y que el 98.9% con delitos relacionados al narcotráfico, eran infractoras primarias4.
Lo real es que la participación de la mujer en el narcotráfico ha aumentado en los últimos años de manera considerable; la pobreza, la falta de oportunidades laborales, la carencia educativa, la violencia de género por parte de los narcotraficantes hombres, y en general la violencia de género, además del temor a perder la vida, incluida toda esa “cultura del narco” a la que se refiere Elsa Jiménez, son sólo algunos de los factores que determinan la participación de la mujer dentro del narcotráfico y la delincuencia organizada. Actualmente son pocos los estudios que se han realizado al respecto del tema y considero preponderante ponerlo en la mesa de discusión y análisis en momentos de debate sobre el uso legal de la marihuana.
Quiero concluir con una frase del Historiador Javier Moscoso una entrevista para el periódico El País, en el cual expresó que “el mayor dolor es la ausencia de esperanza”.
Laura Carolina Camargo de la Mora
Investigadora Invitada / UNAM
@ObsNalCiudadano @CLaudelamora
Bibliografía.
Moscoso, Javier, Historia cultural del dolor, México, Taurus, 2011.
Jiménez Valdez, Elsa Ivette, Mujeres, narco y violencia: resultado de una guerra fallida, en Región y Sociedad, núm. 4, 2014, Colegio de Sonora Hermosillo, México pp.101-128, URL: http://www. redalyc.org/articulo.oa?d=1023108005.
Organización de los Estados Americanos (OEA), Mujeres y drogas en las Américas. Un diagnóstico de políticas en construcción, Comisión Interamericana de Mujeres, Washington, DC, Enero de 2014, pp. 52 URL: http://wwwoas.org/es/cim/doc/WomenDrugsAmericas-Es.pdf.
1 Moscoso, Javier, Historia cultural del dolor, México, Taurus, 2011. p. 278.
2 Ídem.
3 Elsa Ivette Jiménez Valdez, Mujeres, narco y violencia: resultado de una guerra fallida, en Región y Sociedad, núm. 4, 2014, Colegio de Sonora Hermosillo, México pp.101-128, URL: http://www. redalyc.org/articulo.oa?d=1023108005, consultado el 16 de marzo de 2016, p. pdf. 16.
4 Organización de los Estados Americanos (OEA), Mujeres y drogas en las Américas. Un diagnóstico de políticas en construcción, Comisión Interamericana de Mujeres, Washington, DC, Enero de 2014, URL: http://wwwoas.org/es/cim/doc/WomenDrugsAmericas-Es.pdf consultado el 16 de marzo de 2016, p. pdf. 41.
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