La 60 Muestra de la Cineteca: Parte II

Como lo anuncié la semana pasada, comentaré ahora las siete películas restantes de la 60 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional
OTRAS
30/03/2016
00:35
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Alonso Díaz de la Vega
Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...
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Como lo anuncié la semana pasada, comentaré ahora las siete películas restantes de la 60 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, que si bien no nos trae lo mejor de los grandes maestros contemporáneos, sí nos da la oportunidad de ver en pantalla grande la excepcional De entre los muertos (Vertigo, 1958). Ya antes hablé de ella pero no del documental que complementa, Hitchcock/Truffaut (2015). Dirigido por Kent Jones, ex editor de la esencial revista cinematográfica Film Comment y ex director asociado de programación del Lincoln Center en Nueva York, este documental no ofrece mucho en términos estilísticos. Aunque su forma de editar me parece ingeniosa y creativa, Hitchcock/Truffaut no es una obra original y no aporta mucho al lenguaje cinematográfico, sin embargo me parece esencial como pieza didáctica. Mientras El cine según Hitchcock, de François Truffaut, no esté en las listas de lectura obligada en las escuelas, Hitchcok/Truffaut será un material útil para introducir a las audiencias modernas a uno de los grandes inventores cinematográficos del siglo pasado. Su influencia todavía existe en nuestro siglo y para probarlo Jones entrevista a algunos de sus más brillantes herederos: Martin Scorsese, David Fincher, James Gray y Peter Bogdanovich, por no mencionar a Wes Anderson, cuyos movimientos de cámara tienen una deuda mayor con Stanley Kubrick. La película se queda corta en explorar la relación de Truffaut con el maestro y la influencia que éste ejerció en su filmografía pero es una excelente invitación a ver el cine de Hitchcock y a leer el libro de Truffaut. Más que una película, Hitchcok/Truffaut es un ejercicio colectivo de crítica.

En el texto pasado prometí hablar sobre las sorpresas que trae Latinoamérica a la Muestra. Me gustaría empezar por la menor de ellas, El patrón: Radiografía de un crimen (2014), del argentino Sebastián Schindel. Aunque la historia de un humilde carnicero que asesina a su abusivo patrón no culmina del todo en una película brillante —su maniqueísmo y su romántica conclusión le hacen mucho daño—, me parece que hay elementos extraordinarios en ella, reveladores de una América Latina no perdida en el tiempo sino perdida por él. En El patrón hay escenas de esclavitud que horrorizarían a norteamericanos y europeos pero a los latinoamericanos nos parecen comunes. En una de ellas, un carnicero experimentado le enseña al protagonista cómo lavar la carne ya próxima a la putrefacción para poder sacarle provecho. En otra vemos al patrón del título expulsar de la carnicería a la esposa de su empleado. El marido, débil, ignorante y dependiente, observa la escena conmovido pero inmóvil. Sería un error comparar la película con Salò (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975), de Pier Paolo Passolini, pero me parece que sus temas son similares y llegan a la misma conclusión: la obediencia es la muerte del espíritu. En nuestra parte del continente, nos muestra Schindel, es la raíz de la miseria y la explotación, resultado de la ignorancia y el miedo.

La ganadora del León de Oro en la pasada Muestra Internacional de Cine de Venecia tiene mayor peso que El Patrón, pero no el suficiente, creo, para haber obtenido el prestigiado premio. Desde allá (2015), financiada por mexicanos pero principalmente una cinta venezolana, me da la impresión de ser una película mucho más sencilla de lo que pudiera esperarse al conocer la sinopsis: un hombre maduro y soltero contrata a jovencitos pobres para que posen desnudos frente a él mientras se masturba. Un día el hombre encuentra a un feroz muchacho con el que comienza una relación más complicada y que al final repercute en el distante trato con su padre. Su director, Lorenzo Vigas, la describe como un retrato del aislamiento, de la incapacidad de amar y de la ausencia paterna. Yo pienso que es una larga contemplación poética de estos temas que no ofrece ni discusión ni respuesta alguna pero sí una ambigüedad misteriosa. Incluirla en el cine de temática homosexual sería un error, tanto como exigirle un examen social o individual de su entorno y sus personajes. Para eso sería preferible leer La virgen de los sicarios, del colombiano Fernando Vallejo, similar en trama y temas. Desde allá, más bien, aspira a ser una cinta de Robert Bresson con sus acciones invisibles y su tiempo muerto pero no puede. Sólo puede ser un filme de Lorenzo Vigas, y como tal es una pieza sencilla que al desenvolverse revela a un contemplador hábil que ve la realidad como un evento poético. Como brevísimo apéndice: la actuación de Alfredo Castro es, como siempre, un espectáculo en sí.

Buey neón (Boi neon, 2015) es, a mi juicio, la mejor película latinoamericana en la Muestra. De cualidades poéticas superiores a la cinta de Vigas, Buey neón ni siquiera tiene trama. Más bien se trata de una colección de episodios sobre la vida de un grupo de cuidadores de bueyes en Brasil. El tema más recurrente de la película, aunque no me atrevería a llamarlo central, es el cuerpo en el sentido más vasto de la palabra. La piel, los músculos, los fluidos, los sexos de sus personajes y de sus bestias, aparecen ante nosotros casi de la misma manera que para estos vaqueros: cotidianos. Sin embargo, dentro de esa noción de normalidad existe también una belleza que el director Gabriel Mascaro resalta con su iluminación y su fotografía. Buey neón no es objetiva, más bien es pictórica. Su significación se encuentra en las imágenes, que fluyen hacia el espectador como un encantamiento erótico, decidido a revelarles el éxtasis en el encuentro entre dos cuerpos, o la naturalidad de una deyección. Me atrevo a reclamar la inclusión de viñetas que nos distraen del tema del cuerpo y también la belleza de sus protagonistas, pero es evidente que Mascaro no quería exponer al cuerpo, con todo y sus torpezas como, digamos, Carlos Reygadas, sino exaltarlo. Aunque es claramente un triunfo, creo que Mascaro aún puede crear una mejor película.

De cualidades similares a las cintas de Vigas y Mascaro, el islandés Rúnar Rúnarsson dirige Despegando a la vida (Þrestir, 2015), una película decididamente pequeña pero que logra expresar en su sencillez la complejidad de una vida. No la captura del todo ni pretende hacerlo, pero su exploración de la adolescencia en un pueblito islandés posee la universalidad en imágenes de jóvenes juntándose a beber en la playa o experimentando por primera vez con las drogas. No es una gran película porque no le interesa serlo pero en ello revela una sinceridad y una humildad evidentes a lo largo de todo el metraje. Rúnarsson se expresa de manera naturalista con símbolos ocasionales como una foca o la dulce voz coral de su protagonista, quien con el paso de las experiencias cede a la adultez. Sería muy sensacionalista decir que Despegando a la vida se trata sobre la muerte de un niño pero ese es su tema en un sentido espiritual. Rúnarsson lo representa con todos sus accidentes y sus transformaciones y se afirma a sí mismo como un talento prometedor.

En contraste, El nuevo nuevo testamento (Le tout nouveau testament, 2015) pareciera ser una cinta de ambiciones bíblicas y, más que eso, reformistas. Dios es representado como un patán por el diablesco Benoît Poelvoorde. Su familia le teme y los seres humanos son, como lo muestra una escena de manera muy literal, sus juguetes. Uno pensaría que quizás el director belga Jacob Van Dormael aceptó la tesis de Schopenhauer de que Dios es malvado, pero conforme progresa la cinta nos damos cuenta de que El nuevo nuevo testamento es meramente una fantasía, un romance. No una gran fantasía romántica como Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952), de Stanley Donen, sino una menor, aunque extremadamente hábil en su manejo del lenguaje cinematográfico como Amèlie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, 2001), de Jean-Pierre Jeunet. Ambas comparten una trama accesible y buscan complacer más que desafiar a su audiencia sobre todo en el uso de imágenes visionarias, como la de un hombre que abraza su imagen en el espejo.

Me da cierta lástima terminar con Cosmos (2015), de Andrzej Zulawski. Tal vez hubiera sido más apropiado cerrar con una obra que comprendiera mejor pero mi torpeza me inclinó a hablar primero de las películas que creo entender plenamente. Cosmos, la primera cinta del polaco Zulawski en 15 años y la última antes de su muerte, se arroja a adaptar al cine la complicada novela de Witold Grombowicz llamada igual. Desafortunadamente no he leído a Grombowicz para palpar completamente las intenciones de Zulawski pero lo que sé del escritor y su novela apuntan a un interés fundamental en el lenguaje, en sus trampas y sus juegos, y en las dualidades del universo, es decir, se trata de un escritor en las tradiciones de Joyce y Borges. El diálogo de Zulawski y las grotescas actuaciones de su elenco reflejan un intento de capturar esos juegos pero la película evoca más bien a Eugène Ionesco y a Luis Buñuel en su estilo y sus sinsentidos. Cosmos podría ser una aventura que requiera una mayor preparación pero su caótica narrativa la liga totalmente con la desordenada filmografía de Zulawski: le pertenece más a él que a Grombowicz. Me pregunto si el significado de la cinta se esconde en ese desorden y nos dice que nada en el universo es realmente comprensible. En el futuro volveré a verla habiendo leído la novela original. Quizás entonces me resulte más sencillo hablar de ella.

Fe de erratas

A todos los lectores les pido que me disculpen. En mi texto anterior escribí sobre La langosta, de Yorgos Lanthimos: “Su última cinta, La langosta (The Lobster, 2015), se regodea en su grotesca invención: un hotel donde los solteros son recluidos hasta conseguir pareja en un plazo de 90, de lo contrario serán transformados en el animal de su elección”. Un perceptivo lector me ayudó a darme cuenta de que no escribí la palabra “días” después del número 90 y, peor aún, que son 45 los días que se le dan a los huéspedes para encontrar pareja. Sin embargo debo aclararle a ese lector que aunque no soy muy buen crítico sí soy responsable. Claro que vi la película; el que no me parezca una gran obra no significa que haya opinado sobre algo que desconocía. En todo caso significa una obviedad: el lector en cuestión y yo somos personas distintas y, como tales, no vimos la misma película.


Twitter:@diazdelavega1

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