Segunda Vuelta

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Buenas noches, mamá

Me sería imposible hablar de Buenas noches, mamá sin revelar muchos de sus secretos porque en sus giros se encuentra su genio.
09/12/2015
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Me sería imposible hablar de Buenas noches, mamá (Ich seh, Ich seh, 2015) sin revelar muchos de sus secretos porque en sus giros se encuentra su genio. Normalmente, las narrativas abundantes en sorpresas abusan del Deus ex machina, el dios en la máquina que sin explicaciones ni razones aparece para impactarnos y, en el breve jadeo de la sorpresa, controlarnos. “¡Este es el verdadero asesino!”, “¡En realidad era su madre!”. Este horror de la revelación nos evoca la insufrible experiencia del accidente. La aspiración intensa y breve que hacemos al descubrir un secreto en la narrativa es la misma que hacemos al saber que estamos embarazados, que dejamos la entrada de gas abierta o que el bebé no está en su asiento en el coche. Christopher Nolan, por ejemplo, abusa de esta técnica para compensar la falta de complejidad en sus guiones y emocionarnos cada vez que la narrativa decae. Sus consecutivos giros replantean su pensamiento y nuestra idea de sus personajes en películas incoherentes y contradictorias. La rebelión de Bane en El caballero de la noche asciende (The Dark Knight Rises, 2012), por ejemplo, pasa de ser la insurrección de los olvidados a la venganza de una hija resentida. Cuando Bane (Tom Hardy) aparece, su movimiento sugiere la idea que tienen los ultraconservadores sobre Occupy Wall Street, pero cuando Miranda (Marion Cotillard) revela ser la hija de un viejo enemigo de Batman (Christian Bale) la metáfora se desploma. Buenas noches, mamá es uno de los raros ejemplos donde eso no sucede.

Es cierto que la conclusión de este filme habla de un tema distinto al que abre la película —la desfiguración de la madre— pero conforme conocemos la terrible verdad esta primera idea se hace parte de un mosaico que representa la desintegración de la familia nuclear. Debo insistir y advertir, entonces, que no puedo hablar de la película sin revelar la trama porque sus giros, que por supuesto son atentados contra la calma del espectador, también son parte de un discurso que me parece coherente y relevante en nuestro tiempo, cuando vemos cambiar las estructuras de la organización social. Invito a los lectores a continuar sólo si han visto la cinta o si están dispuestos a conocerla antes de experimentarla.

Los directores y guionistas, Severin Fiala y Veronika Franz, comienzan su historia con el regreso de la madre (Susanne Wuest) a una casa de campo donde vive con sus dos hijos. Conductora de televisión, la madre parece haberse sujeto a una cirugía en el rostro para satisfacer a su empresa y sus espectadores. Dentro de la casa hay varas litografías de una mujer pero en ninguna se distingue de quién se trata. Están borrosas. Simbólicamente, Fiala y Franz están comentando sobre la anulación del personaje público como individuo y sobre la intromisión de la sociedad que le arrebata su identidad privada. Sus hijos gemelos, Lukas y Elias (Lukas y Elias Schwarz), son incapaces de reconocerla. Ella no le habla a Lukas. Se trata, por lo que vemos, de una madre ausente y cruel que se niega a alimentar a uno de sus hijos. Ella, dicen los niños, no solía ser así. Ha cambiado.

El padre, como en los arquetipos clásicos, no existe. Su desaparición y la rivalidad de los hijos con la madre es un patrón típico de los cuentos de hadas, pero aquí la hostilidad no es la lucha por el amor del padre que caracteriza a Blancanieves o Cenicienta. Aquí los hijos luchan contra la mujer que hay en la madre. En la Odisea, Telémaco es incapaz de reconocer a Odiseo, su padre, porque Atenea lo disfraza de mendigo. Es una metáfora de cómo después de su extenuante retorno a casa, el padre cansado no está a la altura del héroe mítico que recuerda o imagina el hijo. Henrik Ibsen utilizaría un recurso similar en Espectros, y en Buenas noches, mamá, Fiala y Franz recuperan el mismo artefacto para criticar la cultura de la imagen y la intolerancia de los hijos a la individualidad de los padres. Lukas y Elias no toleran que su madre se vea distinta y mucho menos que actúe de forma diferente. El hijo, idealista y solipsista, no tolera la imagen del padre o la madre como un hombre o una mujer. Ellos le pertenecen para cuidarlo y nutrirlo. El adolescente, cuando descubre su independencia, encuentra la hostilidad hacia los padres y en la madurez logra reconciliarse con ellos. Buenas noches, mamá nos presenta ese mismo desprecio cuando la cirugía acelera el desconocimiento de la madre. Los niños se ven forzados a crecer en nuestra cultura de pieles perfectas y juventudes infinitas.

Hasta este punto la película representa la perspectiva del niño en un mundo que lo rebasa. Los directores nos muestran la casa pálida y el lago mudo como la extensión de las pesadillas de Lukas y Elias, el único espacio donde la madre actúa monstruosamente. Cuando los gemelos deciden huir de la extraña que se ha insertado en su hogar, descubren un pueblo solitario, inmenso e indiferente a su presencia. Diminutos ante los grandes edificios y las calles vacías, los gemelos buscan refugio en la iglesia pero se sienten traicionados por el sacerdote que los lleva de vuelta a casa. Los niños son humillados por el mundo adulto y entonces deciden ir a la guerra contra la extraña: la torturan para que les diga la verdad en una escena tan violenta como delicada. Fiala y Franz no temen resaltar el sadismo de los niños pero tampoco se regodean en él con extreme close ups o imágenes muy explícitas de heridas sangrientas.

Su dirección no sólo en esta escena, sino en toda la película, es sutil, y aunque aprovecha la música para alertar al espectador, no arroja un rostro o una figura a la cámara para arrancar el susto. Al contrario, las imágenes más crueles tienden a contener menos movimiento en el cuadro. Visualmente, Fiala y Franz evaden los clichés del cine de horror. Se les puede acusar, sí, de forzar una lectura de la trama con una fotografía de la madre con una mujer similar a ella y un anuncio para vender la casa que los niños encuentran en internet. Ambos cabos quedan sueltos pero, como lo anunciaba al principio, el giro final no rechaza lo que nos ha dicho antes la película; lo complementa.

Lukas está muerto. Elias, psicótico por la culpa de que muriera su hermano en un accidente, todavía lo ve y escucha sus terribles consejos. Su madre, que no sabe cómo tratar a su hijo sobreviviente, decide fingir por un tiempo que el niño sigue vivo, pero durante la película vemos que lo niega. La aceptación de la muerte es, para Elias, aceptar su culpa. Su psique, en medio de esta catástrofe y la separación de sus padres, se rebela. Por un lado, la película critica a una madre capaz de hacerse una cirugía plástica en medio de una crisis como la que atraviesa su familia y critica también a los empleadores que la obligan a realizársela. Por el otro lado, la cinta nos revela la dependencia y la crueldad nata de los niños, que interrumpen de alguna manera la vida de los padres. Lukas y Elias son la pesadilla de cualquier padre, como su madre lo es para cualquier hijo. Buenas noches, mamá no se contradice: junta las dos pesadillas para configurar un espejo de horror. Entre la negligencia de unos y otros, nos muestran Fiala y Franz, la familia se disuelve.

Twitter:@diazdelavega1

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Alonso Díaz de la Vega
Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...

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