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En los últimos meses, ha surgido un interesante debate en México sobre la memoria histórica, la justicia y la tolerancia. En las páginas de "El Universal", recientemente se presentó un punto de vista sobre cómo estos conceptos se relacionan con los acontecimientos históricos entre turcos y armenios.
La extensa y común historia de turcos y armenios estuvo marcada, durante siglos, por la armonía, la fecundación cultural y la prosperidad mutua. Nuestros pueblos florecieron juntos en pacífica convivencia.
Es cierto que la disolución del Imperio Otomano, los movimientos nacionalistas apoyados por poderes externos y los horrores de la Primera Guerra Mundial crearon un abismo que empañó los lazos históricos entre los dos pueblos. Millones de personas perecieron innecesariamente, fueran cristianos, musulmanes u otros. El trauma infligido a poblaciones inocentes por las circunstancias de una gran guerra, la agitación étnica y la extensa violencia abrieron cicatrices a largo plazo para todas las comunidades involucradas, que aún hoy en día son tristemente visibles.
Turcos y armenios en particular, a través de sus gobiernos o la sociedad civil, han lidiado con este pasado turbulento durante décadas. La memoria, la justicia y la tolerancia se han convertido tristemente en nociones politizadas y complicadas a medida que los parlamentos nacionales, los tribunales e incluso las organizaciones internacionales o locales se vieron obligados a adoptar posturas políticas sobre lo que sigue siendo una legítima controversia histórica.
Mientras tanto, la historia no se detuvo. A lo largo de 11 largos años (1973-84), las organizaciones terroristas armenias como ASALA y JCAG realizaron una matanza sostenida, asesinando a 42 diplomáticos turcos en una campaña de terror única en la historia mundial. Hasta el día de hoy, en vez de condenar estos crímenes, se ha tratado a los perpetradores como mártires. El último de estos actos fue hace unos días en Ereván. Los restos de Gurgen Yanikian, un terrorista armenio que asesinó a sangre fría a Mehmet Baydar, el entonces Cónsul General Turco en Los Ángeles y al Vice-Cónsul Bahadır Demir en 1973, fueron llevados y enterrados en un cementerio militar en Ereván en una ceremonia oficial. Este fue un acto reprensible que glorificó el terrorismo y trajo retrospectivas de los horrores del pasado. El pueblo turco, y sus representantes en el extranjero, diplomáticos turcos como yo, continúan traumatizados por los brutales y sistemáticos asesinatos realizados por ASALA y JCAG.
Por otro lado, en 1992, tras el colapso de la Unión Soviética, la República de Armenia, a través de la fuerza bruta, invadió el 20 por ciento del territorio de Azerbaiyán independiente e empujó a cientos de miles de civiles azeríes a emigrar a otras partes de Azerbaiyán. En particular, en febrero de 1992, fuimos testigos de la Masacre de Khojaly, donde 613 azeríes inocentes, entre ellos mujeres y niños, fueron asesinados sistemáticamente por el ejército armenio en un día. Hasta ahora, a pesar de cuatro resoluciones sucesivas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que piden una retirada incondicional, Armenia sigue ocupando ilegalmente suelo soberano azerí y cerca de un millón de azeríes son internamente desplazados. Este conflicto continúa desestabilizando la región, afectando también a la seguridad turca.
A pesar de esta agresión armenia, y como un intento fidedigno de por lo menos abordar aquellas partes de nuestra historia común con los armenios que se encuentran en disputa, Turquía en el año 2005 propuso formar una "Comisión de Historia Conjunta" también con participación internacional y abrir mutuamente todos los archivos relevantes. La idea era dejar que los historiadores trataran la historia de una manera objetiva y no política. Esta propuesta, que se transmitió a Armenia oficialmente, sigue vigente. No obstante, hasta el día de hoy, Armenia se ha negado a participar en este esfuerzo de sentido común.
Más importante aún, Turquía en el año 2009 dió el paso más valeroso de ofrecer la normalización de las relaciones con la República de Armenia. En un proceso innovador que comenzó con una "diplomacia futbolística" creativa, nuestros dos gobiernos en Ginebra firmaron una serie de protocolos que tenían como objetivo establecer relaciones diplomáticas y normalizar las relaciones entre las dos repúblicas vecinas. Esta histórica ceremonia de firma fue presenciada por los Ministros de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos, Francia y la Federación de Rusia. Desafortunadamente, antes de que la tinta de las firmas en los protocolos estuviera seca, el Estado armenio intervino. En una desafortunada pero histórica decisión del Tribunal Supremo de Armenia, los protocolos firmados por los líderes fueron declarados nulos e inválidos. El gobierno armenio hizo lo mismo en 2018 y se retiró de este histórico acercamiento.
Mientras tanto, un constante impulso por parte de ciertos círculos armenios para degradar a Turquía y su historia ha sido continuo, con el apoyo externo de las naciones que quisieran usar este tema como ventaja contra Turquía para perseguir sus propios intereses. México se mantuvo deliberadamente fuera de este proceso y optó por no politizar la historia, una postura importante basada en principios, que muchos otros gobiernos y parlamentos lamentablemente no han emulado.
Hasta el día de hoy, Turquía mantiene su compromiso con los protocolos y la oferta de reconciliación para establecer relaciones diplomáticas y normalizar las relaciones. Desafortunadamente, la última rama de olivo que se extendió hace casi exactamente una década, sólo ha recibido más enemistad, difamación y hostilidad.
La historia al igual que la memoria, puede ser, y muchas veces es selectiva. Las narraciones diametralmente opuestas arraigadas en miras de un solo lado pueden dividir a pueblos y naciones. Nuestro objetivo debe ser fomentar la reconciliación a través del diálogo y ofrecer justicia y reconocimiento a todas las víctimas que han sufrido a lo largo de la historia. La victimización no puede ser monopolizada. Si lo es, la verdadera justicia y la reconciliación genuina siempre serán esquivas.
Se dice que hay dos caras en cada historia. El desafío para aquellos que buscan la reconciliación es no refugiarse en la comodidad de uno de esos lados, sino buscar la verdad, que a menudo se puede encontrar en algún lugar de en medio. Esto sólo puede ser posible a través de un compromiso abierto y un diálogo basado en el respeto mutuo. Una búsqueda honesta de toda la verdad conducirá invariablemente a la aceptación, la conclusión y la verdadera reconciliación.
La extensa y común historia de turcos y armenios estuvo marcada, durante siglos, por la armonía, la fecundación cultural y la prosperidad mutua. Nuestros pueblos florecieron juntos en pacífica convivencia.
Es cierto que la disolución del Imperio Otomano, los movimientos nacionalistas apoyados por poderes externos y los horrores de la Primera Guerra Mundial crearon un abismo que empañó los lazos históricos entre los dos pueblos. Millones de personas perecieron innecesariamente, fueran cristianos, musulmanes u otros. El trauma infligido a poblaciones inocentes por las circunstancias de una gran guerra, la agitación étnica y la extensa violencia abrieron cicatrices a largo plazo para todas las comunidades involucradas, que aún hoy en día son tristemente visibles.
Turcos y armenios en particular, a través de sus gobiernos o la sociedad civil, han lidiado con este pasado turbulento durante décadas. La memoria, la justicia y la tolerancia se han convertido tristemente en nociones politizadas y complicadas a medida que los parlamentos nacionales, los tribunales e incluso las organizaciones internacionales o locales se vieron obligados a adoptar posturas políticas sobre lo que sigue siendo una legítima controversia histórica.
Mientras tanto, la historia no se detuvo. A lo largo de 11 largos años (1973-84), las organizaciones terroristas armenias como ASALA y JCAG realizaron una matanza sostenida, asesinando a 42 diplomáticos turcos en una campaña de terror única en la historia mundial. Hasta el día de hoy, en vez de condenar estos crímenes, se ha tratado a los perpetradores como mártires. El último de estos actos fue hace unos días en Ereván. Los restos de Gurgen Yanikian, un terrorista armenio que asesinó a sangre fría a Mehmet Baydar, el entonces Cónsul General Turco en Los Ángeles y al Vice-Cónsul Bahadır Demir en 1973, fueron llevados y enterrados en un cementerio militar en Ereván en una ceremonia oficial. Este fue un acto reprensible que glorificó el terrorismo y trajo retrospectivas de los horrores del pasado. El pueblo turco, y sus representantes en el extranjero, diplomáticos turcos como yo, continúan traumatizados por los brutales y sistemáticos asesinatos realizados por ASALA y JCAG.
Por otro lado, en 1992, tras el colapso de la Unión Soviética, la República de Armenia, a través de la fuerza bruta, invadió el 20 por ciento del territorio de Azerbaiyán independiente e empujó a cientos de miles de civiles azeríes a emigrar a otras partes de Azerbaiyán. En particular, en febrero de 1992, fuimos testigos de la Masacre de Khojaly, donde 613 azeríes inocentes, entre ellos mujeres y niños, fueron asesinados sistemáticamente por el ejército armenio en un día. Hasta ahora, a pesar de cuatro resoluciones sucesivas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que piden una retirada incondicional, Armenia sigue ocupando ilegalmente suelo soberano azerí y cerca de un millón de azeríes son internamente desplazados. Este conflicto continúa desestabilizando la región, afectando también a la seguridad turca.
A pesar de esta agresión armenia, y como un intento fidedigno de por lo menos abordar aquellas partes de nuestra historia común con los armenios que se encuentran en disputa, Turquía en el año 2005 propuso formar una "Comisión de Historia Conjunta" también con participación internacional y abrir mutuamente todos los archivos relevantes. La idea era dejar que los historiadores trataran la historia de una manera objetiva y no política. Esta propuesta, que se transmitió a Armenia oficialmente, sigue vigente. No obstante, hasta el día de hoy, Armenia se ha negado a participar en este esfuerzo de sentido común.
Más importante aún, Turquía en el año 2009 dió el paso más valeroso de ofrecer la normalización de las relaciones con la República de Armenia. En un proceso innovador que comenzó con una "diplomacia futbolística" creativa, nuestros dos gobiernos en Ginebra firmaron una serie de protocolos que tenían como objetivo establecer relaciones diplomáticas y normalizar las relaciones entre las dos repúblicas vecinas. Esta histórica ceremonia de firma fue presenciada por los Ministros de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos, Francia y la Federación de Rusia. Desafortunadamente, antes de que la tinta de las firmas en los protocolos estuviera seca, el Estado armenio intervino. En una desafortunada pero histórica decisión del Tribunal Supremo de Armenia, los protocolos firmados por los líderes fueron declarados nulos e inválidos. El gobierno armenio hizo lo mismo en 2018 y se retiró de este histórico acercamiento.
Mientras tanto, un constante impulso por parte de ciertos círculos armenios para degradar a Turquía y su historia ha sido continuo, con el apoyo externo de las naciones que quisieran usar este tema como ventaja contra Turquía para perseguir sus propios intereses. México se mantuvo deliberadamente fuera de este proceso y optó por no politizar la historia, una postura importante basada en principios, que muchos otros gobiernos y parlamentos lamentablemente no han emulado.
Hasta el día de hoy, Turquía mantiene su compromiso con los protocolos y la oferta de reconciliación para establecer relaciones diplomáticas y normalizar las relaciones. Desafortunadamente, la última rama de olivo que se extendió hace casi exactamente una década, sólo ha recibido más enemistad, difamación y hostilidad.
La historia al igual que la memoria, puede ser, y muchas veces es selectiva. Las narraciones diametralmente opuestas arraigadas en miras de un solo lado pueden dividir a pueblos y naciones. Nuestro objetivo debe ser fomentar la reconciliación a través del diálogo y ofrecer justicia y reconocimiento a todas las víctimas que han sufrido a lo largo de la historia. La victimización no puede ser monopolizada. Si lo es, la verdadera justicia y la reconciliación genuina siempre serán esquivas.
Se dice que hay dos caras en cada historia. El desafío para aquellos que buscan la reconciliación es no refugiarse en la comodidad de uno de esos lados, sino buscar la verdad, que a menudo se puede encontrar en algún lugar de en medio. Esto sólo puede ser posible a través de un compromiso abierto y un diálogo basado en el respeto mutuo. Una búsqueda honesta de toda la verdad conducirá invariablemente a la aceptación, la conclusión y la verdadera reconciliación.
Mi más sincera esperanza es que tal proceso sea posible entre Turquía y Armenia.
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