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El arte en nuestras manos

01/02/2018
01:58
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¿Qué lugar le damos al arte en la sociedad mexicana? Y sobre todo: ¿Qué tan benéfico es asignarle importancia al arte en nuestras vidas?

Un poema que se le atribuye a Pablo Neruda reza: “Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música; quien no encuentra gracia en sí mismo.” El arte sirve para eso: para darle gracia a nuestras vidas. Baste con ver nuestros hábitos: muchos leen para distraerse, otros oyen música, van al cine, bailan, pintan, o admiran obras arquitectónicas. A fin de cuentas, todo ello es expresión artística.

Pero cuando nos esforzamos en educar nuestra sensibilidad para interpretar las artes, las ganancias se ven también en una sociedad más sensible; en ciudadanos que perciben más las sutilezas, que se cuestionan acerca de ellas, y que por ende, son más comprometidos con su entorno.

Pongamos como primer ejemplo a una persona que tiene la oportunidad de leer un mural que dice “Al leer vives muchas vidas”. Ese alguien se pregunta ¿Qué querrá decir esa frase?, ¿Por qué lo dirá? Y al momento ejercita un pensamiento reflexivo para descifrarla, que es la base para procesos intelectuales más complejos. Él o ella recibe una ganancia intelectual para sí mismo, al mismo tiempo que se vuelve perceptivo con los detalles de su medio.

Ahora veamos como referencia al arte del cine, a través de la película “La Ley de Herodes”. En ella se expone la atroz cara de un México corrupto, de algunos políticos sin congruencia y sin escrúpulos. En general, tras ver esa película, ya no podemos pensar igual: terminamos indignados, dándonos cuenta de terribles realidades, y repitiéndonos, al menos, que nunca podríamos prestarnos a tan corruptas cuestiones. Al pensar de esa manera, ya le estamos dando una ganancia a la sociedad en que vivimos.

Y así, una buena pieza de arte puede convencernos de lo que sea: de cuidar el medio ambiente, de rechazar discriminaciones, y hasta de sentirnos más orgullosos de nuestro país, como sucede con las danzas folklórikas, el mariachi, las pinturas murales, o la misma película de “Coco”.

El arte en las sociedades es tan poderosa, que logró levantar a Grecia y a Roma para su inmortalidad. Tan pudiente, que cuando la Iglesia Católica se apoderó de ella, logró dominar todos los aspectos de la vida occidental, hace algunos siglos. Tan efectiva, que ha logrado reconstruir la moral de sociedades devastadas por dictaduras o guerras.

Pero para lograr lo anterior se requiere no sólo de producir arte, sino de contar con una metodología para tratarla: de que sea visible, de fácil acceso, agradable acercarse a ella, y de dar a la población unas pautas mínimas para su interpretación.

Porque pensemos en qué es lo que pasa con un grupo de niños que están recibiendo clase de Educación Artística en una escuela, a partir de un libro que casi nunca tocan, o que si lo hacen, es de manera aleatoria, sin seguir un verdadero procedimiento que los encamine a la sensibilidad artística. Esos niños verán al “Arte” como una materia más de relleno, como un tiempo aburrido y tedioso.

Las artes deben ser atendidas en las escuelas en su globalidad. Se debe promover el contacto con todas, para que los niños puedan decidir cuáles son las que más les gustan, y que se constituyan en una placentera escapatoria desde su temprana edad. Por ello, todas las disciplinas artísticas deben tener cabida en los programas de estudio, acompañadas de su pertinente metodología para poder valorarlas.

Pero además, las calles también pueden ser una Escuela de Arte. A través de muros que “hablen” con frases y pinturas, como los que vio Colima hace unos cuantos años, y los que ahora vive la Ciudad de México, a través de Acción Poética. Las calles se convierten en escuelas de arte cuando se anuncian los eventos culturales que tendrán lugar, pero en sitios muy visibles, como paradas de autobuses, para que la gente pueda enterarse de ellos, y no sólo algunos cuantos que visitan los sitios web culturales.

Las escuelas y las calles pueden convertirse en centros de valoración artística. Y al hacerlo, se convierten en promotores de personas más sensibles con ellos mismos y con las problemáticas de sus alrededores. Si algunos males de los que padecemos en sociedad son con frecuencia la apatía, el aburrimiento, y la falta de razonamiento crítico, las artes constituyen un excelente antídoto para darle vuelta a la historia.

Padres de familia, maestros y encargados de las políticas públicas, pueden contribuir a que ello suceda, y a que no muera lentamente un espíritu que podría unirnos a todos

Ganadora del concurso de oratoria de EL UNIVERSAL 2017