¿El Vaticano va en serio contra la pederastia?

Rogelio Gómez Hermosillo M.

Terminó la reunión La protección de los menores en la Iglesia convocada por el papa Francisco. La expectativa es que haya un cambio real.

Es indispensable que esta reunión sea un punto sin retorno para que la Iglesia enfrente con seriedad, sin complicidad alguna, los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y obispos hacia menores de edad. Pero por ahora es sólo una posibilidad, no hay certeza de que así será.

El papa Francisco quiere enfrentar el problema. Su discurso no deja lugar a dudas: “Deseo reiterar ahora que la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. La Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso” (mensaje de cierre de la reunión, 24/02/19). Pero su intención no basta en una institución tan compleja y tan grande como la Iglesia católica universal.

La convocatoria a una reunión del mas alto nivel, que congregó a presidentes de todas las Conferencias Episcopales, es también una buena señal. Muestra en los hechos que el Vaticano no puede minimizar ni mucho menos ocultar la realidad. La reunión le otorga la más alta visibilidad y exige actuar en consecuencia.

La negación y el “secreto” ya no son opción. Se reconoce que estos abusos afectan la credibilidad y autoridad moral de la Iglesia en su misma esencia. Tanto al interior, como en su relación con el resto del mundo.

Una primera directriz clara es poner en el centro a las víctimas. El Papa instruyó que en cada país se escuchara antes a las víctimas. Se dieron a conocer datos, se difundieron casos y se han destapado nuevos escándalos. Es lógico.

La condena del cardenal George Pell, en Australia, confirma que hasta ahora no ha habido “tolerancia cero”. La revelación del cardenal R. Marx, de Alemania, sobre la destrucción y no integración de expedientes en denuncias de pederastia, confirma la urgencia de lineamientos rigurosos de atención.

Pero la reunión aún no produce resultados específicos. No se emitieron decretos o reglas. Esto ha generado decepción y críticas. Las organizaciones de víctimas exigen acciones con urgencia. El agravio es muy grande y por eso la exigencia es muy fuerte.

El silencio durante el pontificado de Juan Pablo II derivó en complicidad y en revictimización. Durante más de 25 años —y hasta la fecha sigue sucediendo— la jerarquía reaccionó como lo hacen las instancias de poder: protegiendo a los suyos, enfrentando a quien denuncia, ocultando y minimizando los problemas, evitando la acción de la justicia e incluso omitiendo la aplicación de las normas canónicas internas.

Por desgracia, uno de los casos más graves, emblemático en muchos sentidos, se generó en México. La red de complicidad y encubrimiento construida por el P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, le permitió gozar no sólo de impunidad, sino de gran poder y prestigio durante décadas, pese a múltiples denuncias. En nuestro país, la Conferencia Episcopal Mexicana debe actuar con seriedad y prontitud y no como lo hizo antes.

Muchos, dentro y fuera de la Iglesia, esperamos que esta reunión sí rinda resultados efectivos. Desde el Vaticano explican que quieren contar con protocolos basados en las mejores prácticas (es buena señal tomar como base documentos de la OMS y ONU).

La Iglesia debe tener lineamientos precisos y generar instancias accesibles en las diócesis y en cada país, para recibir denuncias, para evitar encubrimiento, para notificar a las instancias de justicia y aplicar sanciones internas y para atender a las víctimas.

De la aprobación y aplicación de estas medidas dependerá si la reunión fue un cambio de fondo. Por desgracia, no se pueden evitar los casos de abuso. A lo que la Iglesia está obligada es a no ser cómplice, a facilitar y promover la acción de la justicia secular, a generar ambientes de cero tolerancia, a mejorar la prevención y a ponerse siempre del lado de las víctimas.

Analista de temas religiosos

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