El 68 que no se me olvida

Ricardo Rocha

Me llena de orgullo haber participado en aquellos ríos de miles de jóvenes. Todavía me tiemblan las manos por los nervios de la brocha pintando consignas por el rumbo de La Castañeda en Mixcoac

Alguna vez me pidieron un currículum hiper sintético. Mandé dos datos: nací en Tepito y entré a nuestra UNAM en el 68. Son los dos hechos que me definen. Años después cuando lo del video de Aguas Blancas, dijeron en Gobernación que fui líder estudiantil de aquel movimiento y luego instigador de guerrillas. Como si recién llegado me hubiera convertido en dirigente. Lo que sí es cierto y me llena de orgullo es haber participado en aquellos ríos de miles de jóvenes que llenaron las plazas y los corazones de millones de mexicanos. Todavía me tiemblan las manos por los nervios de la brocha pintando consignas por el rumbo de La Castañeda en Mixcoac. Después de todo, sí se necesitaba estar un poco loco para desafiar la madrugada o la amenaza de una patrulla: “seamos realistas, pidamos lo imposible”. O las piernas hechas gelatina cuando en el boteo de un camión se subieron dos policías y aquella anciana me sentó a su lado, escondió el bote en su chal y me apapachó como si fuera su nieto, hasta que los sabuesos se bajaron.

La verdad, no sé cómo empezó todo. Seguro que una ensoñación personal y luego un gran sueño colectivo. Poco a poco más mítines y con más gente. Y las consignas en las voces de aquellos en los que creímos y seguimos: un alto inmediato a la represión; la exigencia de justicia y el rechazo total a un gobierno violento y autoritario. Y flotando en el aire, envolviéndolo todo, un deseo todavía indefinible, pero naciente y hasta ingenuo, de apertura al ejercicio de la libertad en México. Porque sentíamos que cada paso que dábamos en la calle nos hacía más libres. Así que la indignación tenía también esa otra cara del regocijo y el alborozo.

Incluso sin palabras, esa emoción interna fluía entre nosotros y hacia quienes nos alentaban desde las banquetas en la memorable Marcha del Silencio del 13 de septiembre con los miles que colmamos el Zócalo, hasta que los tanques rodearon la plaza: ¡No corran compañeros, sentados, sentados, nos quieren provocar!

Lo que es el destino, dos semanas después no fui a Tlatelolco a causa de los señores Servitje. Sí, los de Bimbo. Y es que trabajaba por las tardes en una agencia de viajes en la glorieta de Colón. Según yo, me iría caminando a las Tres Culturas. Pero resulta que la familia de don Lorenzo, muy numerosa, cambió su itinerario por Europa y mi jefe fue implacable: ya estuvo bueno de marchitas y primero la chamba. Terminamos a la media noche. Y hasta donde estábamos no llegaron los disparos ni la luz de bengala que los inició. Solo días después me fui enterando por testimonios asustados de la masacre. Y tanto como los muertos me dolió el silencio. Por eso desde entonces decidí contar historias.

Paradójico: hace unos días, en la que fue mi casa por tanto tiempo, se retransmitió un programa que realicé hace 20 años, sobre el dos de octubre. Fue un brutal, doloroso pero también reconfortante ejercicio de memoria. De él rescato algunas frases de mis entrevistados: “fue una odiosa, criminal y cobarde trampa” Búho; “lo terrible es tener 20 años y estar preso” González de Alba; “más que una protesta, los estudiantes llamamos a un cambio social” Pino; “fue una valientísima demostración contra la inmensa fuerza del sistema” Monsi; “más que una revolución fue la instauración de una verdadera democracia” Paz.
Así que lo que hoy está ocurriendo en este país no es casual, sino causal. Desde hace 50 años. Falta que el nuevo gobierno esté a la altura de esa memoria.
 

Periodista.
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