Mosul aguarda el ataque final

Yousif Ibrahim, monje, y combatientes como James, narran los momentos de tensión que se viven en Mosul antes de que sea lanzado el asalto final para retomar el control de esta ciudad de Irak ocupada por el Estado Islámico

El ejército iraquí, junto con combatientes kurdos y el apoyo aéreo de Estados Unidos, buscan rodear Mosul antes de lanzar el asalto final para retomar el control de la ciudad (HUGO PASSARELLO)
Periodismo de investigación 18/07/2016 03:20 HUGO PASSARELLO Actualizada 18:28
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Parado en la terraza, Yousif Ibrahim prende un cigarro. Aspira y observa fijamente el extenso horizonte mientras habla. “Detrás de esa densa neblina está Mosul”, dice mientras señala hacia el suroeste, donde se encuentra la segunda ciudad más importante de Irak, que está en manos de los yihadistas desde hace dos años.

Un tiro de artillería pesada no altera la dirección de su mirada. La voz y los silencios de este monje iraquí destacan por igual en lo que queda de esta antigua construcción en la que vive desde 2006, el monasterio cristiano de Mar Mattai (San Mateo, en siríaco), a 10 kilómetros del frente con el grupo yihadista Estado Islámico (EI). Este monasterio se ha convertido en un santuario para los civiles locales.

El recinto, fundado en el siglo IV y construido sobre una de las laderas del Monte Alfaf, es uno de los más antiguos e importantes del país. En él, Yousif Ibrahim fue ordenado como religioso y superior del monasterio hace una década. “En junio de 2014, cuando el Estado Islámico tomó Mosul, llegaron acá más de 65 familias cristianas buscando refugio. Se quedaron dos meses hasta que los yihadistas tomaron Bashiqa y entonces se fueron más al norte, a las zonas del Kurdistán”, relata.

Bashiqa está a sólo 30 minutos del monasterio y es el último pueblo antes de llegar a Mosul. El frente de la guerra se detuvo ahí. Quizá no por mucho tiempo. El ejército iraquí, junto con combatientes kurdos y apoyo aéreo de Estados Unidos, buscan rodear Mosul antes de lanzar el asalto final para retomar su control. “Es muy difícil para nuestra gente volver a sus hogares en Mosul”, dice Yousif Ibrahim. “Han perdido la confianza. Ven que no son bienvenidos allá.”

Cuando la ciudad cayó en manos de los yihadistas, alrededor de 3 mil cristianos tuvieron que elegir entre huir, aceptar la muerte o convertirse al Islam. La mayoría logró escapar, algunos hacia el norte del país, otros al extranjero.

“La mayoría prefiere irse de Irak. Perdieron la confianza en el futuro”, dice el monje de 42 años. “Yo también la perdí. No tengo esperanza para los cristianos, ni aquí ni en el resto de Medio Oriente”.

A finales de los años 80, había casi un millón 500 mil cristianos en Irak. Actualmente la cifra se reduce a 300 mil.

 

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Quedarse a pesar de todo

Sin importar el peligro y la desilusión, algunos habitantes prefieren quedarse.

“Vinimos a Mar Mattai de visita, como todos los años”, dice por su parte Louy Qanam Goriges, empleado público de 52 años. “Nos vamos a quedar tres días”, añade mientras calienta un poco de té en el cuarto que ocupa su familia.

El monasterio tiene más de 100 habitaciones para albergar a los visitantes que durante el avance de los yihadistas fueron usadas para refugiar a las familias que huían. Goriges vino con su mujer y sus tres hijos. Hoy son los únicos visitantes que dormirán en el lugar. Son de Ba- shiqa, pero vivían en Bagdad hasta que en marzo de 2014 se trasladaron a Erbil.

“No queremos irnos de Irak”, dice Goriges. “Vivir en otro país no es fácil. Tengo amigos y familiares que viven en el extranjero. Llevan una buena vida, pero todavía se sienten extraños al lugar”, enfatiza mientras su hija, de 19 años, y su hijo, de 17, asienten y luego confirman su deseo de quedarse y continuar sus estudios en el país donde nacieron.

Su determinación, a pesar del riesgo, es tan abrumadora como la realidad de Irak. “Nos fuimos de Bagdad después de que mi mujer sobreviviera a tres atentados. Dos coches- bombas y una mujer suicida”, cuenta Goriges.

En uno de esos ataques, la mujer, una maestra de liceo, estaba con el hijo menor, de seis años. El cabello del niño se llenó de fragmentos de vidrios que estallaron por el atentado. Esa imagen fue suficiente para salir de Bagdad.

Desde que el Estado Islámico tomó su ciudad natal, Bashiqa, en la ruta hacia Mosul, Goriges y su familia no pudieron volver a visitarla.

“Es difícil para los cristianos volver y vivir en nuestros pueblos y ciudades. Sus casas pueden haber sido destruidas, como también el pueblo. Además, la gente que vive en Mosul ha sido adoctrinada con ideas contra los cristianos. El regreso es difícil”, reitera mientras sienta sobre sus rodillas al menor de sus hijos.

Luego del té, la familia de Goriges deja la habitación para reunirse en el templo, cavado en el interior del monte, para rezar. En el camino cruzan a Ibrahim.

¿Batalla a voluntad de Dios?

“Nuestro Dios dice que si te persiguen en un lugar, debes irte a otro”, dice Yousif Ibrahim. “Somos hombres de paz. No podemos pelear. No podemos matar. Es la voluntad de nuestro Dios”. Sin embargo, la voluntad de Dios no doblegó la voluntad de James Albazi Albazi.

—¿Has matado combatientes del Estado Islámico? —le pregunto.

—Por supuesto —responde rápido.

James es un hombre asirio de 27 años que sostiene una Kalashnikov (AK-47) entre sus manos. “Los francotiradores se acercan y nos tiran desde allá”, dice señalando un campo abierto que separa la trinchera desde donde James vigila sin parpadear Batnai, población que está a sólo dos kilómetros de su posición y que permanece bajo control de los yihadistas.

Como James, otros 20 hombres mantienen guardia en esta sección en las afueras de Telskuf, un pueblo cristiano a 30 kilómetros al norte de Mosul. Los combatientes pertenecen a las Fuerzas de protección de la llanura de Nínive, una de las brigadas formadas sólo por cristianos para defender sus pueblos y tierras.

Todos los habitantes de Telskuf, a una hora de ruta al oeste del monasterio Mar Mattai, abandonaron el pueblo antes de que fuera tomado por los yihadistas, en agosto de 2014.

Durante 11 días y 11 noches, los combatientes del Estado Islámico saquearon las casas, pusieron explosivos y reemplazaron las cruces de las cúpulas de las iglesias por la bandera negra de su grupo y el lema: “No hay más dios que Alá”. Pero el 17 de agosto, las fuerzas kurdas los expulsaron del pueblo.

Safaa Khamro estuvo entre los hombres que recuperaron Telsukf. Hoy es el comandante de las fuerzas cristianas que protegen el pueblo que lo vio nacer. “Somos 185 hombres aquí”, asegura, a pesar de que sólo se puede ver a una veintena de ellos repartidos entre las calles y casas vacías. Ningún habitante pudo volver todavía. La zona es aún peligrosa.

Mientras que el ejército iraquí avanza desde el sur, tomando localidad por localidad, las fuerzas en Telskuf, cristianas y kurdas, esperan órdenes sobre el asalto final a Mosul para recuperarla. “Esa cruz la volvimos a poner nosotros”, dice Khamro desde el techo de una de las iglesias mientras uno de sus hombres se trepa en lo más alto de la cúpula. En pleno julio, el sol lastima y pronto vuelve a descender. Como el resto del pueblo la iglesia fue arrasada y el piso está cubierto de vidrios y escombros. Un soldado muestra una pared en la que cuelgan intactos los retratos del papa Francisco y dos prelados.

“¿Hay futuro para los cristianos en Irak? Yo debería hacerte esa pregunta. Eres el periodista número 119 que me entrevista. Estoy decepcionado con ustedes porque la coalición no nos apoya. Necesitamos más armas y vehículos”, dice el comandante Khamro, escoltado por sus hombres mientras recorre el templo.

La decepción del militar iraquí es compartida por el religioso. “Un mensaje para ustedes es que deben apoyar a nuestra gente”, dice Yousif Ibrahim, el monje, al encender otro cigarrillo en la terraza del monasterio. “Deben dar facilidades para dejar este país y que empiece una vida nueva”. Sentencia que él se quedará hasta que se vaya el último miembro de su parroquia, que se extiende hasta Mosul: casi 5 mil familias.

“Si todos se van, el lugar quedará en ruinas. Por supuesto…”, responde con una ligera sonrisa Yousif Ibrahim.

El monasterio de Mar Mattai ya no conserva ni la tumba del santo que lo fundó. Ni las reliquias ni los antiguos manuscritos que estuvieron ahí durante siglos. Todo tuvo que ser embalado por Yousif Ibrahim y otros siete monjes en apenas unas horas, cuando el avance yihadista parecía inevitable. “Ahora todo está en el Kurdistán”. Mientras conversa sigue mirando el horizonte, donde la neblina se empecina en cubrir Bashiqa, también a Mosul.

Un nuevo tiro de artillería vuelve a romper la calma silenciosa del monasterio. “Estamos acostumbrados. Cuando no lo oímos sentimos que algo nos falta”, dice Ibrahim y ríe con fuerza. El sol, rojo, comienza a ocultarse ahí donde el monje dice que está Mosul. Nuevamente un mortero sacude la llanura de Nínive.

Nadie conoce la fecha, pero todos lo presienten. Falta poco para la batalla. Podría ser mañana... De ser así, se prevé que podrían huir entre 250 mil y hasta un millón de personas. El gobierno iraquí ya tiene un plan de emergencia para la posible operación militar que expulse a los yihadistas de la urbe.

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