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Mañanas como ésta se han convertido en una rutina para Armando Robles: alguien le ha dejado en su lugar de trabajo el cadáver de un hombre ejecutado al estilo del crimen organizado.
El hombre de 37 años llega a las nueve de la mañana a su trabajo en la colonia Doctores, saluda a sus compañeros, firma su entrada y abre la puerta de su oficina para encontrar en una plancha de acero los restos de un treintañero que hace unas horas caminaba por el centro de la capital y que ahora está acostado con tres orificios de bala: uno en el costado izquierdo, otro en el derecho y —el más importante— un agujero circular de un centímetro de diámetro justo debajo de la barbilla, como tiro de gracia.
Cada martes, jueves y sábado está a la espera de cuerpos de ejecutados, como el del joven de esa semana a quien primero le metieron una bala en el ojo izquierdo y cuando giró para tocarse la cara instintivamente, un desconocido le disparó por segunda ocasión en la mejilla derecha, destrozándole la cara.
Armando es uno de los cuatro tanatopraxólogos, o maquillistas de quienes mueren de manera violenta, con los que cuenta el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Su labor empieza cuando sus colegas de los bisturís, sierras quirúrgicas y cinceles han terminado de excavar en un cuerpo para realizar la necropsia; entonces sus manos entran en acción y con labiales, pinceles, sombras, bases y hasta pegamento intenta borrar las lesiones que los homicidas han dejado en el rostro de los asesinados que han sido reclamados por sus familiares.
Las manos de este técnico en reconstrucción craneofacial son un registro de la violencia que escala en la ciudad: en sus cuatro años en el Instituto de Ciencias Forenses (antes Semefo) ha visto el aumento de baleados, desmembrados, encajuelados, ejecutados, enmaletados… y el crecimiento en la saña de los delincuentes, lo que dificulta su labor de restaurar rostros.
“Antes, dos de cada 10 cuerpos llegaban con balazos”, comenta Armando mientras manipula la cabeza del fallecido para rasurar su incipiente barba y poner una capa maquillaje en los párpados, “ahora son seis o siete. Muchas veces es el tiro de gracia o descargan toda el arma y apuntan a la cara”.
Conversar sobre cadáveres y tocarlos es algo natural en él, como quien platica y escribe en la computadora. Aplica polvos para disimular las venas reventadas en el cutis, corta ligeramente el cabello para darle una mejor apariencia al cadáver, se asegura de que el corte de 20 centímetros en la parte superior de la cabeza no tenga fugas de líquidos y maquilla el orificio que dejó en el mentón la bala de arma corta.
“Antes estaba en el Estado de México, y allá se ven cosas muy fuertes. Hoy, la verdad, estoy viendo esos mismos casos pero acá en el DF”, continúa mientras coloca pegamento en los párpados y labios del hombre asesinado. “Así nomás, por lo que veo en el trabajo, esta ciudad se está poniendo rápidamente más violenta”.
Armando intuye lo que los informes públicos del gobierno federal confirman: el Distrito Federal vive uno de sus peores momentos en materia de seguridad.
Récord negro
La ciudad de México rompió un deshonroso récord bajo la administración de Miguel Ángel Mancera: por primera vez desde que los defeños eligen gobernantes con voto directo, hay más muertes por asesinatos que por accidentes viales o negligencias humanas.
Con datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), que se encarga de contabilizar la incidencia delictiva en cada entidad del país, EL UNIVERSAL encontró esta marca revisando las cifras de homicidios dolosos de los gobiernos capitalinos de los últimos 18 años.
Entre 1997 y 2000, con Cuauhtémoc Cárdenas y Rosario Robles, los asesinatos (homicidios dolosos) fueron minoría, con 48.9%, frente a 51.1% de muertes accidentales (homicidios culposos); es decir, la mayoría de los capitalinos que morían violentamente era por descuidos.
Esa tendencia siguió por dos jefaturas más: en el primer trienio de Andrés Manuel López Obrador (2001 a 2003), los homicidios dolosos fueron minoría, con 44.6%; al igual que en el periodo de Marcelo Ebrard (2007 a 2009): 47.9%.
Sin embargo, en los tres primeros años de gobierno de Miguel Ángel Mancera, entre el 1 de enero de 2013 y septiembre de este año, esa estadística se volteó por primera vez: actualmente hay más muertes por asesinatos (51.5%) que homicidios accidentales (48.5%).
Además, de continuar con la actual tendencia hasta el cierre de año, Mancera rompería un segundo deshonroso récord: sus tres primeros años en el Palacio del Ayuntamiento terminarán con unos 2 mil 350 asesinatos, mientras que Ebrard y López Obrador cerraron su primera mitad de sexenio con 2 mil 174 y 2 mil 227 homicidios dolosos, respectivamente.

La mano del crimen
Jorge Luis Dorantes, jefe del anfiteatro central del Gobierno del Distrito Federal, es un doctor que desde 1975 ha visto los picos bajos y altos de violencia en la capital mexicana, a través de su puesto en el Instituto de Ciencias Forenses.
La mañana de nuestra conversación, la mayoría de los diarios publicaron una balacera ocurrida horas antes, a tres kilómetros de su oficina en la calle Doctor Liceaga: dos personas se balearon en Tepito, en la esquina de Eje 1 Norte y República de Argentina, a plena luz del día y sin que ningún policía los detuviera. Como evidencia del enfrentamiento quedaron seis casquillos en el asfalto y un peatón herido de bala. En el barrio, los rumores apuntan a miembros de La Unión que luchan contra el Cártel del Golfo, grupos criminales dedicados al trasiego de droga.
“Anteriormente, hace 20 o 30 años, los hechos de muertes violentas más frecuentes eran los accidentes de tránsito (…), lo que hemos notado [ahora] es que las causas de muerte producidas por armas de fuego han aumentado considerablemente”, dice el doctor Dorantes.
Admite que los modos de asesinato que suelen atribuirse al crimen en zonas rojas como Tamaulipas, Michoacán, Veracruz… han aparecido en los últimos años con mayor frecuencia en la ciudad de México. Su fuente de información son las tres cámaras de refrigeración que suelen mantenerse a cuatro grados centígrados para conservar hasta 400 cadáveres que pueden ser atendidos por un centenar de peritos.
En una de esas cámaras se guardó el cuerpo del hombre de 29 años que la mañana del 19 de octubre fue hallado colgado en el puente de La Concordia, en Iztapalapa; la víctima tenía un tiro de gracia, una máscara de Halloween en el rostro, vendajes en el cuerpo, y a 100 metros un mensaje escrito con dedicatoria para un grupo delictivo rival. Dos días después, apareció otro ejecutado con un mensaje dirigido al jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, firmado por el grupo delictivo Gente Nueva de Avispa.
“Lo que más nos impresiona es cuando descuartizan a las personas, la saña. Aquí los descuartizados que llegamos a ver son de pandillas o grupos de delincuentes que hay en el país.
“Considero que esto es por los grupos delictivos que existen en la ciudad (…) Encajuelados, asfixiados, encobijados, son de esos grupos, porque [encontramos] papelitos de ‘somos de grupo fulano de tal y venimos por lo demás”, comenta el doctor Dorantes.
Su rutina es distinta a la que tenía a mediados de los 70: hoy los casos que más recuerda este médico que trabaja para el Tribunal Superior de Justicia del DF son los de familias completas que recibieron disparos, o en los que dos o tres personas que viajaban en el mismo auto son ultimadas a balazos.
“La violencia siempre ha existido, ahora la vemos más porque dejan los cadáveres al descubierto (...) Hay pleitos entre grupos antagónicos que quieren dominar zonas para el narcotráfico”, dice. Sus dichos serán confirmados menos de 24 horas después de nuestra despedida, el 6 de octubre pasado: Jonathan, de 29 años, y Raúl, de 34, primos-hermanos, fueron baleados al día siguiente en el barrio San Juan de la delegación Gustavo A. Madero, una zona de conflicto entre grupos dedicados al narcomenudeo.
Para que no hubiera duda sobre si el crimen fue por robo o un ajuste de cuentas al estilo mafioso, los asesinos dejaron una pista a los policías que acordonaron la zona: 20 casquillos de arma de fuego regados a los pies de los familiares que abrazaban los cuerpos de sus muertos.
Borrar heridas de bala
Armando maquilla todo tipo de muertos en esta ciudad: bebés, niños, adultos mayores, jóvenes, hombres y mujeres adultas.
Muchos muertos equivalen a muchos recuerdos, pero el más vívido para él es el de una joven que hace un año lloraba la muerte de su madre, una anciana a quien sus victimarios le cortaron la cara con una navaja para robarle lo que tenía en su casa; el técnico necesitó hora y media de trabajo para devolverle un aspecto apacible.
“Esos son los más difíciles: las heridas punzocortantes en el rostro o escoriaciones, pero las lesiones de arma de fuego son fáciles”, cuenta y pasa una brocha por encima del balazo que ultimó al treintañero de esta mañana, “si tenemos un balazo que provocó pérdida de tejido, hacemos una sutura y aplicamos pegamento para que quede fijo, corrector, maquillaje y listo. Si no es necesario tanto, con uno o dos puntos de sutura se cierra una herida de bala”.
En unos minutos termina con el cadáver de ese hombre, sonríe y se alista para los siguientes asesinados: uno de ellos, un taxista al que le abrieron la cabeza con un disparo arriba de la nuca —“el occipital derecho”, dirá Armando—, otro tipo de ejecución que suele tener la firma del crimen organizado.
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