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Migrantes. Escuelas para pobres

Nación 01/05/2016 02:10 Julián Sánchez - enviado México Actualizada 15:12
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En Michoacán, el Conafe permite que en temporada de zafra los hijos de jornaleros sigan sus estudios en los campamentos, para después retomar el ciclo escolar en sus comunidades de origen

Tacámbaro, Michoacán

“Aquí no dan camas, sólo petates, pero me gusta más dormir en el suelo”, afirma Alicia Antonia Hernández Sánchez, una niña indígena de 10 años, quien vive desde hace cuatro meses en un albergue junto con sus hermanos y sus padres, quienes, como migrantes agrícolas, salen cada año de su natal Oaxaca hacia Nayarit o Michoacán para trabajar en la zafra.

Sin oportunidad para llevar una educación adecuada, Alicia cursa cuarto grado de primaria en su estado, donde habla español y zapoteco. Le gustan los libros de terror e Historia, pero hasta hace menos de un año los puede entender con mayor facilidad; antes de ese tiempo no sabía leer bien.

Ahora lee mejor y se ha aprendido todas las tablas de multiplicar, por las clases que toma en uno de los cuartos del albergue en el que vive, donde las clases las imparten los líderes o figuras educativas comunitarias del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe).

“La situación es difícil, tenemos que dejar nuestra casa porque allá [en Oaxaca] no hay trabajo y mi esposo tiene que buscar dónde ganar dinero, y nos vamos a Nayarit o aquí”, comenta Silvia Sánchez, madre de Alicia y de otras dos niñas, de siete y 12 años, así como de un niño de tres años.

Con ingresos apenas para comer, la niña extraña a sus amigos de la comunidad de Santa María Xadani, Oaxaca, y prefiere estar allá, aunque dice que se siente contenta en el albergue porque aprende más cosas con los jóvenes instructores del Conafe.

“He aprendido las partes del cuerpo, me gusta la ciencia y leer cosas que han pasado. La Historia me gusta”. Muestra seguridad cuando habla del sueño de convertirse en maestra para enseñar a niños que, como ella, tienen dificultades para llevar una enseñanza continua.

El rincón de los juguetes

Alicia nos invita a pasar a su cuarto para enseñarnos los petates en los que duerme su familia y la hamaca en la que se turnan para descansar por las noches. Voltea hacia uno de los rincones donde están unos juguetes y dice: “A mí ya no me gustan los muñecos de peluche, yo ya estoy grande”, se define la niña al mostrarnos a Pánfilo, un conejo de peluche de su hermana Deisy, de siete años, y una ardilla que aún no tiene nombre.

Del piso levanta un cuaderno en el que hace dibujos y luego acomoda uno de los petates que movió con los pies al pasar. “Me gusta dibujar las partes del cuerpo y paisajes” porque le recuerdan a Santa María Xadani y a sus amigos oaxaqueños, a quienes extraña cuando está en Michoacán o en Nayarit.

“Voy más a Nayarit que aquí. Allá en Nayarit está mi hermano Luis Fernando, que tiene 19 años, casi 20”. Él también tiene que trabajar como su papá, José Luis, quien apenas gana lo necesario para llevar comida a sus hijos y esposa.

“A mí me gusta comer frijol, queso y topos”, comenta Alicia. No habla de carne, y al preguntarle si le gusta consumirla, dice que no recuerda cuándo fue la última vez que la vio en su plato.

La niña corta la conversación y retoma el tema de su sueño: quiere estudiar mucho y vivir mejor. “Quiero ser maestra para enseñarle a los niños lo que aprendí”, insiste Alicia, quien se ha inspirado para ello en su maestra del Conafe, Rudy Oyuki Bermúdez Durán.

La integrante del Conafe, al igual que muchos de los líderes o figuras educativas, es originaria de la comunidad donde trabaja con los niños. Rudy estudia la licenciatura en Informática Administrativa y revela que es la pasión, que ha crecido, el ingrediente principal para trabajar con los pequeños migrantes en un albergue ubicado en la comunidad de Chupio, Tacámbaro.

“Es muy bonito enseñarles lo que una sabe a los niños, es bonito saber que se llevan un conocimiento que nosotros les transmitimos. Pero es más bonito que ellos vienen de otros lugares, con bajo nivel, y saber que regresan a sus comunidades en mejores condiciones de aprendizaje. Por eso me gusta enseñarles algo, porque ellos a mí me enseñan mucho”.

Reconoce lo complicado que es dar clases en un grupo multigrado y más cuando hablan otra lengua y algunos no entienden muy bien porque no hablan español.

“Pero es de mucha ayuda que los más grandes apoyan a los más chicos, pero a veces los más chicos también aportan a los más grandes. La realidad es que al final todos nos ayudamos”, dice la joven, quien está asignada como profesora comunitaria en este lugar.

Cobertura en el país

En México, los servicios de educación comunitaria son atendidos por 44 mil 471 figuras, que instruyen a 334 mil 919 niñas y niños en los niveles de preescolar, primaria y secundaria, en 35 mil 771 localidades de los 31 estados de la República, según datos del Conafe.

Otros 32 mil 745 de estos líderes —integrados en el Programa de Educación Inicial— dan servicio a 455 mil 415 niños de cuatro años. Asesoran a 445 mil 766 padres y tutores en tareas de crianza, alimentación, salud y estimulación temprana en 28 mil 716 comunidades.

La cobertura de escuelas del Conafe para indígenas es para 48 mil 576 niños y niñas de poblaciones de 500 o menos habitantes que hablan las lenguas originarias, en 35 mil 771 comunidades en las que se distribuye el servicio educativo para poblaciones vulnerables.

Como parte de la transformación del sistema educativo en México, el Conafe puso en marcha el programa de capacitación para aplicar su nuevo modelo de enseñanza comunitaria que “parte del principio de aprender a aprender, con el que cada niño, familia y comunidad avanzará de nivel de conocimiento de acuerdo con sus capacidades individuales y colectivas.

“Son más de 400 mil niños y jóvenes de cinco a 15 años de edad los que aprenderán pensando, razonando, con un maestro”, indica un documento del Conafe.

“La intención de este esquema es no sólo meter conocimientos, sino provocar en los niños un proceso mental que les permita pensar, asimilar, investigar y resolver problemas. Aprender a aprender.

“En lugar de un procedimiento masivo de enseñanza, se aplica una docencia personalizada empatada con una realidad comunitaria”, explica Alfredo Martínez Corona, delegado del Conafe en Michoacán.

“Como Conafe atendemos cuatro campamentos migrantes en Michoacán: el de Huetamo, Aquila, Coahuayana y el de aquí de Tacámbaro. Se da servicio a 450 de estos alumnos aproximadamente en el estado.

“Ellos llegan de Oaxaca, Guerrero y Estado de México en enero, que es la época de la zafra. Los niños se quedan en el campamento y nuestra obligación es atenderlos y al final entregarles una constancia que especifique que estuvieron aquí desarrollando sus actividades escolares, dependiendo del grado en el que están inscritos”, explica. Cuando regresan a su estado de origen se incorporan a la escuela regular y su maestro integra esa constancia a su expediente para que no pierdan el ciclo escolar.

Alfredo Martínez detalla que en general Conafe a tiende a 2 mil comunidades en el estado, donde hay varias problemáticas, como la dispersión de los centros comunitarios. “Atendemos comunidades de menos de 500 habitantes donde no puede llegar la enseñanza regular, donde se da enseñanza a 10 alumnos en promedio. Lo hacen los líderes para la educación comunitaria, y para este ciclo llevamos la formación para el nuevo modelo educativo.

“Con este modelo, el líder educativo comunitario será el mismo que ahora trabaja, pero atenderá las necesidades de enseñanza de cada niño, el cual estará en posibilidad de ayudar a su compañero de banca e incluso a niños de niveles inferiores en el sistema multigrado, que conformará lo que llamamos comunidades de aprendizaje, calificadas por la Organización de las Naciones Unidas como la estrategia del futuro para mejorar la calidad de la educación”, comenta Martínez Corona.

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