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En la casa hogar Ángeles de Ayuda, en Coyoacán, las habitaciones solían ser el área de garaje y no hay rampas ni elevadores al interior del lugar (CYNTHIA CARRILLO)

Nadie controla los asilos

27/02/2016
03:10
Isis García
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En México la norma establece los servicios que deben prestar los asilos o casas de descanso a los adultos mayores, pero instituciones públicas reconocen que hay centros que no cuentan con personal calificado ni con instalaciones accesibles

“¡Alberto, Alberto!”, grita una voz de mujer, “¡Alberto. Una ambulancia, por favor. Estoy lastimada!”. Virginia Reynaud escucha desde su casa los gritos. Golpea la pared, mientras pregunta: “Señora, ¿está bien?”, pero parece que no la oyen. No obtiene respuesta.

No es la primera vez que escucha los gritos de los huéspedes en el asilo que está a lado de su casa, Ángeles de Ayuda, en la colonia Romero de Terreros, Coyoacán. “Es terrible estar oyendo a personas pidiendo auxilio en las noches”.

“Si te enfermas aquí después de las seis, ya te amolaste. No hay quién te ayude, porque los cuidadores se van a sus casas”, comenta Emmanuel, un inquilino del asilo, de 86 años.

Virginia llama a la ambulancia de la base Plata, le responden que debe solicitarla en el Ministerio Público. Cuando abrieron el asilo, el doctor le dio su número telefónico, pero sus llamadas nunca han tenido respuesta.

“Esa casa la construyó mi cuñado y la vendió hace años”, explica Yolanda García, quien vive a unas cuadras. El garaje ahora son habitaciones. Para ir a los cuartos, al comedor, al jardín y al área de televisión hay escaleras. Al interior de la casa no hay rampas o elevadores. “Tenemos una forma de subir y bajar escaleras con sillas de ruedas, tomamos un curso”, justifica el dueño del asilo, Diego Monreal: “Somos cuatro casas. Tenemos 80 huéspedes. Aquí hay 22 inquilinos”.

“Los cargan como refrigeradores”

La rutina de los adultos comienza a las ocho de la mañana, a esa hora los cuidadores los levantan y les ayudan a bañarse. De nueve a 10 desayunan; de dos a tres es la comida y de seis a siete meriendan. “Antes nos daban tres días crema de zanahoria y tres días cremas de chayote. Hace poco trajeron a una nueva pareja de cocineros y ha mejorado”, comenta Emmanuel.

Un doctor del hospital Médica Sur los revisa una vez por semana. “No tenemos la capacidad de dar un servicio médico, tendríamos que tener un despacho. Hacerlo como la reglamentación actual dice costaría alrededor de 400 mil pesos. Por eso, a los inquilinos les pedimos que tengan seguro”, expone el dueño.

Los vecinos considera que el personal no está calificado. “Los mismos chicos que manejan la Pick Up y abastecen la casa cuidan a los ancianos. Mi hija vio cómo amarraban a uno a su silla de ruedas para subirlo. Como si fueran refrigeradores”, narra Yolanda García, quien conoce el asilo.

“Los cuidadores no tienen preparación, pero sí vocación de servicio y saben primeros auxilios. Es gente joven, fuerte. La jefa de casa tiene cursos de geriatría en el Instituto Nacional de Nutrición”, afirma Diego Monreal.

Riesgo sanitario

En el zaguán hay una suspensión de la Secretaría de Salud de la CDMX por riesgo sanitario. “Cuando viene el camión de basura, le dan una buena lana, se lleva kilos de basura”, externa un vecino. “Hay días en que el olor a orines es tan fuerte que mi casa se impregna”, cuenta Virginia.

“Nosotros tratamos de hablar con los vecinos para que entren en conciencia. El camión de basura llega hasta las cinco de la tarde, el olor de los pañales se queda en el contenedor y si a eso le sumamos el calor...”, argumenta el dueño.

Monreal aclara que “ese letrero nos lo pusieron hace siete meses, porque no teníamos rampa en la entrada y porque no verificamos la caducidad de las medicinas, puesto que cada huésped trae las suyas”.

Virginia observa desde su ventana la alberca del asilo. “A veces cambian el agua, pero casi siempre está estancada y eso genera enfermedades”.

Afuera del inmueble no hay un letrero que anuncie el lugar. “Supimos de él porque una persona vino a preguntar a mi casa por el asilo. Lo supieron poner calladitos”, comenta Fernando Revora, presidente de la Asociación Civil de Romero de Terreros, Rometer AC. En la colonia está prohibido poner negocios porque está protegida por ser una Zona Especial de Desarrollo Controlado (Zedec), lo que indica que a los predios les corresponde un uso de suelo habitacional unifamiliar. “Queremos que cierren el asilo por dos razones: porque no respetan el uso de suelo y por el trato inhumano a los viejitos”.

Monreal señala que “está en una zona residencial porque las áreas comerciales son impagables. El dueño de la casa nos redujo la renta cuando se enteró de que sería un asilo. La renta está en 85 mil pesos y nosotros pagamos 50 mil. Para los huéspedes, el costo es de 6 mil 500 pesos en habitación compartida y 11 mil en individual”.

Fernando Revora asegura que “lo primero que hicieron fue sustituir las rejas de la casa y cubrieron todo para que no se vea hacia adentro. Lo hemos denunciado varias veces, pero la delegación sólo nos devuelve los papeles con sellos de recibido”. EL UNIVERSAL tiene copias de los documentos.

La casa de reposo, como prefieren llamarle en Ángeles de Ayuda, no está registrada ante el Instituto Nacional para los Adultos Mayores (Inapam). “Los invitamos a que se registren, pero no hay mecanismos que los sancionen. Una casa de ancianos debe tener permiso de suelo, seguir la Ley de Accesibilidad, registrarse ante la Secretaría de Salud y Protección Civil, y debe contar con un responsable con conocimiento en la materia”, afirma el director de Atención Geriátrica del Inapam, Sergio Valdés y Rojas.

Concepto rebasado

“Los asilos nacieron hace aproximadamente 200 años. Cuando los reyes se quedaban solos, les dejaban sus castillos a los monasterios con la condición de que los atendieran hasta su muerte, por eso decimos que son lugares de ricos”, explica Valdés y Rojas.

En 1982 la Asistencia Social se volvió responsabilidad del DIF y cambió la palabra asilo por casa hogar. Valdés y Rojas explica que por petición de la Cámara de Diputados el Inapam homologará los términos, serán centros gerontológicos.

“El que ingresa con nosotros, se muere con nosotros. En promedio viven aquí de ocho a 10 años. En el Inapam tenemos alrededor de 135 personas en todos los centros, de 20 a 25 adultos por cada uno. Muchos lugares se han ido adaptando. Pocos nacieron con el fin de ser centros gerontológicos”, detalla.

“Hay pocos asilos, tanto públicos como privados, que cumplen con los servicios establecidos por la OMS. En los asilos públicos del DIF y el Inapam hay gente en condiciones extremas de abandono y pobreza. Están en la peor situación”, dice Luis Miguel Gutiérrez, director del Instituto Nacional de Geriatría.

La apertura y operación de un centro geriátrico debe cumplir con la NOM-167-SSA1-1997, la cual establece las condiciones integrales de asistencia social para la prestación de servicios a adultos mayores, con base en los derechos humanos.

“El Inapam es el encargado de supervisar y evaluar estas institciones. Hay una norma, pero no un mecanismo de regulación”, declara Gutiérrez Robledo.

El director de Atención Geriátrica del Inapam afirma que el año pasado se empezaron a hacer supervisiones. La Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores establece que “deberán tener acceso a una casa hogar, albergue u otras alternativas de atención integral, si se encuentran en situación de riesgo o desamparo”.

En México, sólo 1% de los adultos mayores están en instituciones. “Son las familias quienes se hacen cargo. El asilo es un concepto rebasado. No cubren las necesidades y no son la respuesta. Se trata de que la gente envejezca en el lugar apropiado”, dice Valdés y Rojas.

Un mal necesario

“El asilo no debería existir, pero son un mal necesario. Un mal porque no los atienden como deben y necesario porque hay adultos mayores que se quedan solos y no tienen una pensión suficiente para vivir”, expone el funcionario del Inapam.

Para que un adulto mayor pueda ingresar al Inapam requiere pasar el examen socioeconómico y una valoración médica y sicológica. “La parte médica investiga qué tan funcional es. No podemos aceptar personas con demencia avanzada, porque no tenemos el personal suficiente. Tampoco aceptamos gente con enfermedades contagiosas o conductas agresivas, por la seguridad del resto”, argumenta Valdés y Rojas.

“Muchísimos asilos no dejan entrar a nadie”, comenta el dueño de Ángeles de Ayuda, “nosotros tenemos huéspedes con demencia”.

“En el estado que vengas te reciben, nomás con que traigas dinero. Le cargan la mano a los que nos atienden, pero esto requeriría de gente preparada. El 90% de las personas aquí no pueden platicar”, explica Emmanuel, inquilino de la casa.

“Una característica para entrar a los asilos del Inapam es que el adulto mayor firme que desea ingresar. En los centros privados no es necesario. Por eso ahí hay más rechazo y abandono de los familiares”, comenta el doctor Valdés.

Prevenir la vejez

El envejecimiento no es un tema de futuro, hay más personas mayores de 65 años que de menos de cinco. La Secretaría de Salud reveló que en 15 años, en la Ciudad de México, por cada 100 jóvenes habrá 78 adultos mayores.

En México, la responsabilidad del cuidado está dividida, 30% dice que es de la familia, 30% opina que del Estado y 11% cree que es responsabilidad de ellos mismos, expone el Instituto Nacional de Geriatría.

El país más envejecido del mundo es Japón, más de 30% de su población es mayor. “En Japón hay menos geriatras que en México. Todos los profesionales de la salud saben de geriatría. Deberíamos aspirar a capacitar al sistema nacional de salud para ocuparse de los adultos mayores”, expone el director del Instituto de Geriatría. La esperanza de vida de la población guarda una estrecha relación con su PIB (World Health Report, 2008).

“Cada quien envejece de acuerdo con su estilo de vida. Los jóvenes tienen que ahorrar e invertir, así si te quedas solo puedes vivir bien”, comenta Valdés y Rojas.

Virginia desiste de las llamadas telefónicas. Imposible conseguir una ambulancia. Por la tarde se enteró que la señora que gritaba se fracturó una mano. Cuando la noche cae, sólo espera no oír gritos. La pregunta sigue, nadie quiere dar respuesta, ¿cuántas noches más?

Con información de Frida Sánchez

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