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“Yo empecé con cáncer desde el mes de nacida. Soy de Guanajuato, y en este estado en 1986 no se daban estos diagnósticos.
Tardaron demasiado en diagnosticarme, y cuando lo hicieron ya el tumor había desprendido la retina del lado derecho. En Celaya se detectó que tenía retinoblastoma lateral con desprendimiento de retina; después ingresé al Instituto Nacional de Pediatría, ahí inmediatamente me nuclearon el ojo derecho, empecé con quimioterapia y al año entré a vigilancia. A los ocho años recaí del lado izquierdo del ojo y volví a comenzar con radioterapia, quimioterapia y aspirado de médula”.
El único cáncer hereditario es el de ojo, y tal es el caso del hijo de Lucía que heredó el retinoblastoma. Ahora su vástago está en vigilancia con un tratamiento menos pesado. Hoy a él ya no le hacen el aspirado de médula, como se lo hicieron a su madre. Para Lucía, AMANC es su segunda casa, “si no es que la primera... pues esta institución nos abrió la puertas y ya me siento más del albergue que de mi casa”.
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