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Diez minutos atrás todo es silencio. Pero a las 5:00 de la mañana todo comienza. El gusano naranja abre su enorme boca y se prepara para devorar a miles de hombres y mujeres que se preparan para iniciar el viaje.
Dos horas después, ya no hay control. Parece atraerlos cual imán. Y el gusano atípico, de cuerpo duro y no blando, los engulle sin parar. Uno a uno, sin parar. A estas alturas, ya en tropel.
El interior del gusano naranja, desde el esófago hasta la cola, pasando por su estómago, se va abultando hasta alcanzar el límite de su capacidad.
Y entonces, literal, hombres y mujeres se transforman en sardinas enlatadas que no pueden convivir cuerpo a cuerpo. Todo se altera: empujones, manoseos, mentadas de madre. Por eso la gigante larva cuenta con un ejército de ayudantes que deben vigilar su digestión. Policías les llaman, y algunos destacan por su chaleco rosa que los identifica como defensores del “espacio rosa”, el determinado para la ocupación de —“¡Sólo mujeres! ¡Sólo mujeres!”, como se les escucha gritar.
Y allá van ellas. Es de mañana y algunas parecen sentirse aún en casa y no dentro del gusano naranja. Aún se rizan las pestañas o el cabello. Ya no hay espacio para los hombres entre ellas, pero siguen siendo muchas, cientas y cientas. Algunas revisan sus teléfonos, otras leen, a esas horas de la mañana pocas conversan, si acaso intercambian miradas. Pero sí, también en el espacio rosa surgen los empujones y hasta las mentadas de madre. Ellas sin ellos. Ellas en el espacio rosa sin el azul. Ellas que emprenden a diario un viaje al centro del gusano naranja de esta gran metrópoli, donde al azul y al rosa les cuesta mezclarse.
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