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Testimonio del lujo y la opulencia porfiriana, la zona que había sido conocida como Colonia Americana daba paso ahora a las exigencias de la nueva sociedad mexicana. Los antiguos palacetes Art Noveau y Belle Époque que la engalanaban poco a poco dejaron de ser domicilio de familias de abolengo para transformarse en boutiques, galerías y sitios de reunión, como bares, cafeterías y restaurantes, que en gran medida atestiguaron el florecimiento de la contracultura de nuestro país.
En los años setenta, la zona conformada por 18 calles y enmarcada por Insurgentes y Sevilla, Avenida Chapultepec y Reforma fue rebautizada como “Zona Rosa”, que se nombró de esta forma debido a su aire bohemio y su predilección hacia la buena comida y la pintura.
A varios personajes de nuestra cultura se les atribuye la paternidad de la nueva denominación: José Luis Cuevas afirmaba que el nombre venía de la combinación de sus días blancos y noches rojas, aunque también solía decir que era un homenaje a la rumbera Rosa Carmina. Vicente Leñero, por su lado, señalaba que la zona era “muy ingenua para ser roja, pero demasiado frívola para ser blanca; (entonces era) rosa, precisamente rosa”.
Para Carlos Monsiváis era simplemente la zona del arte y del buen gusto y en su perímetro se convocaban los más famosos periodistas, artistas plásticos, intelectuales, literatos, actores, empresarios, políticos, cineastas y músicos.
El punto de reunión de éstos era alguna de sus cafeterías como el Duca D’Este, Toulousse Lautrec, Carmel y Tirol del que era cliente asiduo Carlos Fuentes. Además, estaban los salones de té como el Auseba, famoso por sus sándwiches y galletas, que era el predilecto de Cuevas y Monsiváis. En el apartado restaurantero, estaban lugares como el 1-2-3, el Focolare —fundado por César Balsa y Javier Arias—y el Bellinghausen, lugar que era muy visitado por el periodista Agustín Barrios Gómez. El Konditori, Delmonico’s y El Parador de José Luis, en el que por más de veinte años se reunieron los periodistas José Pagés Llergo y Jacobo Zabludowsky. Finalmente, una familia restaurantera comenzó su historia en este periodo con el Champs Elysées, fundado por Paquita y Francois Avernin.
Para mediados de la década de los setenta, los despachos y oficinas asentados en la Zona Rosa comenzaron a mudarse hacia Polanco y, además, la estación del metro Insurgentes abrió sus puertas, dando lugar a una mayor afluencia de personas, y cuenta Zabludovsky, “dio paso a la llegada de torterías y taquerías”.
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