Tillerson, Pompeo y el acuerdo nuclear con Irán

Mauricio Meschoulam

La salida de Tillerson del Departamento de Estado de EU era previsible. De hecho, según lo que se esperaba, ya se había tardado. Sus diferencias con Trump, su jefe, eran evidentes desde hace meses. Considere usted, por ejemplo, la disputa diplomática entre Arabia Saudita y Qatar. Mientras Tillerson trabajaba para posicionarse como mediador y así, tratar de resolver un conflicto entre dos importantes aliados de Washington, Trump emitía tuits y declaraciones culpando a Qatar de la disputa. Revelando lo que la diplomacia estadounidense vivía esos días, la embajadora de EU en Qatar decidió renunciar a causa de los “obstáculos” que la Casa Blanca imponía a su labor. De manera similar, desde temas como Corea del Norte—“está perdiendo su tiempo al tratar de negociar”, decía un tuit del presidente sobre su Secretario de Estado—hasta otros como la decisión de abandonar el acuerdo climático de París, la distancia entre Tillerson y Trump seguía creciendo. La prensa incluso llegó a reportar que Tillerson se habría referido a Trump como un “retrasado mental”. El presidente de su lado, dijo a la revista Forbes que él suponía que aquello era una noticia falsa, pero que, en caso de ser cierta, retaba a Tillerson a comparar las pruebas de coeficiente intelectual de ambos. “Y yo te puedo decir quién va a ganar”, remató. Pero el detonante del despido es la cuestión del acuerdo nuclear con Irán. Había que tomar, muy pronto, una decisión al respecto y Trump prefirió hacerlo de la mano de alguien mucho más afín a sus posturas como lo es Mike Pompeo. De manera que acá hay varios aspectos a considerar. Me concentro en dos: Primero, el asunto específico de este acuerdo nuclear, y segundo, las posibles implicaciones de tener a un Trump menos contenido en su política exterior.

Es necesario comprender que el pacto nuclear entre Irán y varias potencias no fue sellado con un tratado internacional, sino simplemente con un memorándum de entendimiento no vinculante denominado Plan de Acción Integral Conjunto, cuya única garantía de cumplimiento es el acuerdo mismo. Si las partes cumplen con sus compromisos, se espera que las otras partes cumplan con los suyos. A la inversa, cualquiera de las partes puede dejar de cumplir con lo pactado, lo que podría causar que las otras partes abandonen sus compromisos. Así, para atenuar la oposición interna que había en Washington, la Casa Blanca se mantiene continuamente certificando el acuerdo. Todo lo que tiene que hacer el presidente de EU para dejar el pacto es anunciar su salida y reactivar las sanciones que existían contra Irán. En enero Trump decidió mantener el convenio con vida, pero anunció un ultimátum. Si para mayo no se resolvían todos los problemas que él ve en ese, uno de los “peores acuerdos jamás firmados”, se saldría del pacto.

Podríamos resumir la oposición de Trump al acuerdo en tres aspectos centrales: (1) Irán sigue progresando en su programa de misiles—un tema no incluido en lo acordado—con lo que se mantiene violando el “espíritu del pacto” y se sigue amenazando a la seguridad internacional; (2) Irán sigue financiando a grupos y actores, como Hezbollah, Assad o los Houthies, quienes activamente participan en contra de los intereses de EU y los de sus aliados; y (3) El convenio nuclear tiene fecha de caducidad, 10 a 15 años, tras los cuales Irán podrá reasumir su actividad atómica, ahora de manera legitimada. Teherán por su parte, sostiene que nada de lo expuesto por Trump formaba parte de lo pactado y que las negociaciones con Obama se habían limitado a la cuestión nuclear. Además, Irán ya ha estado cumpliendo su parte con medidas irreversibles—como, por ejemplo, deshacerse de toneladas de uranio enriquecido—y que ahora no es posible volver a negociar temas que ya habían sido negociados. La queja mayor de Irán es que teóricamente, un estado negocia con otro estado, no con presidentes. Y que, por tanto, un convenio como el que fue pactado en 2015, no puede simplemente ser puesto en cuestión porque EU haya cambiado de administración, ya que eso refleja la falta de compromiso de ese país.

Otras potencias firmantes del Plan de Acción, tales como las europeas, tienden a coincidir con Trump en varias de las deficiencias del pacto, y ven con preocupación tanto el progreso en el programa de misiles iraní, como el apoyo de Teherán a los actores señalados. Sin embargo, en su visión, el acuerdo nuclear sí tiene virtudes, y abandonarlo en este punto, ocasionaría serios problemas a la seguridad internacional. Por consiguiente, están trabajando a marchas forzadas para intentar idear alguna alternativa que Trump pueda aceptar. Es por ello que la sustitución de Tillerson por Pompeo justo en este punto, es una muy mala señal para quienes creen que el convenio puede salvarse.

Esta visión no solo impera fuera, sino también en Washington. Además de Tillerson, el Secretario de Defensa Mattis, y el (aún) Consejero de Seguridad Nacional McMaster, sostienen que, si bien el acuerdo nuclear tiene grandes problemas, cancelarlo no es hoy la mejor opción. Estos son algunos de los argumentos de quienes piensan que el arreglo con Irán debe permanecer vigente: (1) El acuerdo nuclear ha funcionado en términos de haber contenido de manera inmediata el progreso iraní hacia su bomba atómica, y por lo pronto, eliminó la perspectiva de un conflicto internacional de dimensiones difíciles de prever; (2) Se reconoce la actividad iraní en otros aspectos no incluidos en el pacto, pero se ofrece un nada corto espacio de tiempo—10 a 15 años—para atender esas otras cuestiones de manera paralela; (3) El establecimiento de un plazo arbitrario (mayo) para negociar todos esos complicados aspectos paralelos crea, en palabras de Goldenberg y Rosenberg en Foreign Affairs, una “crisis artificial” y obliga a las potencias europeas y a otros actores como el Congreso, a atender plazos imposibles de cumplir; (4) La alternativa al acuerdo nuclear actual, es un no-acuerdo, un escenario bajo el cual Irán podría reasumir su camino hacia la bomba atómica, cosa que ahora podría justificar aduciendo que no fue Teherán quien incumplió lo convenido. Dicho escenario elevaría el riesgo de un conflicto regional—alimentado por los temores de los enemigos de Irán—además de los peligros que conllevaría una imparable proliferación nuclear. Israel ya cuenta con bombas atómicas y Arabia Saudita ya ha anunciado su intención de obtenerlas si Irán persigue esa ruta. Más aún, ya no tenemos las condiciones de 2010-2015, cuando existía un consenso internacional que produjo sanciones coordinadas contra Irán. Bajo las circunstancias actuales, es improbable que actores como Rusia y China, entre otros, implementen las mismas sanciones que EU contra Teherán, lo que reduciría considerablemente su eficacia (China es, por ejemplo, el principal consumidor del petróleo iraní); por último (5) Al abandonar el pacto, Trump envía señales a actores como Corea del Norte, acerca de que los acuerdos firmados por la superpotencia son contingentes a personas y a circunstancias. Ello elimina, de manera automática, incentivos para negociar.

Ahora bien, de Trump se puede esperar cualquier cosa. Eso ya lo sabemos. Pero el hecho de que el presidente se encontraba rodeado de actores como Cohn en materia económica, como Mattis y McMaster en asuntos de seguridad, o como Tillerson en asuntos de política exterior, brindaba cierta certidumbre de que los “instintos” del presidente, como los llamó Navarro hace unos días, serían al menos relativamente contenidos. Lo que está pasando estas semanas es que uno a uno de esos “contenedores” se está yendo o está siendo despedido. Trump se va quedando cada vez más solo con esos instintos y con personalidades que le son afines. Y ese escenario, el de los impulsos, instintos y a veces caprichos no contenidos, es de alto riesgo para todos los países, aliados y rivales por igual.

Twitter: @maurimm

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