Para Javier, el Chino y su equipo admirable


Se hacen llamar Bravos, pero sus cualidades van más allá de su valentía. Están entre los mejores peritos en criminalística de campo que tiene este país.

En Ciudad Juárez, Chihuahua, no escasean los homicidios. En estos casos el trabajo de los Bravos comienza tras la muerte de una persona que minutos antes se encontraba con vida. A cualquier hora o día, la radiofrecuencia les ordena atender el lugar de intervención al que llegan en camionetas cargadas de equipo. No es la primera autoridad en llegar. Típicamente les precede la policía municipal de Juárez que es escrupulosa en su tarea de acordonar el lugar y de no permitir su contaminación, dejando fuera a la prensa e, incluso, a familiares de la víctima.

En el modelo de investigación de Chihuahua, los peritos en criminalística de campo administran la escena con autoridad. Su libertad consiste en decidir qué indicios físicos habrán de conservarse. Buscan elementos para probar dos tipos de hechos: cómo ocurrió el homicidio y quién podría haberlo cometido. Es una tarea crítica y efímera que suele hacerse tras ocurrido el asesinato porque muchas de las pruebas habrán de desaparecer.

Los Bravos son también llamados en casos de secuestros, cuando hay lesionados y en casos de robo a casa habitación, comercio o vehículos, agregando datos importantes a la investigación criminal.

Durante una semana vi trabajar a los Bravos centrándome en sus protocolos al tratar con homicidios. En medio del escenario trágico en el que operan, quedé conmovida y convencida sobre el valor de sus tareas. Muestran destacadas habilidades analíticas; trabajan con información escasísima para imaginar una secuencia de acontecimientos, las probables crónicas de la muerte. Ponen en orden al caos. A partir de su análisis eligen los objetos de su colecta. Con frecuencia son elementos balísticos: casquillos, balas, armas pero el abanico de objetos es inmenso. Agotan los espacios sobre los cuales el perpetrador podría haber dejado alguna huella: en el piso con un zapato, en las paredes con sus manos, en latas con su saliva. Se recogen los objetos que facilitaron el homicidio, como también las fuentes de información que pueden retratar a las víctimas y su entorno. Los indicios son frágiles porque un descuido puede contaminarlos y hacerlos inútiles o, peor aún, dirigir la investigación hacia alguien equivocado. Por eso estos expertos se andan con cuidado. Visten como astronautas, con guantes y trajes que impiden la caída de su propio cabello o la impresión de sus huellas en la escena criminal.

Las destrezas de estos hombres y mujeres son incuestionables. Parte de su trabajo es lo que ha permitido que la Fiscalía de Chihuahua, según la organización Impunidad Cero, sea una de las instituciones con una de las tasas más altas de resolución de homicidios. Una hazaña en un país salpicado de sangre.

Los Bravos están literalmente en la línea de fuego. Han visto morir a sus supervisores, dos de ellos asesinados uno detrás del nombramiento del siguiente. También han presenciado el homicidio de compañeros, siendo los testigos más dolorosos: después de recibir el golpe de la noticia han terminado por estar a cargo del procesamiento de la escena en la que yacen sus colegas.

Cuando uno se cuestiona cómo se mantienen en activo, los Bravo revelan lo más inspirador de su equipo: su sentido de misión. Se expresan con pasión contagiosa. Se perciben como importantes para pacificar al país. Lo son. Cada día nos comprueban que no todo está perdido, que es posible acortar la brecha entre impunidad y justicia.

Abogada

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