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Adaptarse a los impactos del cambio climático es un proceso por el cual los humanos y la naturaleza se ajustan al clima actual y a los cambios esperados y sus efectos, con el propósito de moderar o amortiguar los daños. Por desgracia, los humanos tenemos el poder de debilitar o, aún, de negarle a los ecosistemas su potencial de adaptarse.
Durante décadas, principalmente por razones políticas, la ONU y los tratados ambientales multilaterales priorizaron la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero para combatir el cambio climático. La adaptación fue prácticamente ignorada: ni siquiera fue definida en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, adoptada durante la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro en 1992.
Los países desarrollados, principales emisores de gases invernadero, no querían atraer la atención sobre la adaptación, temerosos de ser vistos como si admitieran su responsabilidad—y abrir así paso a que los países en desarrollo los culparan por su deuda histórica en la crisis climática. Además, existía preocupación de que enfocarse en la adaptación podría distraer la atención de la prioridad dada a la mitigación por la comunidad internacional. El hecho es que, en 2011, por ejemplo, 900 millones de personas (13% de la población mundial) en los 50 países más pobres emitieron sólo 0.8% del CO2 global
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