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Decía José Martí que “todo hombre es la semilla de un déspota. No bien le cae un átomo de poder y ya le parece que tiene al lado el águila de Júpiter y que es suya la totalidad de los orbes”. Esta cita viene a cuento para la transición que estamos viviendo. Embelesado por sus 30 millones de votos, el presidente electo López Obrador piensa que le fue extendido un cheque en blanco que, paradójicamente, no tiene fondos.
Lejos de mostrarse sereno, prudente, mesurado, respetuoso, sobrio y reflexivo, actúa con impulso, impaciencia, desmesura, intolerancia y en tono amenazante. Su desprecio a la legalidad es palpable. No contento con haber diseñado una consulta pública a modo para echar abajo un proyecto de infraestructura de la mayor trascendencia, como lo era el nuevo aeropuerto en Texcoco, repite la dosis con 10 absurdas preguntas de obvia predicción. Esto en respuesta a una marcha —inédita por cierto— en la que le reclamaron, precisamente, ambas cosas: la consulta y cancelar el proyecto aeroportuario. Marcha “fifí” le llamaron, como “fifí” es también la prensa que osa criticarle, aun aquella que ha sido su histórica aliada.
Las ocurrencias de los suyos ya pasaron factura. Cuando no se trata de ir por las reservas internacionales del banco central, es la puntada de desaparecer las comisiones bancarias, o bien eliminar las cuentas individuales de retiro para regresar al viejo sistema de pensiones.
En el fondo, lo que acusa el nuevo régimen es una nociva combinación de ignorancia, soberbia, intolerancia, ánimo de revancha, prejuicios y la evidente falta de experiencia en la administración pública. El supuesto plan de austeridad que los anima se traducirá en la fuga de cerebros y la pérdida de años acumulados de capacidad y aprendizaje. Su tentación autoritaria llega al punto de denostar a los órganos autónomos constitucionales y ponerlos en situación de fragilidad frente al soberano.
La creación de los superdelegados y de la Guardia Nacional ha merecido una airada reacción de gobernadores y partidos políticos que, con razón, denuncian invasión de facultades, vulneración del federalismo y la militarización perpetua de la seguridad pública. Como respuesta a dicho reclamo, López Obrador ha respondido que se trata de un chantaje y un lamento porque se acabarán los moches y la corrupción que tanto les place a los mandatarios estatales. Presenciamos una majadera respuesta a un serio planteamiento. Y esto se complementa con la estupidez pronunciada por el senador de Morena, Félix Salgado Macedonio, quien amenazó con la desaparición de poderes estatales, desde el propio Senado, si los gobernadores no se alineaban a los designios del Tlatoani.
En suma: estamos ante un derroche de ocurrencias que, además de pisotear descaradamente la ley, trasladan al “pueblo bueno y sabio” las decisiones que echarán el calendario varios años atrás. Se trata de un colegio de personajes encantados con los reflectores, capaces de inventar la participación del Papa en sus fallidos foros o la asistencia de Donald Trump a la unción del nuevo mandatario. Abren el refrigerador de su hogar en la madrugada y comienzan a declarar tan pronto se encienden las luces del interior. Dan pena, de veras.
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