Sin brújula y en plena tormenta migratoria

Ignacio Morales Lechuga

México fue un país asilante, especialmente hasta la década de los 60 y así recibimos migraciones españolas durante y después de la guerra fría, perseguidos políticos del régimen franquista o refugiados y perseguidos políticos latinoamericanos que lo mismo huían de dictaduras militares, como la chilena y la argentina, que de regímenes bananeros de Centro América. Unas y otras dictaduras estuvieron casi siempre apoyadas por el gobierno de Estados Unidos.

Pero hace tiempo perdimos la brújula de la política migratoria. Nos quedamos sin ella cuando nos adherimos de manera ciega e incondicional a las determinaciones continentales de Estados Unidos, sin asumir en la materia otro papel que el de cuidadores de su “patio trasero”.

Los más recientes movimientos migratorios en la región latinoamericana provienen de países sometidos y gobernados por sátrapas, con gobiernos autárquicos, Nicaragua, Honduras y El Salvador, son ejemplo de ello.

En términos relativos, Panamá, Costa Rica y Belice no son países que exportan migrantes. Panamá tiene el PIB más alto de la región 6,600 dólares per cápita, Costa Rica apenas rebasa los 6,000 y Belice ronda los 5,000. Nicaragua tiene 2,200 , Honduras 2,480, el Salvador 3,889 y Guatemala 4,400.

Es claro que la falta de ingreso es una poderosa motivación para migrar. Si a ello agregamos una baja calidad de vida, violencia política, social y del narcotráfico tenemos en la frontera sur un coctel que provoca el tránsito infinito hacia México y Estados Unidos, como destinos para lograr mejor vida.

Ante la migración a partir de 2016 se han buscado soluciones que reflejan la incapacidad e impotencia de los países y organismos internacionales. El cierre de fronteras, el uso de la fuerza pública y hasta las acusaciones de terrorismo subversivo, no logran contener la ola migratoria y encauzar el fenómeno migratorio.

En el caso de Europa, el odio antiinmigrante se extiende simbolizado por el rechazo a la religión musulmana que muchos migrantes practican. En América Latina el odio al migrante no tiene un componente religioso, sino descansa en la acusación de narcotraficantes y terroristas. Sólo en la cabeza de alguien como Trump peleando ahora mismo su reelección cabe la idea de que hasta los niños, la parte más vulnerable de la migración son criminales y narcoterroristas.

No hay soluciones ni paliativos fáciles. En tiempos de cambio, correspondería retomar nuevamente nuestra presencia internacional como país autónomo e independiente y luchar, desde luego, contra la visión corta que sataniza y estigmatiza a la migración y la reduce a un problema de policía, como quiere verlo el gobierno de Estados Unidos.

Pero una política migratoria mexicana debería fincarse también en el reconocimiento e impulso a la democratización, la libertad, el estado de derecho y el desarrollo económico y social de Centro América. México no debería cruzarse de brazos frente a regímenes como el de Maduro o el clan Ortega en Nicaragua, o los desgobiernos que han tenido Guatemala y El Salvador.

Intentar un cambio así se ve difícil mientras la doctrina Estrada, muy útil durante la guerra fría para evitar o limitar la intromisión directa de potencias en los países más débiles siga entronizada en la Constitución y sea la parte que más parece cautivar los oídos del gobierno entrante.

Ante la realidad latinoamericana y con el mundo globalizado dicha doctrina ya no es un instrumento que sirva para la gobernabilidad, el respeto a los derechos humanos, el mantenimiento de la democracia y evite la perpetuación de sátrapas de pacotilla como ha ocurrido en últimos tiempos, Venezuela es un ejemplo trágico, pero también podrían serlo Cuba y Nicaragua, países cuyos gobernantes comparten la tendencia a perpetuarse en el poder por medio de reformas constitucionales.

No se ve claro, tampoco, de qué manera más eficaz los organismos internacionales como la ONU podrían intervenir por razones humanitarias ante las dictaduras de la región disfrazadas de gobiernos democráticos.

Nuestro país no ha sido el mejor ejemplo de buen trato hacia los migrantes. Abundan miles de historias de migrantes explotados, violados, heridos o asesinados frente a la indiferencia de muchos y el consuelo de pocos.

La migración seguirá siendo un fenómeno social en el siglo XXI. Se migra por pobreza, por escapar de regímenes totalitarios, ante el peligro de perder la vida, por la inseguridad y la violencia. Caminar hacia otro país y dejar atrás a la familia, los amigos, los lugares familiares y todo aquello que representa arraigo y seguridad, sentido de pertenencia y da identidad exige siempre una enorme fortaleza de espíritu. Partir es morir un poco.

El orden mundial y la paz que creímos llegaría como resultado de la caída del Muro de Berlín y el fin de la guerra fría nos han traído una aldea global caótica, con migraciones en diferente grado masivas. Ojalá se inicie un debate para la definición de los principios de la política internacional mexicana.

Por su parte, México tiene que poner orden en su frontera sur, reencontrarse con la aplicación de la legalidad y respetar a la vez los derechos humanos. Nada o muy poco en el ambiente nacional parece indicar que este es el mejor momento para replantear una política migratoria mexicana y una institucionalidad en la materia que permita encontrar la brújula perdida, tan necesaria en estos tiempos de huracanes y ciclones.

Notario público, ex procurador general
de la República
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