Una segunda oportunidad

Estados 28/07/2016 03:40 Edgar Ávila / Corresponsal Puebla Actualizada 18:03
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Desde hace 12 años el médico veterinario Pablo Candias se dedica a fabricar y comercializar prótesis para animales amputados, con severas lesiones o que sufren males congénitos

Hace unos años, una familia compró al labrador y de tres meses de edad lo subieron a la azotea y terminó en el piso.

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“Así no nos sirve ese perro”, expresaron los dueños y con esa experiencia, Pablo Candias inició la fabricación de un dispositivo que le permitiera a Rueditas seguir creciendo y vivir su vida perruna.

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El veterinario pidió a sus clientes no sacrificarlo y dejarlo unas semanas para ayudarlo.

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Sin embargo, los días se convirtieron en 4 años y el animal ahora deambula por la clínica veterinaria de Pablo Candias, en Puebla.

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Candias Salamanca ha dedicado su vida a construir sillas de rueda, carritos y aditamentos especiales que permiten a los animales tener una segunda oportunidad.

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En los últimos 12 años, al menos 300 perros, gatos, tortugas, hamsters, cuyos y conejos han pasado por las manos del veterinario.

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“El perro no tiene complejos, el perro no siente lastima por él mismo, el perro tiene ganas de vivir”, relató.

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Cuando el médico veterinario Pablo Candias Salamanca escuchó la petición de sus clientes para sacrificar al cachorro labrador, su corazón se estrujó y aquellas palabras no dejaron de retumbar en su cabeza. “Así no nos sirve ese perro”, dijeron, seguros de sí mismos.

Habían comprado al cachorro con tres meses de edad, lo subieron a la azotea de su casa y el animal terminó en el piso de la planta baja con una fractura de cadera. Y no era lo peor.

Con la experiencia, de inmediato supo que el labrador jamás volvería a caminar y sin pensarlo inició la fabricación de un dispositivo que le permitiera seguir creciendo y vivir su vida perruna; pero los dueños ordenaron que fuera dormido para siempre.

“La respuesta te desmoraliza. Se ordenó sacrificarlo; por ética profesional y obligación tengo que hacer lo que el cliente diga, pero yo pensé: ‘no quiero dormirlo’”, platica. Les propuso que se lo dejaran por unas cuantas semanas para rehabilitarlo y pronunció las palabras mágicas: “será gratuito”.

Esas semanas se convirtieron en cuatro años y el labrador llamado Rueditas; ahora deambula por la clínica veterinaria de Pablo Candias, uno de los pioneros en fabricar y comercializar prótesis para animales amputados, con severas lesiones o con males congénitos.

En los últimos 12 años, al menos 300 perros, gatos, tortugas, hamsters, cuyos y conejos han pasado por las manos del veterinario que se dedica a construir sillas de rueda, carritos y aditamentos especiales que permiten a los animales tener una segunda oportunidad.

“El perro no tiene complejos, el perro no siente lástima por él mismo, el perro tiene ganas de vivir”, relata.

Los canes son diametralmente opuestos a los humanos. Cuando los hombres sufren un accidente se ven a sí mismos con sufrimiento y con un nudo en el alma por el futuro que les depara por no quedar bien.

“El perro dice: guauuu, puedo caminar, salir, divertirme”, cuenta el especialista con 18 años de casado con una educadora y cuyos únicos hijos son los canes.

“Ojalá yo pudiera ver la vida como mis perros”, comenta.

La calamidad

Al ver la estructura de acero soldado que le llevó semanas construir y muchos billetes sacados de su bolsillo, Pablo Candias se llenó de esperanza. Estaba seguro de que su trabajo ayudaría a miles de perritos que sin sus aparatos serían dormidos en una plancha de consultorio.

Hace 12 años eran inexistentes en Puebla, y casi en todo el país, los lugares que brindaran estos mecanismos. Se sentía feliz al mirar ese carrito hecho a la medida de un perro que transitaba sus últimos años con serios problemas para que sus patas traseras se movieran.

El animal seguramente vio aquella maraña de tubos y ruedas como un enemigo común y sus amos como un trabajo de soldadura de un inexperto que se quemó las manos y los ojos.

Ni el animal ni los humanos lo pudieron aceptar, cosa que no podía comprender el veterinario, quien se sintió triste, pues puso todo su empeño y lo mandaron a volar.

¿La verdad? Era una calamidad

Ahora Pablo habla desde su clínica Rueditas Racing Team, donde no permitiría que saliera una silla elaborada con acero inoxidable, con llantas de una carretilla, con baleros y con un peso de casi cinco kilos, el doble o el triple de las actuales. Era un verdadero bodrio, dice al recordar su primer aparato ortopédico. “Una porquería”, remacha. “No había tanta web ni teléfonos inteligentes”, justifica.

Lo toma con humor. Era joven, con ideales y con ganas de transformar la perra vida de muchos. A 12 años de aquel episodio sigue en pie de lucha, ahora al lado de Rueditas, ese perro que le da luz.

Cual empleado de una herrería, sigue aquella idea que surgió cuando laboraba en un hospital de alta especialidad con el doctor José Luis Gasca, uno de los mejores ortopedistas de México. Era su asistente y ambos vieron la necesidad de atender animales con parálisis.

Su primer éxito fue con un pastor alemán llamado Simba que estaba en la última etapa de su vida. Le construyó un carro con fibra de vidrio y acero soldado que fue bien aceptado por el can.

Me tocaron animales con fracturas, problemas congénitos, con hernias de disco y sin miembro y la mayoría son por accidentes, atropellamientos, caídas, mordeduras de animal más grande.

Incluso una tortuga a la que un perro le arrancó de una mordida sus dos patas traseras. Con resinas dentales pegadas a la caparazón, logró que volviera a caminar.

La solución, ¿dormirlos?

El taca, taca, taca, taca de la antigua máquina de coser Liberty retumba en el cuarto de fabricación de Rueditas Racing Team.

La vieja maquinita, propiedad de la abuela de Pablo Candias, fue rescatada del Monte de Piedad a donde había ido a parar a cambio de unos cuantos pesos para sobrevivir. Y como si se le hubiera dado una segunda oportunidad, sigue metiendo una y otra vez el hilo.

Bajo la mirada de toda una colección de Star Wars, el veterinario conduce a la perfección la Liberty para fabricar artículos especializados para canes, ofertarlos y garantizar la subsistencia de la clínica y, sobre todo, los aparatos para sus animales en “desventaja”, todo ello como un tributo a sus tres perros de la infancia.

La cocker Wendy, el labrador Pipo y la doberman Vera, le dieron satisfacciones, pero también le enseñaron que al igual que los humanos, se lastiman y mueren, algunas veces por decisión de sus amos.

Con la Vera conoció la crueldad de la vida. Se enfermó y el veterinario decidió que se tenía que dormir. “Y te quedas con eso de que está muy mal y la solución es dormirlos”.

Por el contrario, Wendy lo encaminó a su profesión. En los años 70, la perra se lastimó una pata, fue enyesada, lo que le permitió jugar a que era su paciente y la trataba con amor.

Gracias a ese can, hoy no sólo fabrica aparatos ortopédicos con acrílicos, fibras, aluminio, y acero de dos, tres y cuatro ruedas que llegan a pacientes de Puebla Guadalajara, Veracruz, Monterrey y Ciudad de México, sino que trabaja arduamente para contar con toda una infraestructura que le permita atender gratuitamente a los perros en situación de calle con servicios desde rayos X, hasta cirugía ortopédica y aparatos de rehabilitación.

“Haces clic, te identificas, ves al perro y dices: tiene ganas, él quiere echarle ganas, yo por qué no”.

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