Más Información

Fueron 60 los marinos mexicanos que viajaron en avión militar de EU que aterrizó en Toluca, según dictamen; PAN acusa transgresión de facultades del Senado

ONG's rechazan nombramiento de Francisco Garduño en la SEP; sigue imputado por el incendio migratorio de Ciudad Juárez, señalan

Trump llega a Suiza para participar en el Foro de Davos en medio de tensiones por Groenlandia; "me esperan con emoción", dice
El ajetreo en el Puente Internacional Talismán sólo se detiene unas horas entre la media noche y la madrugada, pero desde el amanecer varios hombres instalan mesas para sacar de las bolsas que llevan al pecho fajos de dólares, pesos y quetzales, las tres principales monedas que se usan para las transacciones en la frontera entre México y Guatemala.
“¡Cambiooo!”, es una de las palabras, más bien un grito, que a cada paso escuchan los hombres y mujeres que se mueven de un lado al otro del puente, con mercancías, autos, ropa y un sin fin de productos.
Los cambistas —casi medio centenar— tomaron el puente internacional hace más 40 años, cuando el comercio empezó a fluir entre ambos lados de la frontera.
Los jornaleros dejaron la tierra y probaron suerte con el cambio de divisas y les ha ido bien, pues en esta zona no hay bancos, casas de cambio ni cajeros automáticos.
Esas transacciones les permitieron atesorar bienes, una de las expresiones que definen a la avaricia, según la Iglesia católica, la cual forma parte de los siete pecados capitales.
Y les fue tan bien que durante las reiteradas crisis de México y la devaluaciones del peso en 1981 y 1993, les permitió a esos hombres acumular capital, porque hasta antes de esas fechas, el peso era una moneda que competía con el quetzal.
Tuvieron un golpe de suerte y varios consolidaron su capital en los gobiernos de Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, con las continuas devaluaciones del peso.
La mayoría de los cambistas tienen en la mente las fechas exactas y la cantidad que entregan por cada peso o quetzal que recibían. Dicen que hace 30 años, 58 quetzales representaban 100 pesos, mientras que por cada dólar los guatemaltecos tenían que entregar 5.50 quetzales.
En estos años, los cambistas han arañado cada centavo que el peso pierde frente al dólar y el quetzal para luego invertirlo en propiedades y otros negocios en ambos lados de la frontera.
Un punto porcentual es lo que perciben los cambistas, que traducido en un billete o moneda no es casi nada, pero eso es lo que persiguen todos los días, cuando se instalan sobre el puente, por lo que en la jornada pasan por sus manos varios miles de pesos, quetzales o dólares, y la ganancia es considerable, al grado que quedan expuestos a ser víctimas de delitos.
Le roban el fruto de su trabajo
Ismael Escobar Ramírez debió llegar el 10 de febrero pasado al puente internacional, pero no lo hizo porque horas antes, hombres con armas blancas lo sorprendieron en su casa para darle muerte a machetazos.
El cambista era conocido en Suchiate porque a la par del cambio de divisas, se dedicaba a la venta de autos usados, negocio floreciente pues familias que no pueden comprar un auto de agencia adquiere uno de segunda mano.
El o los matones se llevaron varios fajos de dinero producto de meses de trabajo en el puente. Ismael forcejeó para evitar que lo mataran.
El rastro de sangre condujo a los investigadores hasta el Río Suchiate, donde el homicida o los homicidas cruzaron el afluente por debajo del puente, donde trabajaba el cambista, para huir hacia Guatemala.
Los lugareños saben que Ismael guardaba dinero en su casa y por eso lo sorprendieron en la mañana de ese día miércoles. Nadie saben qué cantidad de dinero se llevaron, pero muchos calculan que pudo tratarse de varios cientos de miles de pesos.
Ismael fue un hombre de trabajo y varios mexicanos que acostumbran comprar ropa y otros productos del lado de Guatemala, lo recuerdan como una persona amable que hizo fortuna con la transacciones de monedas, aunque para eso tuvo que pasar varias horas bajo el sol, malcomer, privarse de muchos gustos y dedicarse a trabajar casi todos los días del año.
El cambista guardó su dinero para que otros, los homicidas, que aún no han sido detenidos por la Policía, lo poseyeran.
Leyendas
En Las Margaritas hay una historia de avaricia transmitida por tradición oral, que llama la atención. De la tupida masa de árboles de encino llegaba hasta los corredores del casco de la finca de Napité un viento helado; desde ahí la patrona Rosario Castellanos podía ver “indios” a lo lejos que rastrillaban los campos, otros que cortaban caña para llevarla al trapiche, unos más con varas, que doblaban su estatura, que majaban las vainas de frijol y alimentaban a los animales. Era la época revolucionaria y los capataces sólo recibían órdenes de esa mujer que vestía casi en andrajos.
Para el medio día, los indios hacían una pausa y se sentaban bajo las sombras de los árboles para batir en las jícaras las bolas de maíz agrio que llevaban en los morrales que mezclaban con agua para degustar con chile y sal.
Castellanos, a la que los “indios” le apodaban La Gueguecha o Gueguechuda, porque padecía el mal de bocio, pedía a los capataces informes para calcular la producción de panela del año, cuántos cerdos y toros y vacas estaban listos para salir al mercado. Muchos no tenían el derecho de recibir un salario porque tenían la obligación de “prestar el baldío”, es decir, trabajar de gratis, pues vivían como esclavos en la propiedad.
La patrona tenía fincas en varias zonas de Chiapas y cuando hacía recorridos, había que llevar capas para protegerla de la lluvia.
La Gueguecha —que era tía de la poetisa, escritora y diplomática Rosario Castellanos— acostumbraba visitar la finca La Pequeña, en la zona que hoy se conoce como Yashá, para saludar a su dueño Daniel Carrascosa, donde la cocinera Lizandra Sánchez tenía la misión de preparar las viandas.
En algunas ocasiones el ladrido de los perros alertaba a los capataces que alguien se acercaba a la finca. Eran César Castellanos y Adriana Figuera acompañados de su hija Rosario Castellanos. Cuando los primos se reencontraban, conversaban unos momentos para intercambiar lo que ocurría en la región, en Comitán, y conocer algunas noticias que llegaban de la capital con varias semanas o meses de retraso.
Después de unos días de estancia en Napité, la familia marchaba al amanecer hacia Chactajal también conocido como El Rosario, un rancho donde los jaguares atacaban al ganado y los indígenas enfermaban del paludismo.
Mientras tanto, en la propiedad, La Gueguecha pedía a varios de sus hombres de confianza que la acompañaran hasta la casona, donde sacaban varios cajones de madera en los que la patrona almacenaba monedas de oro y plata.
En un patio de la finca, donde tenían prohibido acercase los indígenas, los hombres tiraban las monedas para que el sol frenara la corrosión y el moho del metal, aunque algunos de los hombres, con esmero, limpiaban las monedas más dañadas.
Después de algunas horas, las monedas eran de nuevo colocadas en las cajas de madera y llevabas a un sitio oculto. En la actualidad nadie sabe dónde están esas monedas. Algunos dicen que La Gueguecha cuando enfermó, pidió que las llevaran a una cueva, otros cuentan que las enterró en una finca, pero hasta la fecha nadie las ha encontrado.
Diezmada por las enfermedades, La Gueguecha, no dejó de comer sólo tortillas con sal y frijol, aunque sus aposentos estuvieran llenos de monedas de oro y plata.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]











