“Me querían comprar a mi hija”

Estados 30/08/2015 03:10 Adam Nieto Actualizada 12:43
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Acusada de secuestro y por una foto en redes, Jiola Ornelas es despojada de sus hijos; tras un año de lucha legal, logra recuperarlos

Jalisco

Lezly Ornelas, de ocho años, pasó de sentir el suelo caliente de la calle —mientras pedía dinero o jugaba en la fuente que se encuentra afuera de la Canaco de Zapopan, Jalisco— a ser la niña más aplicada de su clase, con 9.7 de promedio. Quiere ser abogada y mientras siga recibiendo el apoyo que le ha cambiado la vida, tal vez en algunos años ayudará a gente que, como ella, lo único que necesita es una oportunidad.

A mediados de octubre de 2012, la pequeña Lezly fue fotografiada y exhibida en Facebook por el usuario identificado como Germán Álvarez. La imagen fue acompañada de un texto que sugería un secuestro de parte de los padres, pues la pequeña es de piel blanca, cabello rubio y ojos claros, mientras el resto de la familia es de tez morena, cabello negro y ojos oscuros.

Este llamado en redes presionó a las autoridades jaliscienses a intervenir, despojando a la mamá, Jiola Esmeralda Ornelas Sánchez, de sus dos hijos y arrestándola con la amenaza de pasar 60 años en prisión por el delito de secuestro.

Bautizada en redes como la Güerita de la Canaco, Lezly Ornelas ha cambiado de vida: las calles por la escuela, hoteles por una casa y las sopas Maruchan o los burritos del Oxxo por comida china, helado y su favorita: la pizza.

La imagen de la niña desde la ventana de un automóvil pidiendo dinero, con la mirada fatigada y la piel sofocada por el sol, se ha desvanecido a partir de esas fotos que causaron angustia a la madre, confusión a los niños y la ayuda de distintas personas.

Jiola Ornelas, quien trabajó en las calles desde los siete años, nos platica su historia; nerviosa pero amable, comenta que antes de que se llevaran a sus hijos tenían que vivir en un hotel cerca de la central vieja de Zapopan; actualmente paga mil 800 pesos de renta, luz y gas.

“Cuando yo estaba en la calle era muy difícil, ahorita tengo una casa, me ayudan y me apoyan mucho”, dice Jiola.

Al momento de enseñarle la foto, también le mostraron dinero y le dijeron que le vendiera a su hija.

Jiola se negó argumentando que “su hija no es un perrito para venderla”. La persona que hizo la oferta la amenazó con acusarla ante la procuraduría por negarse a venderla.

El viernes 19 de octubre de 2012, una señora le recomendó a Jiola que se cambiara de avenida porque, alertó, “te van a quitar a tu hija”; le contó que habían subido una foto al face en donde decían que Lezly era robada, secuestrada y la tenía trabajando.

Jiola no sabía de Facebook, ni de otra red social, así como no conocía el mar o la escuela. Vender chicles era su manera de ganarse la vida y cargar con sus hijos a la calle, la única manera de poder cuidarlos.

Tras esa escueta plática en la que le advertían de los riesgos para ella y la pequeña, llegó la orden de llevarse a los niños y detener a Jiola Ornelas, en un operativo en el que hubo confrontación, pues ella tomó a sus hijos con fuerza de las muñecas y los policías también forcejeaban para quedarse con Lezly y su hermano Tony, de cuatro años en ese tiempo.

Los policías gritaban: “suelte a la niña, la está lastimando”, pero la señora Ornelas se resistía, y hasta que sacaron la pistola y la amenazaron con tirarle un balazo, la dejó.

Lezly y Tony fueron llevados a la Casa Hogar Cabañas, donde permanecieron nueve meses, aun con la certeza de que Jiola Esmeralda Ornelas es su mamá, como lo demostró un examen de ADN.

Los ojos claros de Lezly se pierden en el recuerdo mientras su mamá platica el momento en que se llevaron a sus hijos; se mantiene callada, incómoda, se toca los dientes y se queda mirando a su hermano.

El pararse de nuevo en el crucero Vallarta y Niño Obrero le causa desconfianza y miedo a la señora Ornelas, y no es para menos, ahí se encuentra con su padrastro y con su hermano, los dos franeleros, que envidian la nueva manera de vivir de Jiola y sus hijos.

Actualmente Jiola Ornelas trabaja de 8:30 a 15:30 horas haciendo la limpieza en el despacho jurídico que preside el abogado Luis Rabinal, quien se encargó del caso.

Cuando trabajaba en la calle obtenía de 150 a 200 pesos al día, luego de pagar el hotel, salía de nuevo a buscar dinero para la comida.

El revuelo que causó la foto de Lezly en redes sociales por ser güerita, era predecible, pues desde antes en la calle la gente que la veía jugar con lodo, en la fuente o pidiendo dinero, le decía que era muy bonita y también le preguntaban por sus padres.

Las preocupaciones de Jiola son pagar su renta, hacer la comida y que sus hijos sigan estudiando, por el momento, en el Instituto Pier Faure, en el que además Lezly ensaya danza y Tony practica futbol.

En cinco años, Jiola visualiza un mejor futuro, “ya voy a estar más maciza, me imagino que a lo mejor, quién quite y abone una casita.”

Intervención selectiva

Resulta difícil comprender cómo le hace una persona que trabaja haciendo limpieza, que no sabe leer ni escribir, que su educación y cultura es marginal, que paga renta, compra comida, ropa y tiene estudiando a sus hijos en un instituto con atención personalizada de las 8:00 a las 16:00 horas.

En el mes de marzo de 2013, Carmen Morfín, una ama de casa, emprendedora y amiga de Jiola desde que estaba embarazada de Tony, le expone el caso y pide ayuda al abogado Luis Rabinal, especialista en derecho internacional, quien es fundador y presidente de “Nuevos Modelos de Filantropía”.

Rabinal define el caso de Jiola como uno donde converge la respuesta inadecuada de la autoridad ante un rumor que se permea en redes. “Si la red social hubiera hablado de una señora morenísima, que vive en una colonia pudiente y tiene una hija güera, no creo que la autoridad le hubiera quitado a sus hijos”, comenta.

Aprueba la respuesta de las autoridades respecto a la denuncia de niños en la calle con probabilidad de explotación y secuestro, aunque sólo fuera para evitar críticas que se originaron en redes, pero el problema radica en que hay un exceso y abuso de la autoridad, además de que se convirtió en un asunto selectivo, ya que muchos niños están mendigando en la calle de la mano de sus padres.

“Sin embargo, sí debía intervenir, porque si yo veo a un niño en la calle con probabilidad de estar siendo explotado por un adulto y lo están diciendo por una ‘denuncia pública’ a través de redes sociales y no se hace nada, se encuentra ante una grave crítica”, menciona Rabinal.

Agrega que “la actuación de la autoridad pudo ser adecuada, si fuera medida y sin abuso, y dos, si fuera general y no solamente incidir en un caso. ¿Qué pasa con los otros niños que están en el camellón pidiendo dinero?”, argumenta.

Sin embargo, los niños continuaron retenidos, sin razón jurídica y violando la ley. Fue gracias a un cambio en la administración del estado, incluyendo el hospicio, en que la nueva directora, Irma Cano, revisó el caso y condicionó el regreso de los niños con su mamá: Jiola debía salir de la situación de calle.

Mediante las personas que se le acercaron y le ofrecieron su apoyo, Carmen Morfín y Luis Rabinal trabajaron en busca de la buena voluntad de algunos de sus amigos; consiguieron quien le pagara la renta de un lugar modesto, otros que le donaran los muebles, ropa o despensa, mientras Rabinal consiguió la beca completa en el instituto Pierre Faure.

Para el 17 de julio del 2013 Jiola Ornelas recuperó a sus hijos y a finales de agosto, los niños entraron a su primer día de clases.

Luis Rabinal tiene la convicción de ayudar a los niños hasta que cumplan la mayoría de edad o más. “Aunque yo no pudiera, o se me dificultara, tengo amigos, empresarios y clientes, que podrán ayudar a Jiola en su capacitación o los muebles de su casa”, dice.

Ese apoyo impulsa a Jiola a continuar la lucha por el futuro de Tony y Lezly, consciente de que no debe regresar a las calles a vender para evitar que pierda la custodia de sus hijos, cuya historia traspasó las fronteras de Jalisco cuando la pequeña sorprendió en las redes por su belleza, por ser una niña güera que en lugar de jugar e ir a la escuela, pedía limosna en la calle.

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