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“No sé si Juan Gabriel presentía que algo le iba a pasar”, cuenta vía telefónica Emilio Estefan. Hace 15 días El Divo de Juárez le dijo a Javier, de Los Temerarios: “Yo tengo un propósito en la vida”. Ayer, al platicar sobre la muerte de Juanga, Javier le contó a Estefan lo raro que fue ese comentario.

Con tristeza, el productor cubano recordó a su amigo: “Todos lo queríamos de verdad. México debe estar muy orgulloso de Juan Gabriel al igual que los latinos por su contribución y lo lindo que deja al mundo. Lo siento mucho”, expresó Estefan, quien lo recibió en sus estudios de grabación.

Alguna de esas convivencias se quedaron en su cabeza, como una comida en su casa en donde su chef tenía catarro y miedo de acercarse al cantante. “Le propuse hacerlo más adelante y él dijo: ‘no, la vida es para compartir el momento’ y pasamos un tiempo agradable. Era el tipo de persona que creo que hace falta en el mundo, muy penoso pero al mismo tiempo sencillo, lo que me gustaba es que lo mismo era cariñoso con alguien muy importante o una persona normal”.

El ganador de 19 premios Grammy afirmó siempre recordarlo con alegría por ser uno de los mejores compositores y cantantes, además un gran ser humano con energía increíble: “las melodías son las que se quedan en el alma y él, con pocas notas, le rompía el alma a cualquiera con su emoción, tenía pasión por la vida y se notaba. Era un gran orgullo latino, nos unía a todos, no importaba la nacionalidad”.

Las últimas veces que lo vio fue en la entrega de los Grammy y luego en Los Ángeles. En ambas ocasiones se abrazaron porque lo que sobraba en su relación era el cariño, así como respeto y admiración. “Le gustaba que era perfeccionista porque él lo era también.

“Es una inspiración no solamente para México sino para todo mundo y sobre todo para la raza latina”.

En el camerino. Juan Gabriel no escatimaba en música y en espectáculo, recuerda Rubén Carrillo, quien trabajó en su mariachi Arriba Juárez durante 14 años (hasta 1994). “Duele mucho su muerte. Fue el mejor espectáculo que ha habido en México y ningún artista va a hacer uno como el de él. Como ser humano era muy buena persona, amigo, humilde y juguetón; a él lo matabas con elotes cocidos con sal, chile y limón, le podías llevar 10 y todos se los comía”, recuerda el músico.

También hace memoria sobre los ensayos en su casa de Acapulco, en donde les decía qué es lo que quería tocar; aunque él era copista musical y su hermano Javier arreglista en el mariachi Águilas de América, El Divo de Juárez los confundía.

“Cuando estábamos en San Salvador se escuchó en el sonido local una canción de Caifanes y él dijo: ‘vamos a hacer productivos, eso se escucha muy diferente, hay que hacerlo’; y me pidió que escribiéramos para presentarle nuevos arreglos. Fui el único integrante que entraba a su camerino sin pedir permiso, me quiso mucho por la franqueza, en la forma que le hablé; no hubo hipocresías”, dice.

Con él siempre viajaban cerca de 25 personas, que probablemente hoy se quedarán sin una fuente de empleo: 12 del mariachi, 4 del coro, 6 de la orquesta, 2 ingenieros, asistente y mánagers. “Una vez se puso grave de la garganta, no podía cantar. Por su experiencia y el colmillo la gente lo empezó a apoyar hasta que terminó todo. La ocasión del Zócalo empezamos a las 10 de la noche y terminamos como a las seis de la mañana del día siguiente, incluso los coristas estaban ya con bufanda y él nos decía: ‘no se vayan a enfermar’. Nunca se le acababa la voz”.

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