Filmes hechos para reír o llorar

La carterlera de este fin de semana es variada e incluye varios géneros para disfrutar

La nueva entrega de "La Era del hielo" es similar a cintas pasadas (ESPECIAL)
Espectáculos 30/06/2016 00:15 José Felipe Coria Actualizada 13:49
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La era de hielo: choque de mundos (2016), continúa la saga iniciada en La era de hielo (2002) y sus secuelas: La era de hielo 2 (2006), La era de hielo 3 (2009) y La era de hielo 4 (2012).

Como siempre, es una suma de aventuras en las vidas del mamut Manny, el tigre dientes de sable Diego y el perezoso Sid por la ardilla Scrat, consecuencia de su eterna búsqueda de una bellota imposible de atrapar.

Respetando la fórmula de las anteriores entregas, la base sustancial del filme está en contar la vida cotidiana de los personajes a la que el equipo de guionistas —regresando a la batuta original, Michel J. Wilson, con algunos habituales de la serie, como Yoni Brenner y Michael Berg—, le da consistencia no tanto apostándole a una lógica de relato sino a mantener el mismo grado de diversión en esta nueva peripecia vivida; episodio que continúa la gran aventura presentada y desarrollada en las entregas previas.

La eficacia de la serie está en manejar una animación la verdad poco sofisticada pero al menos eficaz en su trazo, y en presentar de nuevo una sencilla trama de escape y encuentro. Escape de la situación provocada por obra y auténtica desgracia de Scrat; encuentro hacia nuevos espacios y personajes. La idea de transcurso por supuesto está infestada de gags. Esta sencillez es lo que mantiene viva a la serie a pesar de ciertos elementos que empiezan a sentirse trillados.

Por su parte Un espía y medio (2016), cuarto largometraje para cine de Rawson Marshall Thurber —tercero en plan de comedia excéntrica—, retoma el viejo esquema de la película buddy-buddy; el estilo de los 80 de compadres disparejos. Como siempre en este subgénero, se trata de dos personalidades opuestas involucradas en tremendo lío. Ahora es el espía de la CIA Bob Stone (Dwayne Johnson), un grandulón, audaz y valiente (tal cual lo establece el lugar común), reclutando a su viejo amigo de la escuela Calvin (Kevin Hart) como el frágil patiño que exige el argumento. Stone provee la balacera y Calvin el humor.

Son la receta ideal para la comedia con algunas sorpresas en ciertos gags, aunque sin mayor gracia que enfrentar las diferencias entre opuestos en una situación extrema, a pesar de cierta inspiración de Marshall Thurber. Uno es la fuerza y la acción; el otro, el corazón y el ingenio.

A lo largo de Más fuerte que las bombas (2015), apenas tercer filme del siempre contenido magistral noruego Joachim Trier —tras su notable debut Reprise-Vivir de nuevo (2006) y su versión de la novela El fuego fatuo de Pierre Drieu la Rochelle, convertida en Oslo, 31 de agosto (2011)—, muestra con detalle los rostros de Gene (Gabriel Byrne), Jonah (Jesse Eisenberg) y Conrad (Devin Druid), esposo e hijos de Isabelle (Isabelle Huppert).

Rostros vistos sin artificio gracias a la notable fotografía del sueco Jakob Ihre; caras en las que se condensan la pérdida y la memoria y cómo éstas afectan la relación entre ellos tras la muerte de Isabelle.

Trier hace un relato que funciona hacia el interior; es una introspección llena de nítidas imágenes: elementos de un sofisticado melodrama en frío donde importa el conjunto de sensaciones y no la individualidad, donde lo esencial es transmitir la orfandad como herida imposible de cicatrizar, o mejor: que se abre ante cada recuerdo, a cada instante.

Un filme contundente, sin concesiones, que capta la intimidad del dolor y explora las grietas que el silencio produce en una serie de almas devastadas, como lo confirman sus rostros.

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